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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Marzo 2019  (Leído 4730 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
María Teresa Inés Aláez García
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« : Marzo 10, 2019, 11:16:25 »

NAUTA PERDIDA
(Cobla Catalana)


Senderos de sibilas amapolas
aturden sin respiro mi cordura.
Su mayo, mes de génesis, de amores;
mi otoño convertido en primavera.
Encadenada al mástil de la nave,
me envuelve de las sílfides el canto.
Es el momento de soltar los nudos,
voy dispuesta al desastre por el gozo.

Al fin, acaricié las amapolas
soñadas en mis tramos de cordura.
No sufro por exánimes amores,
mas me rindo a su altiva primavera.
Mi tozudez encallará la nave
en el bronco arrecife de su canto.
Medrosa, desasiendo voy los nudos
para llegar al vórtice del gozo.
     
Rocío tan acerbo de amapolas,   
Vergüenza por la apática cordura,
a sus pies arrojasteis mis amores,
hipérbaton de otoño y primavera.
Rendida, mi respiro está en la nave,   
junto al embaucador runrún del canto.
¡Inútil artimaña de los nudos!
Patética estulticia por el gozo.

Persiste en tu linaje de amapolas.
Déjame con mi resto de cordura.
Construyo un cenotafio a mis amores,
allí sepultaré mi primavera.
Las otras quedarán, como mi nave,
presas del laberinto de tu canto;
hendiste sueños, vil desatanudos.
Vomito la memoria de aquel gozo.   

mariaValente
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Marzo 10, 2019, 11:18:26 »


Irene

EL EXTRAÑO CASO DE LA GOTERA OXIDANTE

   La mancha de óxido sobre el gris descolorido del terrazo podría abrir la puerta de la verdad. Inerte, aún me dolía el pensamiento, a pesar de haber transcurrido cinco jornadas. No podía descansar, continuamente forzaba a las estrellas vespertinas para que silenciaran los llantos. Las cabezas deberían permanecer frías, alejadas de cualquier emoción. El sereno retorno al pasado lo aclararía todo, y más en una tierra donde la palabra “homicidio“ había sido arrancada del diccionario por historias y sucesos trágicos; lo normal era silenciarlo con el termino “suicidio“. Todo perfilaba esta posibilidad: la jeringuilla, restos de coca, el cerco morado de sus ojos … Era la escena ideal, excepto por el oxido reciente que impedía cerrar el caso.
  Todo comenzó cuando las letras empezaron a impregnarme de un maravilloso olor hasta ahora desconocido. Ellas me llevaron a una habitación moderna, donde se batían frases hasta elevarlas a cuentos y poemas. Era un mundo mágico, lleno de belleza y arte. Tanto era el deseo de perfección que, cansada de buscar la inspiración, decidí acabar con mi protagonista; y lo habría conseguido de no ser por el óxido que mi bolígrafo dorado dejó al caerse sobre la primera gotera del edificio.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Marzo 10, 2019, 11:53:50 »

Calendo Griego



La noche

Tuyos son su sombra y eterno cobijo,
procura llamarla soledad intensa,
nutrirte en su ubre,
sufrir en su abrazo
el ardor oscuro de su fiel caricia.

Alma codiciosa, lánzate a su abismo,
busca sus arcanos,
oye las cadenas
de métricos gnomos, redondas palabras,
pulsos de su enigma.

En su pozo antiguo,
inflamando estrellas,
húrtale a la luna su sangre de verbos
—húmeros del canto—
y calma el temblor de tu vena íntima.

De pasión mudable, su rostro infinito,
ama su desánimo
perdiéndose, rosa
galáctica, etérea,
en el hipogeo de la luz del día.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Marzo 11, 2019, 12:14:55 »

ojaldeb

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El azul se esconde tras las nubes

de una boca ensangrentada.

¿Quién sabe más del silencio?

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Marzo 11, 2019, 12:18:12 »

El tsunami del 26 de diciembre de 2004
en el océano Índico.
Olas asociadas al maremoto devastaron
las líneas de la costa alrededor del Océano Índico,
matando a más de 70.000 vidas...
 
 


ME CUESTA MIRARTE


Mar en otros lares
ocupas tus costas,
feroz y salvaje,
dejas cataclismos
en súbito avance,
mezclando a sus gentes,
en légamo y sangre
y aclaran el barro
sollozos de madre.
¡Dolores eternos
de almas errantes!

Siendo tú mi amigo,
mi paz y templanza,
mi  corazón  tiñes
de negra mirada
y azota  tu envés
mi torso y espalda;
ahora  te juzgo,
siendo mi amalgama.
¡Ay,  mar qué me hiciste,
por ti,  suspiraba!

Entregué  en tu orilla
murmullos de tactos,
 y embebió  tu arena
nutridos  quebrantos,;
de mi cuerpo y mente
libraste  desgarros.
¡Tú,  cómplice fiel,     
de lutos  callados!

Sobre tu oleaje
tejí fantasías;
siendo eterna musa 
de versadas rimas.
Creé en tu infinito
un rincón de dicha,
en el que fui parte
del vergel de euritmia
y ensoñé un final
libre, sin espinas.

Ay, mar traicionero.
En tu orilla incrédula,
se ciñen celajes,
olas plañideras;
recuerdos sombríos
de avalancha ciega.
Mas en la corona
de tu espuma inquieta
anhelo rizarme;
¡por Dios que me cuesta!
Me seducen  cantos,
me arrollan tus fuerzas.
Majestuoso mar,
vuelvo a tu ribera.

Carende
20/04/10
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Marzo 11, 2019, 12:30:43 »

SONETO DEL OLVIDO

Ciego voy por un mar sin esperanza,
la muerte llevo fiel como ayudante,
sangre volcada en manantial amante,
en garra fiera el corazón me alcanza.
 
Las huellas del reguero que hoy avanza,
muestran mi amor sin fe que ya anhelante,
lleva mi pecho herido, lacerante,
escondido entre brumas de templanza.
 
Mi vuelta hasta la senda del olvido
a la deriva lleva mi velero,
brunas aguas sin norte y sin oriente.
 
Sitian mi navegar de amor perdido,
nada culpo a tu luz ya sin esmero.
Acuso a tu mirada indiferente.

Nardy
23-5-05
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Marzo 11, 2019, 12:34:26 »

RACIMO FECUNDO.
 
¡Que te festejen los dioses con liras!
¡Que las arpas se pulsen en tu honor!
¡Derrame la azucena su rubor
a los rezos rojizos de las piras!
 
Cabriolas de unicornios y sus iras
transmiten a  los ángeles tu ardor,
resplandeciente Uno y Trino, Amor.
Ya en sus moradas con Jesús suspiras.
 
Corona de laurel en tu cabeza
pues supiste adorarme hasta el extremo,
sutil, ágil autor de tu proeza.
 
Mi nave condujiste con tu remo,
salmos por tus vigilias y pureza.
¡OH, Racimo Fecundo, nada temo!


Mª Antonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #7 : Marzo 11, 2019, 12:48:08 »

ARMONÍA


equilibrio
malabares
estrategia
ajedrez

teoría
religión
mandamientos
actitudes

inquietud
aventura
decisiones

saturado
maremágnum
existir


Raúl Valdez

08/12/2011
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Marzo 11, 2019, 01:00:12 »


Alpha_Centaury

Napoleón

Aquel temprano día de octubre, mi ánimo emulaba las oscilaciones del  tiempo. Nada me provocaba una sonrisa. Nada despertaba mi llanto. Nada era capaz de arrancarme a escribir y yo, sin mi arte, no soy yo. Decidí llamar a un amigo con quien comparto esta extraña afición; era el único en mi entorno que podría comprenderla. Su veredicto fue implacable: “Enamórate. Ya. De quien sea”. Hallé sentido a su consejo, aunque jamás me había propuesto enamorarme a voluntad para dar fuego a mis letras. Siempre ha de haber una primera vez para todo, dicen.

Me acicalé, tal y como lo haría si me aguardara una cita importante con la vida. Dediqué horas de esfuerzo a estar perfecta; tenacidad indicativa de mi desesperación.

Cuando el espejo me concedió su bendición, salí a la calle… sin rumbo.

Las calles aquel día parecían estar en especial habitadas por hombres. Hombres que trabajan, corren en chándal – como si huyeran de su sombra-, sacan el perro a pasear, compran… e insultan, resguardados en la intimidad del habitáculo de sus vehículos. Pero ¿quién nació para ser el muso de mis poemas? Todos se me antojaban tan cotidianos, tan vulgares, tan… en fin, tan poco inspiradores, que no merecían mi atención.

La situación dio un giro de 180º cuando le vi. Era un chico de aspecto quijotesco, joven, algo más alto de lo deseable, flaco, de ojeras profundas y aspecto descuidado. Su mirada indicaba que su alma escondía un tesoro de rebeldía; sus manos hablaban de conspiraciones y sus cejas de terribles tormentas. Estaba en el parque, haciendo aspavientos, rodeado por niños que le contemplaban embobados.

Era un cuenta- cuentos contratado por el Ayuntamiento en pleno intento oficial de fomentar la imaginación y el arte en las nuevas generaciones.

Cuando acabó de contar la historia a los chiquillos, me permití acercarme a él para felicitarle por su expresividad, buen hacer y por la valentía que DEMOSTRABA al intentar subsistir con un trabajo así…

- El secreto es muy sencillo- confesó- se trata de convencerte de la existencia de algo maravilloso en ti. Yo, por ejemplo (y no te rías, por favor) he decidido convencerme de que soy Napoleón-.

Y, al pronunciar el nombre de Napoleón, quiso sorprenderme con el típico gesto napoleónico de ocultación de mancha en la chaqueta, acompasándolo con un rictus tenso en el rostro y un envaramiento generalizado de su espalda.

No pude evitar reírme. Él sonrió.

- Te falla la ornamentación – le chinché. También HABRÍA podido decirle que le faltaba ser gordito, bajo y cabezón, pero sentí piedad hacia su desgraciado ídolo.

- No me has entendido. Yo no he dicho que quiera parecerme a Napoleón. He dicho que voy a ser Napoleón, que ya lo era, que lo soy.

No quise profundizar más en el asunto, señal clara de que había logrado mi objetivo: enamorarme. Ya se sabe que el amor es ciego. Deliberadamente se niega a detener su atención en cualquier aspecto de la realidad que entre en discusión con sus deseos.

El noviazgo no se hizo esperar demasiado. Quitando esa pequeña excentricidad, era un muchacho normal, aficionado al cine español, al rock y a salir de farra con los amigos. No caía en hábitos excesivamente insanos, cumplía con responsabilidad las exigencias de su oficio y toleraba con paciencia las malas rachas económicas.

No era una excentricidad que se notara demasiado. Sólo se revelaba en cosas puntuales. Lucía en su dormitorio un póster de la isla de Córcega; tenía instalados en su ordenador varios juegos referentes a estrategia militar; en sus salidas ineludiblemente degustaba brandy Napoleón; se burlaba de su hermano, más aficionado al alcohol que él, apodándole “Pepe Botella”; y, cuando se le cruzaban más los cables, me escribía alguna carta de amor llamándome “Josefina”.

Yo me decía que hay un sinfín de cosas peores que hubiera podido ser y no era: político, ex presidiario, drogadicto, sádico, legionario, aficionado a las revistas pornográficas, opusdeísta, policía, enfermo, hijo único, pendón… y que el afán por manifestar una identidad que no era la suya también se da en esas ingentes cantidades de personas que usan día a día Internet para comunicarse entre ellos. Parecía, más que un mal personal, una enfermedad social. Al fin y al cabo, él no usaba su identidad “napoleónica” para engañar a nadie o para seducir, sino para infundirse fuerzas e inspirarse, para superar con valentía las dificultades. Claro, llegada a este punto, acababa aplaudiéndole y enamorándome más de él todavía por sus defectos. Típico en hembras.

Normal que acabáramos casados dos años después, el 9 de marzo del 2008. La luna de miel fue, como suponéis, en París.

Ese mismo año se matriculó en la Escuela de Idiomas para aprender francés. Mostró tal interés que en año y medio podía desenvolverse en Francia sin grandes problemas. Los viajes a Francia se multiplicaron.

Yo no me quejaba, ya que el país de la Torre Eiffel y el Sena es muy digno de recibir visitas, pero comenzaba a fastidiarme su obsesión. Una tenía ganas de conocer otros lugares y, francamente, si tanto viajábamos era porque yo aportaba mi sueldo y nos apretábamos durante meses el cinturón con idea de ahorrar… pero cedía porque ¿es ese motivo de iniciar una pelea? En lo demás me tenía contenta, muy contenta… y en todos los manuales de autoayuda sentimental, los expertos afirman que no se puede pedir a la pareja que cambie; si no se la acepta como es, es preferible cambiar de pareja, lo que quedaba a años luz de mis planes de futuro.

Hubo una ocasión en la que, algo hastiada, comenté: “Cariño, deja ya a Napoleón, él en el fondo sólo deseaba ser Julio César y éste sólo quería ser Alejandro Magno, que, a su vez, sólo quería haber figurado en La Ilíada. Dedícate a ser tú mismo”.

Él me dirigió una mirada glacial. Yo temblé. Desde aquel momento algo quedó dañado entre nosotros.

Un día llegó a casa con una sorpresa. Traía dos documentos nacionales de identidad, uno con su foto y otro con la mía. En el suyo se leía “Napoleón Bonaparte” y en el mío “Josefina Bonaparte”. Al principio creí que sería algún artículo de broma que habría encargado por ahí, mas no tardé en averiguar que había acudido primero al Registro y luego a Comisaría para “actualizar” de esa forma nuestros datos.

Como no soy tonta (o eso creo) y a duras penas asimilaba lo que estaba viendo, me presenté en ambas entidades a pedir explicaciones. En el Registro supe que nuestros apellidos seguían siendo los mismos de siempre, sólo habían cambiado nuestros nombres. Me dijeron que dudaron seriamente de la salud mental de mi marido pero, armado con su propia libertad legal y un poder notarial que le firmé, obedecieron a su insólita petición. “Hay gente para todo, ya lo sabe”- se excusaron- “acuérdese de que la religión jedi consta como religión desde el momento en que estadísticamente tiene adeptos, y los tiene. Con tanto "excéntrico" que hay suelto no mosquea que alguien quiera ser Napoleón y llamar a su señora Josefina”. Refrené las ganas de propinarle una colleja, pero fui incapaz de reprimirlas en Comisaría cuando supe que los policías, divertidísimos, llegaron a entregarle dos DNI de “mentirijilla” para que “Napoleón” fuera haciendo gala de ellos por toda España y el extranjero. Abofeteé al que me lo dijo y cabe señalar que el muy estúpido no se atrevió a quejarse.

Cuando llegué a casa, lloré, desesperada. Mi pobre y adorado marido necesitaba urgentemente tratamiento psiquiátrico. ¿Cómo iba a convencerle? Y si la cosa seguía igual o empeoraba ¿Cómo dejarle? ¿Con qué conciencia se abandona a la persona que quieres si ésta es azotada por el cruel látigo de la enfermedad mental?

Mi mente, incapaz de solucionar el dilema, hizo “crack”. Decidí ayudarle a dejar el mundo tal y como él, en el fondo, deseaba. Cuando, cansado, se tumbó en la cama y me pidió un vaso de agua, se lo llevé y me encerré con él, diciéndole “Bebe, Napoleón, ya estás en Santa Elena”. Él me miró sonriendo y bebió, convencido, como yo esperaba, de que venía a vengarme de parte de la coalición antimonárquica y que aquel vaso contenía arsénico. Falleció en el acto.

Lo siguiente que recuerdo son las blancas paredes de la clínica y los fragmentos de la noticia de la hoja de periódico que encontré, casualmente, en el suelo… “la asesina, J.B.H, considerada por sus vecinos como una mujer sensata y aficionada desde su juventud a la escritura, envenenó a su marido N.B.G, conocido cuenta- cuentos de nuestra localidad, a raíz de que una broma de su marido despertara un duro trastorno de la personalidad que ella, sin saberlo, sufría desde su nacimiento”.

Espero que escribir mi versión de los hechos me sirva de terapia.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Marzo 11, 2019, 01:07:31 »

Tres vueltas de llave

De ella apenas conocía su silueta, lo poco que dejaban traspasar los visillos de su ventana. Siempre la imaginé triste, deambulando, sumida en sus pensamientos; tal vez la música que día tras día junto con alguna trasnochada tarde llegaba desde su apartamento, me hacia percibirla así.

Un eterno Sabina cantaba desgarrado.  Creía poder reconocerla en cualquier parte. En numerosas ocasiones había fantaseado con un encuentro casual con ella.  Ya saben, un cruce de miradas, un imprevisto roce en el ascensor. Cuarto C,  A. García, esto era lo único que se leía en su buzón, Amalia, Alicia, Alma, Aurora, Arabela...  yo seguía especulando con su nombre; Alma; para mí sería Alma.

Me acostumbré a llegar pronto a casa, intentando no hacer ruido, todos mis sentidos permanecían alerta a cualquier sonido que procediera de su estancia. Escuchaba cómo Alma abría la cerradura, tres vueltas de llave, y un sigiloso cerrar,  dos pasos y el bolso aterrizaba en el sofá; casi al mismo tiempo Sabina cantaba “ llegas demasiado tarde, princesa”  y  así era: tarde a mi vida.
Alma y yo teníamos un horario  parecido. Si hasta ese momento no habíamos coincidido al salir por las mañanas,  era sobretodo porque yo retrasaba mi salida hasta que ella cerraba su puerta, tres vueltas de llave, y  yo  exhalaba un  suspiro detrás de la  mía, preparado para salir.

Pasaría todo el día esperando llegar a casa. Aguantando la murga de unos y  otros,  los cuchicheos a mi espalda, para ellos yo era el raro, el que no hablaba, no contaba nada sobre su  vida anterior. No  tenía ninguna intención de trabar algún tipo de relación con ellos, aparte de la necesaria para desempeñar el trabajo. Solamente  con el de contabilidad parecía estar más en sintonía. Como un acuerdo tácito, compartíamos mesa durante el almuerzo, él se enfrascaba en su periódico y yo en el mío.  Bastaba con unos buenos días, y media sonrisa.

Abstraído como andaba, no me di cuenta de que el contable realizaba el camino de vuelta a casa unos metros detrás de mí. Tampoco sé qué lo alentó aquel día a alcanzarme, a seguir caminando a mi lado sonriente y dicharachero; durante dos años  sólo  habíamos cruzado los buenos días y poco más. Persistía en su camino a mi lado, yo, enojado, apretaba el paso, y él seguía, bla..bla..bla. Bruscamente, me detuve delante del portal, a la vez que, atónito, veía cómo el contable, sonriente, sacaba un llavero del bolsillo, y dirigiéndose a mí decía;  Cuarto C , ya sabes dónde tienes tu casa.
 Erial
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #10 : Marzo 11, 2019, 01:13:12 »

El juego

A veces,
la tempestad me aleja
de las cumbres serenas.
Invade y estremece.

El mañana declina,
se refugia en las sombras
vacilantes, muy mías.

A veces,
la luz se filtra en grietas
profundas de la esencia.
El equilibrio emerge.

El devenir crepita
en cristales de auroras.
El juego de la vida.

Liliana Valido
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #11 : Marzo 11, 2019, 01:22:41 »

Dage


        A BORGES


   Vivo en una vorágine fantástica
   rica en rosas, en tigres y en espejos.
   Adoro tus escritos, algo viejos,
   de verdad y ficción en mezcla plástica.
   
   Te dedico tu forma predilecta
   a falta de mejores homenajes,
   Pues no sé de los vikings sus lenguajes,
   utilizo tu habla circunspecta.

   Al poco de cumplidos diecinueve
   me fascinó "El Aleph", ese relato
   donde advertí, confuso,mi retrato
   inmerso entre lo místico y lo aleve.

   Hoy, tu último antojo está incumplido,
   te guarda la memoria, no el olvido.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Julio 20, 2019, 11:33:51 »


Mac de la Torre

El no Poeta

Pertinaz e infame hado
yo resisto tu señuelo,
¡arruina ya  mi desvelo!
Ojos en surco tostado.

Sintiéndome ruin bagazo
confina mi juicio al diestro,
si no conozco maestro,
de sabias letras ni trazo.

Como navío varado
soles conté con recelo,
cogí la pluma del suelo
en tregua con el tarado.

Arrogante, afloja el mazo,
raspa mi rostro siniestro,
tan rico convite vuestro
naciente de un novel lazo.

El guardián sutil y osado
me mostró radiante al cielo,
mira al frente con anhelo,
concluirás  roto y cansado.

Frunció la tinta un abrazo
esclava de lo que muestro,
terminé con mi secuestro;
oda libre en mi regazo.
[/b][/size]
« Última modificación: Julio 20, 2019, 12:12:06 por María Teresa Inés Aláez García » En línea

María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #13 : Julio 20, 2019, 12:13:15 »

   
Monologos del vino

Debido a un error con los archivos, he quitado la mitad del cuento, para poder revisar y corregir algunas cosas



 
—¿Vives aquí?—. Le pregunté,  pensé que sería familiar del propietario.
Se limitó a mirarme, sin sonreír siquiera. Entendí que mi pregunta le molestaba y callé.
Siempre callo y guardo silencio, hay quienes no se amedrentan e insisten hasta alcanzar lo que ansían; siempre envidié a los de esa clase.
Pensé.
—Qué demonios, no me matará si me hago el pesado,  a lo sumo no me contestará, de modo que insistiré—.  Mi curiosidad es un vicio que me come la carne.
—¿Eres familia del propietario?.
Ella secaba unos platos con un paño,  levantó la mirada, hizo un gesto, encogiéndose de hombros,  el gesto que  normalmente,  usamos para dar a entender que  desconocemos algo.
Me quedé observándola, su estatura no superaba el metro  medio, gordita, sus pechos eran carnosos, tersos y se asomaban por el escote de la camiseta de tirantes.
Debí de ser demasiado descarado, ella se puso frente a mí y me preguntó.
—¿Así mejor?.
—¿Como?.  No entendí así de pronto, pero me di cuenta a los pocos segundos.
Ella rió y se fue.
—Perdona si te he molestado—. Una disculpa era lo más adecuado.
—No tiene importancia—.
—¿Cómo te llamas?—. Intentaba que de algún modo, se pudiera abrir un hueco, por donde pasara algo de conexión entre ambos.
Pero ella se mantenía distante, en silencio, sin querer tomar ese contacto.
Desistí y me limité a disfrutar del café.
Al poco tiempo entró La Señora,  se apoyaba en un bastón negro de madera.  Lentamente, se desplazaba por el local, hasta que ese acercó a una mesa;  la muchacha,  al verla entrar,  salió de detrás de la barra y  fue a su encuentro  ayudándola a sentarse, entonces la vi sonreír,  había mucha familiaridad entre ellas.
Durante unos segundos se quedaron mirándome, no sé de qué hablaban, pero  me molestó que quizá estuvieran hablando de mí.
Regresó sonriendo a su labor tras la barra y  me miró.
—Me puedes llamar Ashar.
—Qué exótico—dije sonriéndole.—.Es un nombre extranjero, ¿verdad?
—Sí.
Había cambiado de actitud,  tras haber hablado con La Señora.
Ahora me miraba y parecía querer estudiarme, me observaba con amabilidad y yo miré a La Señora,  que estaba ausente de la situación;  pero algo le dijo en relación a mí, estoy seguro.
Se acercó hasta donde yo estaba y me dijo.
—Ya me han contado alguna cosa de ti, pero poco, eres más bien reservado.
—No soy muy hablador.
—Ya veo,  has cerrado con cuatro palabras  una conversación.
—No sabría qué contarte—  le dije—.No hago nada que tenga el suficiente interés como para ser contado.
—Para ser contado quizá no—  sus ojos, vivos y penetrantes, me preguntaban —.¿Y no sientes nada?.
Hubo unos segundos silenciosos en que nos mirábamos,  ella sopesaba si continuar o no; ,Hubo unos segundos silenciosos en que nos mirábamos,  ella sopesaba si continuar o no; yo temí que que mi torpeza,  hubiera estropeado el momento de conocerla más.
—¿Te puedo preguntar algo?—. Le dije.
—Claro.
—¿Quién es?— me giré para mirar a La Señora.
—Es una clienta de siempre,  desde que abrió este local.
—¿Y tú llevas mucho tiempo trabajando en este bar?
—Llevo toda mi vida aquí.
—¿Eres hija del propietario?
—No, pero llevo tiempo, mucho tiempo.
Dejó lo que tenía entre las manos, cogió las mías;  no sin sorpresa por mi parte.
—Para ser un hombre callado...haces muchas preguntas.
Pensé que ya lo había estropeado, que mi curiosidad había traspasado algún misterioso límite.
—Espero no haberte molestado.
—No, no te apures.
Quitó mi taza de café y la cambió por una copa.
—Voy a ponerte otra cosa.
Sacó de debajo del mostrador una botella de vino, vertió en la copa una pequeña cantidad.
—Me gusta hablar con hombres, a los que les gusta el vino, pruébalo.
—No tengo costumbre de tomar alcohol.
— Pruébalo, está muy sabroso.
Insistió amablemente y me fue imposible rechazar su invitación, tomé un sorbo pequeño, ciertamente era sabroso, algo áspero al principio, pero se transformaba en una combinación de sabores muy agradable.
—¿Te ha gustado?
—Está muy rico, sí.
Ella sonrió.
—Si se te sube a la cabeza... no hagas locuras.
¿El efecto del vino?, no lo sé,  pero le sonreí feliz y relajado,  al ver que ella sonreía;   amistosa y receptiva,   pensé que las puertas del paraíso  se abrían para mí.
Sólo la llegada de Dos Batallas, provocó un momento de distracción.
Dos Batallas nos miró ausente,  pero no indiferente, ...no sabría decir de qué manera.
—Llegarás tarde a casa — me dijo.
—No hay cuidado, está vacía.
Terminé la copa de vino y ella volvió a llenarlo
—¿Nunca has amado?
—¿Amar a alguien?.
—Sí.
—Por supuesto, pero ya hace mucho tiempo y  desde entonces,  no he sentido la necesidad de la cercanía de nadie.
—Me cuesta creerlo.
Ashar  aterciopelaba su voz,  a medida que la conversación se alargaba;  de pronto  sentí  rechazo hacia ella,  era evidente que quería penetrar en mis sentimientos y conocer incluso, lo que yo a mí mismo me vetaba.
—¿Qué te ocurre?—dijo —. Relájate.
Su mano derecha sobre mi mejilla y la calidez de su voz,  me deslizaron a la profundidad de sus ojos.
Ansiaba besarla,  sentí en  un apasionado deseo de invadir su cuerpo, de abrazarla y pegarme a su piel.
Nunca había sentido una obsesión tan febril y desequilibrada.
Ella salió de detrás de la barra, a atender a otros clientes.
Allí sentado en aquel taburete alto, estaba yo, nervioso y desorientado .  ¿Qué se  supone que ha de hacer uno  en estas circunstancias?
¿Y qué era de aquella muchacha hostil y estúpida de la última vez,  cuando le pregunté alguna cosa?
No era una novedad en mí el deseo, hace muchos años esa ansiedad inundó mi mente durante mucho tiempo,  pero fui capaz de soportarla sin atenderla, no deseaba vivir ligado a nadie ni a nada,  aprendí a despegarme del deseo, a desentenderme de las pasiones humanas más comunes.
Mi casa hoy está vacía, mi vida igual que mi casa;  es un espacio sin contenido,  existencia tan sólo sin pasión ni deseos, sin lugar concreto a donde ir.
El desapego me privó de la voluntad, mi existencia minimalista no precisaba otra cosa.
Pero en ese momento, sentado en aquella barra de bar,  me sentía roto.
Aquel maldito vino, aquellos ojos de Ashar,  que con seguridad jugaban y se divertían a mi costa.
Odiosa muchacha. ¿Qué pretendía con ese juego?.
Al regresar Ashar a la barra, se detuvo detrás de mí.
—¿Estás bien?
—Si— respondí con tono malhumorado.
—No, no lo estás — ella seguía mostrándose amable, puso sus manos en mi espalda.
—No te muevas —me dijo —, estas muy tenso—.
—Será el vino.
—No, no lo es — sus manos tocaron mi espalda y paseaban por ella, —no quiero que te muevas.
—He de irme.
Pero ella completó sus caricias con un abrazo, podía sentir su cuerpo pegado a mi espalda y sus manos aferrándose a mi pecho.
Me sentí sofocado y dubitativo, en lugar de girarme y optar por irme o abrazarla, estaba quieto y desconcertado.
—Te daré lo que deseas —me dijo.
Ni siquiera pensaba  en el resto de clientes, que estarían observando aquello;  pero con seguridad,  estarían indiferentes a lo que allí ocurría.
—Tú no sabes lo que yo deseo —le dije mientras tomaba un nuevo sorbo de aquel vino.
—Sí que lo sé.
—No, he de irme —contesté tajante.
Ella me soltó y se apartó, dejándome el espacio necesario, para poder ponerme en pie y salir tambaleandome del local.
Al salir miré a La Señora,  ella me miró apenas un segundo, luego desvió su mirada hacia Ashar.
Pero no me fijé en más detalles, necesitaba salir de allí.
Estaba equivocado,  porque ella si sabía lo que yo deseaba.
Vivir el arrebato del deseo, dejarme poseer por el goce de perseguir un anhelo...
Ella, como si de un ejército que poderoso,  hubiera asaltado  mis lineas defensivas  dejándolas  destrozadas  y exiguas,  me dejó huir, sabedora de que su presa iba  herida sin remedio y que buscaría la cura,  precisamente,  en sus propios brazos.
Durante las semanas siguientes,  viví recordando aquel día y tocando mi herida siempre abierta, sin ser capaz de cicatrizarla, porque mi atención y mi voluntad eran para ella. Ashar.
El trabajo se me hizo imposible,  eché en falta tener vida social, amigos  con quien poder compartir momentos de pequeños e inocentes placeres  que desviaran mi atención de aquella obsesiva presencia, deseé haber cultivado alguna actividad de ocio personal.
El vacío del que yo mismo me rodeé, cultivado voluntariamente y con esmero, era ahora un aliado del monstruo que Ashar había despertado en mí.
Mi casa perdió el orden acostumbrado,  salía ansiosamente a las calles a buscar otros brazos, aunque fuera pagándolos.
Pero otros ojos mercenarios no saciaban mi deseo y me consumía   inútilmente;  el tacto de Ashar no era imitable,  no se trataba de roce de cuerpos,  era algo más profundo e intenso,  necesitaba que hubiera algo más y yo no sabía identificarlo.
Dejé el trabajo,  incapaz de someterme al rigor del esfuerzo y la concentración,   levantarme de la cama por las mañanas,  empezó a requerir un esfuerzo titánico.
Y una  mañana me miré en el espejo y vi a un espectro;  admití mi derrota y decidí regresar a la taberna.
Me sentía aliviado durante el trayecto, al llegar aparqué mi vehículo y miré el edificio.
Yo ahora no era aquel que lo visitó la última vez,  ahora buscaba su amparo;  en aquel lugar buscaría sanación a mi dolor.
 Recordé las palabras que me dijo aquel otro cliente, al inicio de frecuentar este bar.
—Aquí todos nos detenemos porque ya algo nos trae, o nosotros mismos  hemos decidido detenernos.
Ahora era yo  quien se entregaba el amparo de aquella vieja casona,  como si en lugar de ladrillos y piedra, fuera la cabeza disimulada de una bestia depredadora.
Al acercarme a la fachada del edificio, casi podía escuchar la respiración de las paredes.
Ashar no estaba, pregunté por ella al tabernero, pero no me dio respuesta.
Quedé esperándola y no tengo ni idea del tiempo que pasó.
Una de las puertas que comunicaba el bar con el edificio se abrió y  vi salir a Dos Batallas, haciendo señas a otro para que le siguiera.
El tabernero me avisó de que ya era la hora de cerrar,  entró también por aquella puerta y me quedé sólo en el interior,  me sorprendió que el propietario,  tras avisarme del cierre,  no esperara a que yo abandonara el local, quedándome a solas en su interior.
Mi curiosidad me levantó de la silla,  sentía interés por saber adónde habían ido todos.
La puerta estaba abierta, sujeta por un mecanismo  anclado en su parte alta.
Escuchaba las voces,  pero no veía a nadie, porque aparte de la penumbra, la puerta daba a unas escaleras,  por las que habrían descendido todos.
Quise acercarme aún más, pero en  mi deseo de curiosear,  no me di cuenta de que rocé la puerta;  lo suficiente  como para desbloquear el mecanismo que la mantenía abierta, cerrándose tras de mí.
Volví para abrirla pero era imposible,  no había manivela; en su lugar,  una cerradura.
De modo que solo podía esperar allí en la oscuridad o bajar las escaleras e improvisar alguna excusa, en el caso más que probable  de que me preguntaran la razón de mi presencia allí.
Las escaleras conducían a un pasillo alargado y estrecho,  iluminado con dos velas tan solo,  de modo que más que iluminación, había dos referencias luminosas.
Yo avanzaba a través de la oscuridad,  tanteando con las manos las paredes del pasillo, había algunas puertas pero el rumor procedía del fondo.
No sabía qué podría decirles, mi intromisión era imperdonable, esperaba que el pasillo pudiera conducir a otras escaleras a través de las cuales pudiera salir al exterior, pero el pasillo se cerraba al llegar al fondo,  allí mismo,  en donde terminaba el oscuro túnel, estaba la puerta a través de la cual se podían escuchar las voces mezcladas de todos ellos.
Me detuve al llegar, pero la presión de una mano en mi espalda me empujó hacia adelante.
—Abrid —dijo quien estaba tras de mí.
La puerta se abrió y quienquiera que fuese,  me empujó sin violencia hacia adentro.
Temí reproches y enfados por mi presencia en aquel lugar, pero nada de eso ocurrió.
  Se trataba de una cueva cuadrada excavada en la tierra y sin apenas iluminación, tan sólo unas velas;  una en cada pared de la pequeña gruta y dos velas más, una negra y otra blanca, juntas y encima de una gran piedra, junto a la pared del fondo de la estancia.
Entre aquella gran piedra y el resto de personas presentes, había alguien de pequeña estatura, cubierto con una túnica con capucha, dándonos la espalda.
Era una mujer y cuando escuché su voz, la identifiqué inmediatamente.
Era Ashar. Portaba en su mano derecha un bastón con el que golpeaba el suelo, mientras que con una espada en su mano izquierda, apuntaba a cada  vela colocada en las paredes.
Iba girando en el sentido opuesto al de  las agujas del reloj, pronunciando palabras ininteligibles,  cuando su vuelta  alcanzó  los ciento ochenta grados,   vi sus ojos y estaba hermosa;  extraordinariamente hermosa,  dotada de una belleza inefable.
Su cuerpo estaba desnudo,  tan solo  cubierta por la capa de la túnica y la capucha.
No sé si se percató de mi presencia, no sé si en ese momento se dio cuenta de que yo estaba allí. Ella continuó hasta completar una vuelta sobre sí misma con pequeños intervalos de 90 grados,  en los cuales golpeaba el suelo pronunciando palabras que yo no sabría repetir.
Sin habérmelo propuesto,  me había colado en una extraña ceremonia,  hubría querido abandonarla, pero no podía,  no quería llamar más la atención y provocar alguna reacción negativa por parte de alguien, de modo que me quedé allí, esperando a ver cómo se desarrollaba todo.
Pero mi desazón  se vio alterada aún más.
Ashar sacó una paloma de debajo de un paño negro,  la mostró a todos y tras unas frases, puso el ave encima de la piedra y  apuñaló al animal, los plumones de la paloma se tiñeron de rojo, sangre que ella recogió vertiéndola en una copa.

Ashar  mostró a todos la copa con el contenido sangriento y  acercándosela a los labios sorbió de ella.
Luego  se fue acercando a cada uno de los presentes,  dándoles a beber el contenido.
Supe que no podría librarme, que llegaría a mí y que extendería sus brazos,  para ofrecerme  aquel Cáliz de muerte. ¿Podría negarme?  La nausea y el temor, el asco y el miedo me estaban desconcertando demasiado.
Pero también supe  que la tendría a unos pocos centímetros de mí, que me reconocería y me miraría; me miraría, para mayor felicidad mía,  ella me miraría.
Así fue como  llegó a donde yo estaba y ciertamente me reconoció, lo supe inmediatamente, extendió sus brazos y sólo me dijo:
—Bebe.
Tardé algo de tiempo en reaccionar,  porque el asco me impedía coger la copa.
—Bebe— repitió.
No podía defraudarla, bebiendo podría expresarle como de ninguna otra manera,  mi devoción hacia ella.
Saqué  valor  y tomé la copa, ella no la soltaba, de modo que mis manos acercaron a mis labios el borde del recipiente,  cogiendo a la vez las manos de Ashar.
Al soltar la copa,  supe que ya nada sería como antes.
Acabada la ceremonia,  nadie me hizo comentario alguno  acerca de mi presencia allí.
Ya más tranquilo  me disponía a salir junto al resto de asistentes;  pero entonces, una mano por detrás de mí sujetó mi hombro.
El oscuro pasillo se vaciaba, me giré y era ella. Ashar.
No podría narrar la emoción, felicidad y delirio que aquello me produjo, ella era quien me retenía,  sin embargo no supe reacionar, paralizado, solo supe sonreír.
—Ven.
Cogió mi mano y me dejé llevar,  igual que un niño sigue a un adulto que le guía.
—Te dije que te daría lo que buscas,  ¿recuerdas?
—Lo recuerdo.
—Me dijiste que yo no sabía lo que querías, pero estabas equivocado; al final te diste cuenta.
No había reproche en su voz ni altivez alguna, era toda dulzura y comprensión, me guiaba y me miraba, avanzábamos por oscuros pasillos, que de no ser porque ella los conocía, habría sido muy difícil caminar por allí, el suelo no era liso y las paredes  parecían haber sido horadadas a golpe de pico, o bien se trataba de cuevas,  pero eran pasillos estrechos; en cualquier caso  no podía soltarme ni lo deseaba, de las manos de Ashar.
Así que me dejé conducir,  temeroso y entusiasmado a la vez,  sin entender nada pero  dispuesto a aceptarlo todo.
—Ahora no temas-, me dijo.
—Contigo no tengo miedo—, le respondí..
De pronto,  comenzaron a escucharse gemidos penosos y gritos y sentí que como unas manos tocaban mis piernas.
—Si ahora decidieras volver atrás, o sintieras arrepentimiento —me dijo—, quedarías en este túnel para siempre.
—¿Qué es esto?—, le pregunté nervioso.
—Aquellos que sintieron miedo o sentimiento de culpa  al avanzar por estos mismos pasillos—dijo—, sigue avanzando o quedate aquí.
—Quiero seguirte.
Se detuvo, abrió una puerta y me introdujo en una sala  iluminada por cientos de velas.
—¿Te gusta?
—Ni siquiera se dónde estoy ni qué es todo esto—  le dije yo, -pero si tú me has traído hasta aquí, eso es lo único que me importa.
—¿Porque regresaste?
—Tú lo sabes mejor que yo—, contesté.
— Pobrecillo, lo has pasado mal, pero ahora tendrás tu recompensa.
Se puso frente a mí, dejando caer al suelo la túnica que llevaba.
Sus brazos rodearon mi cuello.
No me importaba nada, ni el lugar aquel, ni las cosas que sucedieron, ni quién sería ella y los demás, tan sólo me importaba que ella  rodeaba mi cuello con sus brazos.  Y había sido tan fácil lograrlo. No podría explicar...  la  revolución de emociones, de deseo enloquecido.
—No te muevas— me dijo.
¿Cómo no moverme?,  estaba deseando abrazarla,  abarcarla con mis manos y  perderme en ella para siempre.
Pero ella me quería inmóvil,  desnudó mi cuerpo y arrojó la ropa sobre un grupo de velas, que devoraron el tejido como bocas hambrientas.
—No las necesitarás más—me dijo—, estarás siempre conmigo, ¿no es lo que deseas?
—Solo tengo ese deseo—, contesté.
Ashar se transformó en una bestia lasciva y durante mucho tiempo; una y otra vez,   ella gozó de mí y yo con ella.
Mis músculos se fortalecían con cada beso que me daba,  mi piel se erizaba con el contacto de su piel y cada vez que entraba en ella, me sentía desfallecer, para resucitar con un nuevo beso.
Así pasó mucho tiempo, no sé cuánto, pero cuanto más tiempo pasaba más la deseaba.
—He de irme ahora— dijo.
Así puso el punto final a aquello, me acarició el pelo y se levantó del suelo.
—Volveré,  no temas,   espérame aquí hasta que regrese,  no salgas de aquí por nada y esperame.
 Me dio un beso y la vi marcharse, quedé aquí como ella me dijo y aquí la estoy esperando
Me revuelco por el suelo desesperado, pero espero; gritando su nombre, pero la espero, porque ella volverá y me encontrará entregado y dispuesto para ella.
Aunque cada segundo es un grito de desesperación, cada minuto es una nueva laceración, pero no renunciaré a esperarla el tiempo que ella considere; pero tarda demasiado, demasiado, sí.
—¡Ashar!




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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #14 : Julio 20, 2019, 12:15:05 »

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.


http://www.youtube.com/watch?v=kb0vK8tZq4k

Esconde su identidad entre las hojas ajadas, agostadas por tenues hilos solares que tejen sobre la mesa el desgaste del tiempo. Hunde en cobrizos sentimientos de la tarde la impotencia.

No, no es nada.

Todo pasa.

No, no todo. La materia cambia. Se transformará en tiempo, en espacio, en dimensiones.  En recuerdos.

La luz es mutable y se torna vejez y madera quemada, oscurecida. El sonido se vuelve sentimiento. Todo es materia, es forma. Lo tangible y lo intangible, porque existe. Aunque el pensamiento lo transforme. Mis ideas existen en forma de electricidad, de impulsos.

Las nubes pasean un cuarto de hora en el reloj del movimiento terrestre.

Ver cómo los minutos discurren sin tocarlos, sin sentirlos y estar al margen del discernimiento temporal. En su cauce etéreo absorben vacíos de actividad, de desplazamientos y obnubilación.

El papel cuarteado, aja su figura y pretende erigirse con la finura de su piel. Entre aquellas capas de celulosa y lejía, está su nombre.

Y no quiere encontrarlo.

 


(c)María Teresa Inés Aláez García. Mtiag. Mayte Aláez. Pernelle.
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