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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Septiembre 2018  (Leído 5426 veces)
0 Usuarios y 2 Visitantes están viendo este tema.
María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #15 : Octubre 04, 2018, 06:08:56 »



Dage

RODAR


Dime ahora, dios sin nombre,                                     
qué azarosa cumbre espera mi cansancio                     
y mi aliento.                                                               
Dime si he de morir, ¿cuántas veces?,                           
en desidias y en vacíos.                                               
Nada quiero y no me importa;                                     
sigo siendo roja piedra del camino,                               
fatigadas sus aristas                                                   
al rodar                                                                     
sin mesura cuesta abajo.                                             
Pasan rápidos los bosques, las aldeas,                         
siempre envueltos en la prisa,                                     
pues es propia del camino.                                           
En mi amarga rapidez                                                 
me retraigo y nunca acierto                                   
a mirar                                                                     
cumbres aún más distantes y elevadas.                     
Ni las veo ni me importan;                                           
sólo soy un mal pedrusco arrastrado                           
por pendientes abismales.                                           
Mis innúmeras facetas                                                 
se esculpen y se achaflanan, pues pretenden               
pulirse en geometrías similares                                     
a la esfera.                                                               


Y eternamente rodar                                                   
por las cuestas, por los cauces                                   
de los ríos que en mi vida                                           
-los milenios no me importan-                                             
he logrado cuanto menos vislumbrar.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #16 : Octubre 04, 2018, 06:09:54 »


Mac de la Torre

El no Poeta

Pertinaz e infame hado
yo resisto tu señuelo,
¡arruina ya  mi desvelo!
Ojos en surco tostado.

Sintiéndome ruin bagazo
confina mi juicio al diestro,
si no conozco maestro,
de sabias letras ni trazo.

Como navío varado
soles conté con recelo,
cogí la pluma del suelo
en tregua con el tarado.

Arrogante, afloja el mazo,
raspa mi rostro siniestro,
tan rico convite vuestro
naciente de un novel lazo.

El guardián sutil y osado
me mostró radiante al cielo,
mira al frente con anhelo,
concluirás  roto y cansado.

Frunció la tinta un abrazo
esclava de lo que muestro,
terminé con mi secuestro;
oda libre en mi regazo.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #17 : Octubre 04, 2018, 06:11:51 »


altabix

   
Monologos del vino




 
—¿Vives aquí?—. Le pregunté,  pensé que sería familiar del propietario.
Se limitó a mirarme, sin sonreír siquiera. Entendí que mi pregunta le molestaba y callé.
Siempre callo y guardo silencio, hay quienes no se amedrentan e insisten hasta alcanzar lo que ansían; siempre envidié a los de esa clase.
Pensé.
—Qué demonios, no me matará si me hago el pesado,  a lo sumo no me contestará, de modo que insistiré—.  Mi curiosidad es un vicio que me come la carne.
—¿Eres familia del propietario?.
Ella secaba unos platos con un paño,  levantó la mirada, hizo un gesto, encogiéndose de hombros,  el gesto que  normalmente,  usamos para dar a entender que  desconocemos algo.
Me quedé observándola, su estatura no superaba el metro  medio, gordita, sus pechos eran carnosos, tersos y se asomaban por el escote de la camiseta de tirantes.
Debí de ser demasiado descarado, ella se puso frente a mí y me preguntó.
—¿Así mejor?.
—¿Como?.  No entendí así de pronto, pero me di cuenta a los pocos segundos.
Ella rió y se fue.
—Perdona si te he molestado—. Una disculpa era lo más adecuado.
—No tiene importancia—.
—¿Cómo te llamas?—. Intentaba que de algún modo, se pudiera abrir un hueco, por donde pasara algo de conexión entre ambos.
Pero ella se mantenía distante, en silencio, sin querer tomar ese contacto.
Desistí y me limité a disfrutar del café.
Al poco tiempo entró La Señora,  se apoyaba en un bastón negro de madera.  Lentamente, se desplazaba por el local, hasta que ese acercó a una mesa;  la muchacha,  al verla entrar,  salió de detrás de la barra y  fue a su encuentro  ayudándola a sentarse, entonces la vi sonreír,  había mucha familiaridad entre ellas.
Durante unos segundos se quedaron mirándome, no sé de qué hablaban, pero  me molestó que quizá estuvieran hablando de mí.
Regresó sonriendo a su labor tras la barra y  me miró.
—Me puedes llamar Ashar.
—Qué exótico—dije sonriéndole.—.Es un nombre extranjero, ¿verdad?
—Sí.
Había cambiado de actitud,  tras haber hablado con La Señora.
Ahora me miraba y parecía querer estudiarme, me observaba con amabilidad y yo miré a La Señora,  que estaba ausente de la situación;  pero algo le dijo en relación a mí, estoy seguro.
Se acercó hasta donde yo estaba y me dijo.
—Ya me han contado alguna cosa de ti, pero poco, eres más bien reservado.
—No soy muy hablador.
—Ya veo,  has cerrado con cuatro palabras  una conversación.
—No sabría qué contarte—  le dije—.No hago nada que tenga el suficiente interés como para ser contado.
—Para ser contado quizá no—  sus ojos, vivos y penetrantes, me preguntaban —.¿Y no sientes nada?.
Hubo unos segundos silenciosos en que nos mirábamos,  ella sopesaba si continuar o no; ,Hubo unos segundos silenciosos en que nos mirábamos,  ella sopesaba si continuar o no; yo temí que que mi torpeza,  hubiera estropeado el momento de conocerla más.
—¿Te puedo preguntar algo?—. Le dije.
—Claro.
—¿Quién es?— me giré para mirar a La Señora.
—Es una clienta de siempre,  desde que abrió este local.
—¿Y tú llevas mucho tiempo trabajando en este bar?
—Llevo toda mi vida aquí.
—¿Eres hija del propietario?
—No, pero llevo tiempo, mucho tiempo.
Dejó lo que tenía entre las manos, cogió las mías;  no sin sorpresa por mi parte.
—Para ser un hombre callado...haces muchas preguntas.
Pensé que ya lo había estropeado, que mi curiosidad había traspasado algún misterioso límite.
—Espero no haberte molestado.
—No, no te apures.
Quitó mi taza de café y la cambió por una copa.
—Voy a ponerte otra cosa.
Sacó de debajo del mostrador una botella de vino, vertió en la copa una pequeña cantidad.
—Me gusta hablar con hombres, a los que les gusta el vino, pruébalo.
—No tengo costumbre de tomar alcohol.
— Pruébalo, está muy sabroso.
Insistió amablemente y me fue imposible rechazar su invitación, tomé un sorbo pequeño, ciertamente era sabroso, algo áspero al principio, pero se transformaba en una combinación de sabores muy agradable.
—¿Te ha gustado?
—Está muy rico, sí.
Ella sonrió.
—Si se te sube a la cabeza... no hagas locuras.
¿El efecto del vino?, no lo sé,  pero le sonreí feliz y relajado,  al ver que ella sonreía;   amistosa y receptiva,   pensé que las puertas del paraíso  se abrían para mí.
Sólo la llegada de Dos Batallas, provocó un momento de distracción.
Dos Batallas nos miró ausente,  pero no indiferente, ...no sabría decir de qué manera.
—Llegarás tarde a casa — me dijo.
—No hay cuidado, está vacía.
Terminé la copa de vino y ella volvió a llenarlo
—¿Nunca has amado?
—¿Amar a alguien?.
—Sí.
—Por supuesto, pero ya hace mucho tiempo y  desde entonces,  no he sentido la necesidad de la cercanía de nadie.
—Me cuesta creerlo.
Ashar  aterciopelaba su voz,  a medida que la conversación se alargaba;  de pronto  sentí  rechazo hacia ella,  era evidente que quería penetrar en mis sentimientos y conocer incluso, lo que yo a mí mismo me vetaba.
—¿Qué te ocurre?—dijo —. Relájate.
Su mano derecha sobre mi mejilla y la calidez de su voz,  me deslizaron a la profundidad de sus ojos.
Ansiaba besarla,  sentí en  un apasionado deseo de invadir su cuerpo, de abrazarla y pegarme a su piel.
Nunca había sentido una obsesión tan febril y desequilibrada.
Ella salió de detrás de la barra, a atender a otros clientes.
Allí sentado en aquel taburete alto, estaba yo, nervioso y desorientado .  ¿Qué se  supone que ha de hacer uno  en estas circunstancias?
¿Y qué era de aquella muchacha hostil y estúpida de la última vez,  cuando le pregunté alguna cosa?
No era una novedad en mí el deseo, hace muchos años esa ansiedad inundó mi mente durante mucho tiempo,  pero fui capaz de soportarla sin atenderla, no deseaba vivir ligado a nadie ni a nada,  aprendí a despegarme del deseo, a desentenderme de las pasiones humanas más comunes.
Mi casa hoy está vacía, mi vida igual que mi casa;  es un espacio sin contenido,  existencia tan sólo sin pasión ni deseos, sin lugar concreto a donde ir.
El desapego me privó de la voluntad, mi existencia minimalista no precisaba otra cosa.
Pero en ese momento, sentado en aquella barra de bar,  me sentía roto.
Aquel maldito vino, aquellos ojos de Ashar,  que con seguridad jugaban y se divertían a mi costa.
Odiosa muchacha. ¿Qué pretendía con ese juego?.
Al regresar Ashar a la barra, se detuvo detrás de mí.
—¿Estás bien?
—Si— respondí con tono malhumorado.
—No, no lo estás — ella seguía mostrándose amable, puso sus manos en mi espalda.
—No te muevas —me dijo —, estas muy tenso—.
—Será el vino.
—No, no lo es — sus manos tocaron mi espalda y paseaban por ella, —no quiero que te muevas.
—He de irme.
Pero ella completó sus caricias con un abrazo, podía sentir su cuerpo pegado a mi espalda y sus manos aferrándose a mi pecho.
Me sentí sofocado y dubitativo, en lugar de girarme y optar por irme o abrazarla, estaba quieto y desconcertado.
—Te daré lo que deseas —me dijo.
Ni siquiera pensaba  en el resto de clientes, que estarían observando aquello;  pero con seguridad,  estarían indiferentes a lo que allí ocurría.
—Tú no sabes lo que yo deseo —le dije mientras tomaba un nuevo sorbo de aquel vino.
—Sí que lo sé.
—No, he de irme —contesté tajante.
Ella me soltó y se apartó, dejándome el espacio necesario, para poder ponerme en pie y salir tambaleandome del local.
Al salir miré a La Señora,  ella me miró apenas un segundo, luego desvió su mirada hacia Ashar.
Pero no me fijé en más detalles, necesitaba salir de allí.
Estaba equivocado,  porque ella si sabía lo que yo deseaba.
Vivir el arrebato del deseo, dejarme poseer por el goce de perseguir un anhelo...
Ella, como si de un ejército que poderoso,  hubiera asaltado  mis lineas defensivas  dejándolas  destrozadas  y exiguas,  me dejó huir, sabedora de que su presa iba  herida sin remedio y que buscaría la cura,  precisamente,  en sus propios brazos.
Durante las semanas siguientes,  viví recordando aquel día y tocando mi herida siempre abierta, sin ser capaz de cicatrizarla, porque mi atención y mi voluntad eran para ella. Ashar.
El trabajo se me hizo imposible,  eché en falta tener vida social, amigos  con quien poder compartir momentos de pequeños e inocentes placeres  que desviaran mi atención de aquella obsesiva presencia, deseé haber cultivado alguna actividad de ocio personal.
El vacío del que yo mismo me rodeé, cultivado voluntariamente y con esmero, era ahora un aliado del monstruo que Ashar había despertado en mí.
Mi casa perdió el orden acostumbrado,  salía ansiosamente a las calles a buscar otros brazos, aunque fuera pagándolos.
Pero otros ojos mercenarios no saciaban mi deseo y me consumía   inútilmente;  el tacto de Ashar no era imitable,  no se trataba de roce de cuerpos,  era algo más profundo e intenso,  necesitaba que hubiera algo más y yo no sabía identificarlo.
Dejé el trabajo,  incapaz de someterme al rigor del esfuerzo y la concentración,   levantarme de la cama por las mañanas,  empezó a requerir un esfuerzo titánico.
Y una  mañana me miré en el espejo y vi a un espectro;  admití mi derrota y decidí regresar a la taberna.
Me sentía aliviado durante el trayecto, al llegar aparqué mi vehículo y miré el edificio.
Yo ahora no era aquel que lo visitó la última vez,  ahora buscaba su amparo;  en aquel lugar buscaría sanación a mi dolor.
 Recordé las palabras que me dijo aquel otro cliente, al inicio de frecuentar este bar.
—Aquí todos nos detenemos porque ya algo nos trae, o nosotros mismos  hemos decidido detenernos.
Ahora era yo  quien se entregaba el amparo de aquella vieja casona,  como si en lugar de ladrillos y piedra, fuera la cabeza disimulada de una bestia depredadora.
Al acercarme a la fachada del edificio, casi podía escuchar la respiración de las paredes.
Ashar no estaba, pregunté por ella al tabernero, pero no me dio respuesta.
Quedé esperándola y no tengo ni idea del tiempo que pasó.
Una de las puertas que comunicaba el bar con el edificio se abrió y  vi salir a Dos Batallas, haciendo señas a otro para que le siguiera.
El tabernero me avisó de que ya era la hora de cerrar,  entró también por aquella puerta y me quedé sólo en el interior,  me sorprendió que el propietario,  tras avisarme del cierre,  no esperara a que yo abandonara el local, quedándome a solas en su interior.
Mi curiosidad me levantó de la silla,  sentía interés por saber adónde habían ido todos.
La puerta estaba abierta, sujeta por un mecanismo  anclado en su parte alta.
Escuchaba las voces,  pero no veía a nadie, porque aparte de la penumbra, la puerta daba a unas escaleras,  por las que habrían descendido todos.
Quise acercarme aún más, pero en  mi deseo de curiosear,  no me di cuenta de que rocé la puerta;  lo suficiente  como para desbloquear el mecanismo que la mantenía abierta, cerrándose tras de mí.
Volví para abrirla pero era imposible,  no había manivela; en su lugar,  una cerradura.
De modo que solo podía esperar allí en la oscuridad o bajar las escaleras e improvisar alguna excusa, en el caso más que probable  de que me preguntaran la razón de mi presencia allí.
Las escaleras conducían a un pasillo alargado y estrecho,  iluminado con dos velas tan solo,  de modo que más que iluminación, había dos referencias luminosas.
Yo avanzaba a través de la oscuridad,  tanteando con las manos las paredes del pasillo, había algunas puertas pero el rumor procedía del fondo.
No sabía qué podría decirles, mi intromisión era imperdonable, esperaba que el pasillo pudiera conducir a otras escaleras a través de las cuales pudiera salir al exterior, pero el pasillo se cerraba al llegar al fondo,  allí mismo,  en donde terminaba el oscuro túnel, estaba la puerta a través de la cual se podían escuchar las voces mezcladas de todos ellos.
Me detuve al llegar, pero la presión de una mano en mi espalda me empujó hacia adelante.
—Abrid —dijo quien estaba tras de mí.
La puerta se abrió y quienquiera que fuese,  me empujó sin violencia hacia adentro.
Temí reproches y enfados por mi presencia en aquel lugar, pero nada de eso ocurrió.
  Se trataba de una cueva cuadrada excavada en la tierra y sin apenas iluminación, tan sólo unas velas;  una en cada pared de la pequeña gruta y dos velas más, una negra y otra blanca, juntas y encima de una gran piedra, junto a la pared del fondo de la estancia.
Entre aquella gran piedra y el resto de personas presentes, había alguien de pequeña estatura, cubierto con una túnica con capucha, dándonos la espalda.
Era una mujer y cuando escuché su voz, la identifiqué inmediatamente.
Era Ashar. Portaba en su mano derecha un bastón con el que golpeaba el suelo, mientras que con una espada en su mano izquierda, apuntaba a cada  vela colocada en las paredes.
Iba girando en el sentido opuesto al de  las agujas del reloj, pronunciando palabras ininteligibles,  cuando su vuelta  alcanzó  los ciento ochenta grados,   vi sus ojos y estaba hermosa;  extraordinariamente hermosa,  dotada de una belleza inefable.
Su cuerpo estaba desnudo,  tan solo  cubierta por la capa de la túnica y la capucha.
No sé si se percató de mi presencia, no sé si en ese momento se dio cuenta de que yo estaba allí. Ella continuó hasta completar una vuelta sobre sí misma con pequeños intervalos de 90 grados,  en los cuales golpeaba el suelo pronunciando palabras que yo no sabría repetir.
Sin habérmelo propuesto,  me había colado en una extraña ceremonia,  hubría querido abandonarla, pero no podía,  no quería llamar más la atención y provocar alguna reacción negativa por parte de alguien, de modo que me quedé allí, esperando a ver cómo se desarrollaba todo.
Pero mi desazón  se vio alterada aún más.
Ashar sacó una paloma de debajo de un paño negro,  la mostró a todos y tras unas frases, puso el ave encima de la piedra y  apuñaló al animal, los plumones de la paloma se tiñeron de rojo, sangre que ella recogió vertiéndola en una copa.

Ashar  mostró a todos la copa con el contenido sangriento y  acercándosela a los labios sorbió de ella.
Luego  se fue acercando a cada uno de los presentes,  dándoles a beber el contenido.
Supe que no podría librarme, que llegaría a mí y que extendería sus brazos,  para ofrecerme  aquel Cáliz de muerte. ¿Podría negarme?  La nausea y el temor, el asco y el miedo me estaban desconcertando demasiado.
Pero también supe  que la tendría a unos pocos centímetros de mí, que me reconocería y me miraría; me miraría, para mayor felicidad mía,  ella me miraría.
Así fue como  llegó a donde yo estaba y ciertamente me reconoció, lo supe inmediatamente, extendió sus brazos y sólo me dijo:
—Bebe.
Tardé algo de tiempo en reaccionar,  porque el asco me impedía coger la copa.
—Bebe— repitió.
No podía defraudarla, bebiendo podría expresarle como de ninguna otra manera,  mi devoción hacia ella.
Saqué  valor  y tomé la copa, ella no la soltaba, de modo que mis manos acercaron a mis labios el borde del recipiente,  cogiendo a la vez las manos de Ashar.
Al soltar la copa,  supe que ya nada sería como antes.
Acabada la ceremonia,  nadie me hizo comentario alguno  acerca de mi presencia allí.
Ya más tranquilo  me disponía a salir junto al resto de asistentes;  pero entonces, una mano por detrás de mí sujetó mi hombro.
El oscuro pasillo se vaciaba, me giré y era ella. Ashar.
No podría narrar la emoción, felicidad y delirio que aquello me produjo, ella era quien me retenía,  sin embargo no supe reacionar, paralizado, solo supe sonreír.
—Ven.
Cogió mi mano y me dejé llevar,  igual que un niño sigue a un adulto que le guía.
—Te dije que te daría lo que buscas,  ¿recuerdas?
—Lo recuerdo.
—Me dijiste que yo no sabía lo que querías, pero estabas equivocado; al final te diste cuenta.
No había reproche en su voz ni altivez alguna, era toda dulzura y comprensión, me guiaba y me miraba, avanzábamos por oscuros pasillos, que de no ser porque ella los conocía, habría sido muy difícil caminar por allí, el suelo no era liso y las paredes  parecían haber sido horadadas a golpe de pico, o bien se trataba de cuevas,  pero eran pasillos estrechos; en cualquier caso  no podía soltarme ni lo deseaba, de las manos de Ashar.
Así que me dejé conducir,  temeroso y entusiasmado a la vez,  sin entender nada pero  dispuesto a aceptarlo todo.
—Ahora no temas-, me dijo.
—Contigo no tengo miedo—, le respondí..
De pronto,  comenzaron a escucharse gemidos penosos y gritos y sentí que como unas manos tocaban mis piernas.
—Si ahora decidieras volver atrás, o sintieras arrepentimiento —me dijo—, quedarías en este túnel para siempre.
—¿Qué es esto?—, le pregunté nervioso.
—Aquellos que sintieron miedo o sentimiento de culpa  al avanzar por estos mismos pasillos—dijo—, sigue avanzando o quedate aquí.
—Quiero seguirte.
Se detuvo, abrió una puerta y me introdujo en una sala  iluminada por cientos de velas.
—¿Te gusta?
—Ni siquiera se dónde estoy ni qué es todo esto—  le dije yo, -pero si tú me has traído hasta aquí, eso es lo único que me importa.
—¿Porque regresaste?
—Tú lo sabes mejor que yo—, contesté.
— Pobrecillo, lo has pasado mal, pero ahora tendrás tu recompensa.
Se puso frente a mí, dejando caer al suelo la túnica que llevaba.
Sus brazos rodearon mi cuello.
No me importaba nada, ni el lugar aquel, ni las cosas que sucedieron, ni quién sería ella y los demás, tan sólo me importaba que ella  rodeaba mi cuello con sus brazos.  Y había sido tan fácil lograrlo. No podría explicar...  la  revolución de emociones, de deseo enloquecido.
—No te muevas— me dijo.
¿Cómo no moverme?,  estaba deseando abrazarla,  abarcarla con mis manos y  perderme en ella para siempre.
Pero ella me quería inmóvil,  desnudó mi cuerpo y arrojó la ropa sobre un grupo de velas, que devoraron el tejido como bocas hambrientas.
—No las necesitarás más—me dijo—, estarás siempre conmigo, ¿no es lo que deseas?
—Solo tengo ese deseo—, contesté.
Ashar se transformó en una bestia lasciva y durante mucho tiempo; una y otra vez,   ella gozó de mí y yo con ella.
Mis músculos se fortalecían con cada beso que me daba,  mi piel se erizaba con el contacto de su piel y cada vez que entraba en ella, me sentía desfallecer, para resucitar con un nuevo beso.
Así pasó mucho tiempo, no sé cuánto, pero cuanto más tiempo pasaba más la deseaba.
—He de irme ahora— dijo.
Así puso el punto final a aquello, me acarició el pelo y se levantó del suelo.
—Volveré,  no temas,   espérame aquí hasta que regrese,  no salgas de aquí por nada y esperame.
 Me dio un beso y la vi marcharse, quedé aquí como ella me dijo y aquí la estoy esperando
Me revuelco por el suelo desesperado, pero espero; gritando su nombre, pero la espero, porque ella volverá y me encontrará entregado y dispuesto para ella.
Aunque cada segundo es un grito de desesperación, cada minuto es una nueva laceración, pero no renunciaré a esperarla el tiempo que ella considere; pero tarda demasiado, demasiado, sí.
—¡Ashar!
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #18 : Octubre 04, 2018, 06:13:16 »


Lazos negros.

Un solar de nudos toscos, entretejidos de rosas.
El eje de la conciencia, tocada de grises sombras.
Espinas y terciopelo, bifurcación de neuronas.
Edén cande sobre púrpura, con luz estéril y torda.

Lazos negros.

Anexiones de propósitos, lúgubres y quejumbrosas,
carreteras deslizantes de pulsación positrónica
redirigen frenesís entre distintas personas,
enlazan las estructuras, de circuitos, conectoras.

Lazos negros.

Buscan los órganos tísicos de las bujías agónicas,
repulen las intenciones tristes en los blocs de notas.
Mausoleos del decir, pronunciaron sus estrofas
ante túmulos de ideas que jamás guardan la forma.

Lazos negros.

Desde tierra hasta el azul reducen la trayectoria.
El índigo rompió en trozos los rubís. Fijan ahora
en mis manos los cristales del miedo y de la deshonra.
Despunta en lo oscuro, libre, la paz, joven y sedosa.


Lazos negros. Negras rosas
en mis sentidos sollozan.
Un funeral de las horas
calladas. Bruna congoja.

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag.Pernelle.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #19 : Octubre 04, 2018, 06:23:56 »


Candela Martí
   




NACIMIENTO


En un ocaso suave, de risas y pastores,
la tierra se llenaba de crecientes rumores
y en un pueblito hebreo, bajo el yugo romano,
daba a luz una Virgen, en un portal cercano.

Al nacer ese niño, que salvaría el mundo,
la humanidad tomó un porvenir fecundo.
A adorarle llegaban de múltiples rincones,
le traían presentes, entonando canciones.

En esa misma fecha, de distantes regiones,
tres Magos arribaban con la piedad patente.
Ante Dios accedía toda clase de gente:
pastorcillos risueños, de cortos pantalones,
ilustres publicanos, de grandes posesiones;
plebe buena y humilde que tan sólo pedía
paz, amor y trabajo. El Niño, en su utopía,
se despertó sonriendo y, con fértil ternura,
a todos les bendijo en celestial ventura.

Era una noche clara… con brillos de armonía.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #20 : Octubre 04, 2018, 06:26:31 »

SOLO VALE

Es febrero en mi tierra, cal y canto,
crepúsculos añiles.
En mi piel se desnuda el arrebato
enaltecido, pesan cicatrices
silentes y  el cariño carga daños.
Sólo son partituras sin atriles,
pobre luz de candil falsificado.
Sutura la conciencia en su declive
suspendida y cifrada en tu desbarro.
Proyectil, sin calibre.
No asumo tu verdad de escapulario,
estribillo de trova en tus clarines,
juramentos sin lazos.
Tus eternas plegarias te redimen.

(Freya)
16 de Febrero, 2012
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #21 : Octubre 04, 2018, 06:28:29 »

Orlando
Décima a tu hermosura


En la indómita proeza
por domar lo inexpresable,
encuentro que lo inefable
se dice con sutileza:
algo tiene tu belleza,
un no sé qué me produce,
mi voz se quiebra y balbuce
al encontrar tus vaivenes.
Dicha la tuya, pues tienes
un no sé qué, que seduce.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #22 : Octubre 04, 2018, 06:30:26 »

Lady Ágata

   
LAS OCHOMIL Y UNA NOCHES

Contemplo su retrato y, como si fuese una interminable letanía, repito sus últimas palabras: "las mujeres le acechan, le buscan, le hacen proposiciones allá por donde pasa". Cierro los ojos e intento evocar la última imagen que tengo de él, casi tan desnudo como el día en que le parió su madre, pero con mucho más pelo… o con menos, según la zona anatómica que se mire ya que hasta los bebés más lampiños tienen algo de pelusa en la chirimoya. Nada. Por mucho que me concentre, cual pertinaz monje Zen a golpe de cachete, no le encuentro el atractivo. Tal vez resida en el blanco del ojo o, más bien, en la intensidad del verde esmeralda que nunca llegué a discernir con claridad... o puede que me esté volviendo ciega o que me hayan dejado de gustar los hombres. ¡Qué pensamiento más horrible! Busco en Google “Brad Pitt” y, tras echarle un vistazo, descarto las dos últimas opciones. Sin embargo, éste de la foto de marras, al que a base de charlas cibernéticas llegué a tomar afecto, me deja fría, y eso que estamos en pleno verano y no puedo quejarme de las adversidades climatológicas de la islita donde resido.

Fue un largo y gélido invierno el de este año: estuvimos de nieves y "txirimiris" hasta las orejas y, claro está, apetecía poco salir. Lo del ordenador resultaba cómodo. El anillo de casado no se lo quitaba ni muerto y al referirse a su parienta la llamaba "mi mujer" pese a que el documento que me escaneó cierta noche para demostrarme que estaba divorciado dijese que era libre. Pues como si no se lo acabase de creer: era un divorcio muy reciente que se había estado gestando durante diez añitos solamente.

Sí, la verdad es que mi amigo el de la foto era algo lento de entendederas. Yo, desde las altas cimas de todos los ochomil intelectuales donde me subo a lo Edurne Pasaban, aunque con más utilización de las células grises y menos despilfarro energético, le solía dejar tirado en cuanto comenzaba la primera cuesta y hacía falta pensar.

Éramos, si es que se puede decir que fuésemos algo, una pareja dispar en todos los sentidos. Tan inconcebibles como pareja que parecía que nos hubiesen creado en un tubo de ensayo, tan ingenuos los dos que puede que nos trajese la cigüeña de París, ciudad a la que no nos atrevimos a ir porque resultaba caro y poco práctico… ¡Un segundito! Yo me he trajinado el continente europeo de norte a sur y viceversa un montón de veces por amor y sin tener ni para llegar a fin de mes. Ahora que las vacas no son tan flacas, no voy a rajarme por un viajecito de no nada al otro lado del canal de la Mancha. Fue él quien dijo que nones. Un viaje tan largo y, además, lo de pasarse dos o tres días conmigo en la cama le parecía una proeza aún mayor que mis Himalayas mentales. No es que a mí me apeteciese acostarme con él en la vida real, ¿eh?
Divago y divago, mas sigo sin entender qué le ven a este buen hombre todas las que, según él, le entran en el trabajo, en la calle, en el teléfono, en el correo y en el Messenger. Ya sé que lo de entrar sólo cuadra con el Messenger, pero no seamos tan malpensados.  Apenas hace unos meses, no sabía la diferencia entre una cámara web y una máquina de fotografiar que ni siquiera sirve para hacer vídeos, y lo de Skype le parecía un imposible de la tecnología.  Ahora que: ¡no veas con qué facilidad le pilló el tranquillo! Sobre todo a lo de sacar instantáneas de lo que aparece en pantalla en las situaciones más comprometidas. Y parecía tonto, con su enrevesado nombre y apellidos de pega y esa fecha de cumpleaños que no es la suya sino la de un amigo que se murió, que era también futbolista…

Y tú ¿por qué me miras con esa cara? Que ¿qué? ¡QUÉ!

Si te tiene a ti también agregada a su lista de contactos, ten paciencia. Hay muchas esperando.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #23 : Octubre 04, 2018, 06:39:50 »


Rosa

El Alma del Verso

Es indestructible el verso
en tanto canta el juglar
bellas trovas, que al volar,
encienden el Universo.
Del insidioso y perverso
murmullo que nos rodea,
como creciente marea
de insustanciales palabras,
surgen los abracadabras
vengadores de la idea.

Es el castigo flagrante
del genio a la sepultura
mientras pregonas dulzura,
sutil bardo itinerante.
Versifica en consonante
la miel que del verso brota
al hostigar la derrota
de la expresión estridente
tan arraigada en la gente
chocarrera y boquirrota.

No le demos ocasión
a la ignorancia mezquina,
vil y engañosa inquilina
socavando la dicción.
Si no esgrimimos razón,
ave fénix de cordura,
se aniquila la mesura                         
de expresar el sentimiento
guardando en todo momento
elegante compostura.

Es la palabra al poeta                             
igual que el lienzo al pintor;
es un gentil ruiseñor
surcando el azul, inquieta;
elévase cual cometa
hacia el cielo generoso                         
inspirándonos, gozoso,
la trova y su insigne credo
brotando de su remedo 
el epígrafe ingenioso.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #24 : Octubre 04, 2018, 06:41:44 »

https://www.metaforas.com.es/diana-gioia/en-minusculas/low-cost/


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Texto bajo una licencia de Creative Commons.

LOW COST
 

Empecé a viajar siendo tan pequeña que los aviones eran todavía de hélices, los vuelos caros y reservados a los privilegiados; yo era una de ellos.
Mucho más tarde llegaron a mi vida los vuelos transoceánicos en inmensos aviones con escaleras de caracol y salones. En esos viajes no había problema con la distancia entre la filas de asientos, incluso en turista, ni tampoco con la comida.
Fueron buenos años para viajar, a pesar de que no todos los vuelos tuvieran ya fingers y hubiera que desplazarse aún al avión en autobús.
Pero cualquier viaje es mejor que un low cost. ¡Santo cielo, es barato pero qué caro se paga!
Primero, porque hay que renovar las maletas constantemente, ya que cada vez se reducen más los kilos que se pueden embarcar y los que permiten llevar en cabina. Segundo, por el tiempo que se pierde quitando y poniendo cosas en la maleta y pesándola en el cuarto de baño. Tercero, por el agobio, las colas para poder sentarse con la persona con quien viajas, las esperas por los atascos que provocan los que llevan una maleta de mano de tamaño superior al permitido que se queda atascada en la estructura metálica de comprobación y hay que asistir al lamentable espectáculo de ver al pobre viajero arrancándole de cuajo las ruedas o bien a la desgraciada turista a quien obligan a estrujar en la maleta un pequeño cartel de recuerdo que acababa de comprar en el aeropuerto, como he presenciado en mi último viaje.
Y el bolso que lo tienes que comprimir dentro del equipaje de mano, ya que solo está permitido llevar un bulto, mientras sujetas con la boca el dni o el pasaporte y la tarjeta de embarque, que se comprueba en facturación, en seguridad, en embarque y en el avión. Si llevas una botellita de agua comprada tras haber pasado seguridad, tendrás también que comprimirla en la maleta, que ya está a reventar, y cuando hayas conseguido embutirla debajo del asiento delantero, antes de proceder a embutirte tú misma en tu correspondiente asiento,  te darás cuenta de que te la has dejado dentro junto con el libro que te habías comprado para el trayecto, los pañuelitos para los estornudos inevitables de quienes  padecemos sensibilidad a los cambios de temperatura y a los chorros de aire de los que se lo ponen a tope y dirigido hacia ti. Solo resta aguantar el tormento de los discursos de la azafata ofreciendo productos de venta tax free, comida y bebida con sus respectivos precios, e incluso, la última moda, boletos para rifas. Ya no queda más que desencajar la maleta, si se puede, salir, bajar y pegarte la caminata en fila india hasta la terminal siguiendo el itinerario marcado en la pista, llegar a la cinta correspondiente para recoger la maleta y que llegue, si llega.
Les he ahorrado la descripción de los cabreos de quienes han olvidado quitar de la maleta de mano cualquier objeto que pueda atentar contra la vida de los pasajeros como la limita de uñas o el pinchito de plástico para sujetarse el pelo, así como alguna botellita de tónico facial, que puede confundirse con un explosivo de largo alcance. Estas historias son viejas y ya no hacen gracia a nadie.
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« Respuesta #25 : Octubre 04, 2018, 06:42:56 »

Teje Wella los mimbres del progreso,
un lírico vaivén en la templanza
cuando borda romances en alianza
con la fúgida luz del embeleso.

Descubren sus topacios la belleza
y el color, desde Chiapas a Jalisco,
donde riman los brotes de lentisco
con aromas silvestres de cereza.

Quién pudiese vivir en tus orillas,
plantar a Dios en siembra de laureles
después de rutilar por tus mejillas.

Mas la toronja verde, donde brillas,
curva con verdades los pinceles,
la brea de mis sueños, las sextillas.


augustus
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« Respuesta #26 : Octubre 04, 2018, 06:44:26 »


Albadiosa



Hespérides fugadas


Hespérides fugadas del jardín
ríen su libertad por las colinas
al ritmo de un eufórico violín.

Desvanecen las nubes sus cortinas,
los vastos dioses ven la atrocidad
de las dulces doncellas vespertinas
y se hace la luz eternidad.

No existe quien convoque los ocasos
y las ninfas no están de protectoras,
prefieren los delirios a nirvanas.

Aunque vuelva el crepúsculo en sus pasos
y a las tríadas tachen de traidoras
viven con frenesí y jocundas ganas.

Aburren ya las manzanas
por más que sean de oro.
Con un vivir sempiterno y tranquilo
se vuelve el canto en petunia con filo
y brotes tristes de un lloro.

ELHISIANA
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« Respuesta #27 : Octubre 04, 2018, 06:45:43 »

CANCIONES DEL CUANDO

Cuando me miro en tus ojos,
dos celestiales espejos,
bordando voy los otoños
con la aguja de mis versos.
Amor, con urgencia imploro,
llega en las alas del viento,
sin cuitas y sin asombro,
por los caminos del tiempo.
A la orilla de tu rostro
y en perfiles de tu pelo
prenderé claveles rojos
con esencias del romero.

Cuando percibo la fuente
de tu amor por mi cintura,
en las venas se estremece
mi sangre, libre de culpas.
Poemas de luz y suerte
escribiré con mi pluma
si tu boca pinta verdes
en la arena de mis dunas.
Transitaré los edenes
con los iris por mi blusa
y me endulzarán tus mieles
por las azuladas rutas…

Cuando gusto de tu boca
con estrellas por testigo,
mi luz proclama su hora
en vértigo convenido;
es agua que se desborda
por el jardín de los lirios.
Vigilias de sol y sombras
ante el ara de los ritos.
Y mi lengua que te invoca
entre luces de espejismos
irá esparciendo su aroma
en el perfil de tu ombligo.

María Bote
19 – 10 - 2014
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« Respuesta #28 : Octubre 04, 2018, 06:46:36 »

Encuentro

Seremos locos sensatos
en alas de la utopía,
ni palomas ni regatos
de mustia melancolía.

Armoniosas las estrellas
con los tintes de las llamas,
no más olvidos, querellas,
simbiosis de estuosas flamas.

Sobre los pastos silvestres
rodaremos como orates,
detrás las rocas agrestes,
inquietudes y debates.

Rojo cirio en la laguna,
las hierbas suaves de lecho,
avellana y aceituna
germinando en el barbecho.

Sobre nubes  de algodón
sinfonías seductoras,
encuentro de comunión
hipnotismo de las horas.

Gisela Cueto Lacomba.
5 de Julio del 2015
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #29 : Octubre 04, 2018, 06:47:54 »

Wella


***Palabras muertas***
 
Baúl de absurdos miedos y oropeles,
fantasmas y demonios del antaño.
Escondes las reyertas, rotas pieles
zurcidas; cicatriz inmune al daño.
 
El tiempo desdibuja con pinceles,
la historia de papel. Me sabe a engaño.
Invoco los motivos a graneles
de heridas con matices de castaño.

Confusa, persevero, no sucumbo,
rescato doce páginas desiertas,
episodios de ayer. Un manuscrito
 
carente de un pasado va sin rumbo;
sus palabras volátiles y muertas,
surten de poesía al infinito.
 
29/05/2006
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