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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Septiembre 2017  (Leído 7552 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
María Teresa Inés Aláez García
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« : Septiembre 01, 2017, 09:37:57 »

Linfas de nostalgia


En los puentes de la noche
se detuvo mi esperanza
y formaron las estrofas
tristes libélulas ápteras.
No se adornó mi aposento
de nobles plumas de zacua,
ni la luz pudo encender
mis alegrías apáticas.
Conquistaron el espíritu
rojas linfas de nostalgia,
construyeron su santuario
con esencias de mandrágoras
y estoy prendida a cuchillos
afilados con vesania.
Petunias de desazón
adoquinan mi garganta.
Camino por los perfiles
aguzados de las cárcavas
sin miedo a crueles alfanjes
ocultos en las mortajas,
no me turba el maremágnum
de intimidantes palabras
ni de Medusa la égida
con víboras en mi cara.
Ya no importa en este mundo
la obviedad invertebrada
de razones en rescoldos
prisioneras de sus tapias.
Aguardaré a las Hespérides
para gustar sus manzanas,
mientras voy, sutil bradita,
a volar con las tataguas.

Albadiosa
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Septiembre 01, 2017, 09:39:10 »

LA VENTANA

Por la ventana huyen los olvidos
con posos de amargura,
y así podrán volver con su frescura
las risas y los gozos convenidos.
Se alejan desconsuelos concebidos
en camas de tristura
y yo no pintaré la risa oscura
ni la pena expondrá sus apellidos.

La ventana descorre el calendario
y en su trasluz habitan los instantes
de lágrimas y rosas.
Por ella se escapó mi fiel calvario
y acudieron los signos fulgurantes
a iluminar las cosas.

María Bote
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Septiembre 04, 2017, 02:56:36 »

No Vaciles

Una lluvia de luces transita omnipotente,
por espacios perdidos en los mundos astrales.
En el alma, la pena se dirige al poniente.
Los ojos abominan compartir abisales.

Las congojas se nutren con la sal del rompiente,
el dolor nos arrastra por redil de zarzales.
Sólo queda la angustia lacerando inclemente,
si se cubre el arpegio de emociones vitales.


Si la vida se ensaña no perdamos la ruta.
Los nuevos horizontes revestidos de rosas
bendicen el coraje de mujer sensitiva.

Ponle mieles al tedio, desecha la cicuta,
construye tu futuro por vías prodigiosas.
No vaciles, alcanza la luz vindicativa.

Gisela Cueto Lacomba.
24 de mayo del 2010.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Septiembre 04, 2017, 02:57:24 »

Crepúsculo enlutado
 
 
Relato en mis estrofas la promesa
que habita en la antesala del averno;
preludio de un adiós, es fácil presa
insomne en los confines del infierno.
 
¡Que día tan nublado, tan lluvioso!
se duele cual mellizo de la angustia;
la madrugada llora en tempestuoso
diluvio de apariencia gris y mustia.

Se nutre la razón con ilusiones
que pierdo al comprobar la felonía.
La historia, en un coctel de confusiones,
destapa el ataúd de tu ironía.
 
Obtengo al despertar, aquí a mi lado,
un triste amanecer que sabe a muerte,
un brindis al crepúsculo enlutado,
una copa de oporto por mi suerte.
 
Violento con mis lágrimas un río,
tormentas de dolor rompen su cauce.
Grita la soledad cuando de hastío
muere al pie de un augusto y viejo sauce.
´

Blanca Amelia Santos
(Wella)
25/01/2007
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Septiembre 04, 2017, 02:58:12 »

DEIXIS

HOY paraliza la pluma             
el ultraje de su olvido.           
Las letras no tienen musa:       
es un temor compulsivo           
hasta tornarse cretino.   
El arrebato se muda,           
surge la mente perversa.   
   
AYER brindó la bravura       
de sus versos en volandas.           
Sin temores, casi augusta,
regaló letras profanas,             
complaciente y abnegada;         
supo entregarle sin culpa             
de su pecho la tibieza.       
                           
MAÑANA será el silencio         
firme custodia y esclusa,           
y el mutismo su cauterio.                 
Rimas veladas por brumas,       
epitafio de su tumba.           
Él pagará un duro apremio         
por ofensa tan infame.                   

SIEMPRE resiste el castigo     
en un bastión de fracasos,     
mientras busca  en el abismo 
esos versos oxidados;     
vagará como un andrajo,
sin conforte y sin sentido,
al querer unir retales.       

mariaValente
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Septiembre 04, 2017, 02:59:38 »

Irene

AÑORANZAS

 No podía concebirlo. Aquello supuso el final de un sueño: el de mi infancia.
  Era muy niña cuando vi cómo el sol de una baranda se deshacía en mi retina, mientras mi boca saboreaba el queso duro del terrazo. Todo era inmenso, hasta la música de los periquitos del patio. Un palacio encantado me acunaba a través de peldaños hacia una estancia sencilla. En ella, el crujido de las sillas se mezclaba con el calor del picón junto a unas retahílas de ríos y tablas de multiplicar. Se punteaban letras y números en una sábana negra llamada pizarra. El suplicio comenzaba por la tarde: tela, aguja e hilo enredaban mis dedos. Entonces me acoplaba en la ventana para observar la destartalada casa de enfrente. Allí, fantasmas y monstruos intentaban asaltar el palacio de nuestras ninfas. Un día consiguieron extender su manto putrefacto. El brillo de nuestra mansión fue sustituido por inverosímiles cotilleos que condujeron a nuestras dos hadas a perder la vara mágica de la enseñanza, y a nosotros a embutirnos en el laberinto frío y oscuro de nuestra nueva escuela.

 
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Septiembre 04, 2017, 03:00:41 »

Calendo Griego

Miradas a la vida

Hace tiempo, mirábamos la vida
como a la tierra el cóndor en su altura
o a la imagen inerte de un suicida:
lejos del aura y la febril locura.

Sus núcleos se abrían enigmáticos,
ahítos de matices tentadores;
mas éramos espíritus apáticos,
glaciales a sus múltiples colores.

Luego cesó la incuria por la dama,
víctimas ya del seductor hechizo,
y en la torpeza vemos lo que hizo:     

ahora que la amamos no nos ama;
se abre indiferente a la agonía
de nuestra ávida pasión tardía.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #7 : Septiembre 04, 2017, 11:05:19 »


ojaldeb
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Muñones

El viejo ocupaba una mesa, una junto a la pared del fondo, en el bar de su pueblo.

—Este zagal… —mascullaba— ¿Qu’abre hecho yo pa merecer…?, y a mis años. Es mi nieto, sí, pero yo no quiero gente así en mi casa, si su abuela levantara la cabeza…la pobre.

Su mano derecha era una especie de muñón, apenas dos trozos de falanges, con el que ahora pinzaba un pequeño vaso de cristal, mediado de vino tinto. Su barba negra, de por lo menos una semana, hacía que su rostro se viera sucio. Adornaban su camisa blanca cuatro o cinco medallones de grasa.
Colgada de la pared, justo encima del viejo, una nube de moscas que parecían hipnotizadas por la pobre luz de un candil eléctrico. Enfrente un mostrador largo y de madera oscura, que venía desde la puerta de la entrada. El local era espacioso, algo escaso de luz, fuera anochecía.
Un hombre tripón y carrilludo, nada más entrar, se fijó en el viejo y fue hacia él, no esperó a llegar a su lado para decirle:

— ¿Qué cavilas tanto, Ulogio?
— ¿Eh? ¡Ah, eres tú, Fermín! Venga, agarra esa silla y siéntate

El gordo tenía más o menos la misma edad que el viejo, vestía una camisa muy blanca y muy bien planchada, su mano derecha era una cicatriz de carne y pellejo triturados. Al ir a sentarse, los botones de la camisa le estuvieron a punto de estallar, la silla hizo un ruido, como si se fuera a romper.

— ¿Y tu nieto, Ulogio?
— ¿Qué?
— ¡Tu nieto!
— ¿Mi nieto…?
— ¿Ha venio ya de la Inglaterra ésa, no?
—Vino antier, ¿y qué?
— ¡Na, hombre, na!, ¿que qué tal estaba?
—Pchss.
—Y me han dicho que su novio, un tal Bob, vino con él.
—Fermín… no subas más serillos qu’el pajar está acombrao.
— ¡Ulogio! ¿Es que no te alegras? Es tu nieto, y a venío ya…
—Que no seas alcagüete, Fermín.
—Pero…
—Venga, déjalo y dale un carpio al tabernero, encarga otra frasca de vino, que tengo la boca seca.

El viejo mascaba un palillo que cogió de un cubilete, no levantaba la vista de su vaso, y Fermín, sin dejar de sonreír ni de mirarle, alzó su muñón y dijo.

— ¡Tú, tabernero, pon una frasca de tinto, vamos a celebrar que el zagal d’éste ha vuelto ya de por ahí.
—No, si al final va a andar la pala por el horno —masculló el viejo arqueando aún más sus oscuras cejas— ¡Asqueroso pueblo de girulos!
— ¿Girulos…? ¡Andá!, Ulogio, acaba d’entrar el Paco, el chico de la Isabel.

El muchacho en cuestión tendría dieciocho o diecinueve años; llevaba varios arillos en las orejas y el cabello rapado; su chupa y su pantalón vaquero eran de esos que venden ya rotos y descoloridos. Se había quedado en la otra punta de la barra, justo al lado de la puerta, llamó al camarero y le pidió un refresco de Cola. Fermín insistió:

—Ulogio, el Paco también es mariquita, como tu nieto.
—Y dale; mira qu’eres bocarana…ahora te toca a ti escarbar en la herida ¿es eso, no?
—No te enfollines hombre, ¿somos o no somos amigos?
— ¿Amigos…?
—Sí, amigos; o no t’acuerdas de lo que pasemos juntos.
— ¿Quién s’acuerda ya d’eso?

Fermín dejó de sonreír, mostró su muñón y dijo.

—Yo m’acuerdo, esto me lo recuerda tos los días

Luego, después de carraspear, puso otra vez cara de guasa y añadió

—Oye Ulogio, creo qu’eso de ser mariquita s’hereda. ¿Tú no…?
—Y dale con la pulla Fermín; pero cuánta morcilla das, cabrón… ¿y tú dices qu’eres mi amigo?
— ¡Oye!, de cabrón na, ¿eh?, si acaso señor cabrón.
—Jodes más qu’un forunclo.
— ¿Qué…hoy no tienes ganas de guasa?
—Tú por lo que se ve sí, y mucha.

Fermín retorció de nuevo el gesto y dijo:

—Mira Ulogio, desde qu’en el pueblo os enterastis qu’el asqueroso aquél dejó preñá a mi nieta y luego se largó, a ella la tratasteis de pertenera y a mí… yo os he tenío qu’aguantar mucha pulla d’esta, a ti y a tos…
— ¡Pachasco!, o sea, que se t’estaba haciendo la masa un vinagre y has venío aquí a infernar, ¿es eso, no?
—Menuda polvisca se ha levantao en tol pueblo con lo de tu nieto, Ulogio, ahora te toca joderte a ti.
—Si mi nieto y el Bob ese no se bajan el otro día del autobús haciéndose arrumacos… ¡Par d’encagalaos!
—¡Ya, como que no se hubiera sabío tarde o temprano.
—¡Joder, pos a lo mejor no!
—No digas mandingas, Ulogio, si a tu nieto y el otro… menudos pendientes, menudas, pulseras, zapatos de punta rechivá, si sólo les falta ponerse encima la tapa el cofre.
—Pandilla de intruseros…
—Sí, aquí se habla de to sin mirar lindes. Pero, Ulogio, buenas ganas tiés de inritarte por tan poca cosa; mira, ahora fuera chuflas: tu zagal es joven, cabal es que pueda elegir su sesualidad.
—Pachasco, y su abuelo que se joda ¿no?
—Así es la vida Ulogio
— ¿La vida? ¡Cagüenros…¡
—Hay que ser más tolerantes, Ulogio —dijo Fermín con tono de condescendencia— mucho más tolerantes.
—¡Oye Fermín, y tú no presumas tanto de liberal!
— ¿Quién…yo?
—Sí tú; porque antes que le pasara aquello a tu nieta, bien qu’echabas pestes de toas las solteras del pueblo que se quedaban preñás.

El tabernero llegó con la frasca de vino y dos vasos pequeños, puso todo sobre la mesa. Luego se secó las manos con la servilleta blanca que llevaba colgando de la cintura. Dijo:

—Aquí tenéis, pareja.

Fermín le guiñó un ojo y habló en voz baja:

—Ulogio se ha enfadao porque le dicho qu’el zagal de la Isabel es mariquituso.
— ¿Quién, el Paco?—Dijo el camarero— ¡Vaya una cosa! Ni el chico ni su madre lo ocultaron nunca.

El joven bebía y miraba a todas partes, hubo un momento en que su mirada se cruzó con la de Fermín que, entonces, levantó su muñón y con el le hizo una seña para que se les acercara.

—Señor Fermín, señores…—dijo el muchacho cuando llegó donde los viejos. —Hola, chaval —dijo Fermín.

Eulogio, sin levantar la vista de su vaso, rebulléndose en su asiento, mascando como con rabia un escarbadientes, sólo resopló.

—Tabernero —insistió Fermín— arrima una silla pa que se siente el zagal. ¡Claro! si aquí mi amigo Ulogio no tie na en contra.
— ¿A mí…? — dijo Eulogio— a mí que me incumbe si el muchacho se sienta o no se sienta; yo no lo conozco de na.

El joven miró a Eulogio, luego a Fermín que, a la vez que meneaba la cabeza, le invitó a sentarse. El muchacho dijo mirando su reloj:

—Déjelo usté, señor Fermín; tengo que irme.
—¿A qué tanta prisa zagal? —dijo Fermín— paece que vas convidao a gachas.
—Es que en la fábrica hace falta gente, lo oí ayer y…
—Sí, yo también lo oído, pero me parece qu’el tajo es pa apilar sacos llenos de grano to la mañana. Chaval, eso mu duro pa ti, hazme caso, yo he roto muchos astiles d’esos en mi vida.
—A ver si se cree usté que porque sea homosexual no soy tan duro como cualquiera.
— ¡No —dijo Fermín— no mas entendío!
—Además —insistió el joven— mi vieja ma sacao a delante, ella sola, la pobre, va pa mayor, cuando viene de fregar las casas viene to enriñoná, se queja de tos sus huesos, ¡joder! y yo quiero ayudarla.
—¡Como tie que ser, zagal, como tie que ser! —dijo Fermín— Pero hazme caso, ese trabajo es mu duro, yo…
— Señor Fermín, perdone, me gustan los tíos, pero tengo tantos cojones como usté.

Eulogio, con un trago, ahogó una sonrisa y un eructo.

— ¡Venga chaval —insistió Fermín— aivadeai! arrima esa silla y siéntate con nosotros, y tú —miró al camarero— trae otro vaso.
—No, señor Fermín, me voy, a ver si van a cerrar la fábrica y no quiero llegar a amén.
—Vale, chaval, vale, pus ándate, no t’entretengo.

El joven miró al tabernero y metiéndose la mano en el bolsillo dijo:

— ¿Cuánto debo por este rodeo y lo mío?
—Tú —se apresuró a decir Fermín— como cobres al muchacho te se va un parroquiano. Chaval, déjalo, estás invitao.
—Señores… —dijo el joven y se fue hacia la puerta.
—Adiós, Paco… —dijeron los tres hombres al unísono.

Habían entrado más clientes y el tabernero se fue hacia la barra. Los dos amigos se quedaron solos. Fermín, después de llenar otra vez los dos vasos, ofreció uno a Eulogio.

—Toma machote, bebe.
— ¿Machote…? —dijo Eulogio— pero si ahora ya ni me s’atiesa. Lo de machote era antes. ¡Además! tengo un nieto mariquita, ¿o te s’alvidao?
— ¡Hombre! lo de tu nieto no tie na que ver con los años, pero lo otro… ¿qué quieres? si en un par de meses te caen ya los sesenta y muchos, como a mí.

Eulogio volvió a pinzar su vaso y lo levantó de la mesa, luego, mientras lo miraba, dijo:

—Mi nieto es buena gente, Fermín.
—Claro hombre, ¿por qué no va serlo?
—Tampoco el de la Isabel parece mal muchacho.
—Tampoco. Venga bebe.
— ¡Joder Fermín!, yo ya tengo demasiao callo pa estos trotes.
—A ver si crees qu’a mí no me costó hacerme a la idea de lo de mi hija.
—Sí, pero eras más joven, y todavía estaba tu mujer.
—La pobre; que descanse en paz.
—Si la mía viviera…
—Deja en paz a los difuntos, Ulogio.
—Tiés razón.
— ¿Y tu nieto?
— ¿Mi nieto? Menudo yema echó su madre en el parto, ¡joder!, pero es mi nieto
—¿Pos entonces…?
—¡Pos entonces!
—¡Qué tiempos!
—¡Qué tiempos!
—Y encima cualquier día nos da un colaso y nos quedamos istantáneos
— ¿Quién sabe?
— ¡Miá!
—¡Vete a saber!

Durante unos segundos los dos viejos miraron cada uno su vaso sin hablar. Después, Eulogio se encogió de hombros, volvió la cabeza a un lado, escupió al suelo lo que quedaba de sus mondadientes, dijo:

— ¡Joder, Fermín, si tù supieras… menudo tarogullo que tengo en el pecho.
—Pues te echas el pecho a la espalda y lo pasao pasao.
—Tiés razón, habrá que tirar palante.
—Qué remedio.
—Y como sea.
—Como sea, Ulogio, además, peores cristos pasemos, ¿o no t’acuerdas?

Fermín volvió a levantar su muñón. Eulogio se sobó sus dos dedos y dijo:

— ¿Qué si m’acuerdo…? aquello fue…
—Una mierda, Ulogio, una mierda. Pero, ¡vamos, hombre, arriba, arriba!

Fermín se inclinó sobre la mesa todo lo que su panza le dejó, puso su muñón encima del muñón de Eulogio, lo acarició. Eulogio, de un bote, se apresuró a salir de debajo, dijo:

— ¡Cuidao Fermín!, cuidao. Amigos, pero… sin pasarse —alzó la voz— ¡tú, tabernero…!, pon otra frasca y un plato de aceitunas, d’esas que tien pescao por dentro; pa mí, y pa éste…

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Septiembre 05, 2017, 09:01:35 »

El tsunami del 26 de diciembre de 2004
en el océano Índico.
Olas asociadas al maremoto devastaron
las líneas de la costa alrededor del Océano Índico,
matando a más de 70.000 vidas...
 
 


ME CUESTA MIRARTE


Mar en otros lares
ocupas tus costas,
feroz y salvaje,
dejas cataclismos
en súbito avance,
mezclando a sus gentes,
en légamo y sangre
y aclaran el barro
sollozos de madre.
¡Dolores eternos
de almas errantes!

Siendo tú mi amigo,
mi paz y templanza,
mi  corazón  tiñes
de negra mirada
y azota  tu envés
mi torso y espalda;
ahora  te juzgo,
siendo mi amalgama.
¡Ay,  mar qué me hiciste,
por ti,  suspiraba!

Entregué  en tu orilla
murmullos de tactos,
 y embebió  tu arena
nutridos  quebrantos,;
de mi cuerpo y mente
libraste  desgarros.
¡Tú,  cómplice fiel,     
de lutos  callados!

Sobre tu oleaje
tejí fantasías;
siendo eterna musa 
de versadas rimas.
Creé en tu infinito
un rincón de dicha,
en el que fui parte
del vergel de euritmia
y ensoñé un final
libre, sin espinas.

Ay, mar traicionero.
En tu orilla incrédula,
se ciñen celajes,
olas plañideras;
recuerdos sombríos
de avalancha ciega.
Mas en la corona
de tu espuma inquieta
anhelo rizarme;
¡por Dios que me cuesta!
Me seducen  cantos,
me arrollan tus fuerzas.
Majestuoso mar,
vuelvo a tu ribera.

Carende
20/04/10
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Septiembre 06, 2017, 05:57:07 »

La ventana

   Cierra la ventana, madre,
   que al acabarse la noche
   el viento ya suena frío.
 
   Más …, espera,
   está sonando un suspiro
   que viene rondando al día.

   Abre la ventana madre.

   Ya son las horas del alba
   y allá por la lejanía
   viene una niña cantando.

   Abre la ventana, madre,
   que me estoy enamorando.

   28-09-03

Nardy
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #10 : Septiembre 07, 2017, 03:16:51 »

El perfume de las flores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores.
 
Tú viertes mil perlas rojas
a mi cáliz que deshojas,
yo te bebo sin congojas.
 
Armonizan los amores.
 
Rejuveneces mis cielos,
se alejan los desconsuelos
cuando me cubren tus velos.
 
Se deshacen mis temores.
 
Enredado en la ternura
de mis senos, alba pura,
entrégate sin mesura.
 
Y relucen los candores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores,
armonizan los amores,
se deshacen mis temores
y relucen los candores.

MªAntonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #11 : Septiembre 08, 2017, 03:08:25 »

OFRENDA NOCTURNAL
 
 
Floreciente yaraví,
serenata nocturnal
del aedo a su alhelí.
 
Cautivante yaraví,
infinito frenesí
en tu alma virginal.
 
Ardoroso yaraví,
dulce ofrenda nocturnal.
 
 
©®By Raúl Valdez
 
12/18/2007
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Septiembre 09, 2017, 09:08:58 »


Alpha_Centaury

Ladrón de exhalaciones

La vieja partitura, fiel mortaja,
crisol de inarmonías discordantes,
se prende, sin obstáculos inanes,
en el cieno febril del melodrama.

Mi suerte juguetea con las algas
moradoras en lechos despreciables;
desabrigo de luces o señales,
un justo colofón de mascaradas.

Tu espíritu clausura corredores,
mal recuerdo bulímico, me agota;
astuto, cruel, ladrón de exhalaciones.

Porvenires quebrados de las rosas
impregnan, siempre, sábanas que roes
al desatar tu lastre hacia la gloria.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #13 : Septiembre 10, 2017, 02:35:21 »

Erial

   
Sensaciones


Te busco, no  puedes hablar.
Entiendo tu alegato indeformable,         
las horas  se escapan de tus manos;         
las mías difunden tu silueta         
-la que asciende por ciudades y arroyos-       
y desconocen de ti lo inédito,         
la curva  de tu ceja cuando te ofreces     
por completo y confías tu forma
a otro desconocido.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #14 : Septiembre 11, 2017, 08:31:58 »

Mi peor enemigo

Fuego cautivo.

No se aquieta, vigila
la memoria, enceguece
los sentidos. Mis días.
Le reclamo a mis fuentes,
me lo dice la vida.
Las penumbras lo encienden.

Soy mi enemigo.

Liliana Valido
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