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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Enero 2017  (Leído 9549 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #30 : Enero 24, 2017, 01:10:14 »

De excursión

El mediodía es la hora en la que Dios se asoma a su balcón, y su mirada de calor intenso,  aplasta a los objetos contra el suelo y el aire se hace grisáceo y brillante.

Son los mediodías de agosto; mes de pieles tostadas y jubiléo carnal, del exilio del pudor y de apoteosis sudorientas.
El mes de mis vacaciones.

Me encanta el verano, pero no es un mes para pasear por la meseta, apunto estuve de borrarme de aquel viaje, pero Toledo es una ciudad en  la que no se echa de menos la compañía.

Como mi último romance acabó bruscamente, cerca ya de las vacaciones,  no era cuestión de continuar con los planes previstos,  de modo que me preparaba para pasar el verano en mi ciudad, disfrutando del balcón de mi casa al atardecer, contando el número de usuarios de un cajero automático instalado frente  mi domicilio,  tomando notas, sacando estadísticas por edades, sexo, vestuario, etc.
Pero me parecía tan triste... pasar el verano en el balcón, mientras ella iría a Ibiza, a tostarse en la playa y a saturarse con todo tipo de destilados, a modo de torrija alcohólica.

Yo le parecía aburrido pero exótico,   el exotismo acabó por aburrirla, imagino que su  sistema hormonal,  acabó por empujarla a los brazos de un fibroso divertido.


Mi autoestima no gozaba de buena salud en aquel momento,   esa debió de ser la causa de que me fijara en uno de esos panfletos promocionales de viajes, esos de tamaño cuartilla adheridos a las farolas y las puertas de los comercios y este estaba en la puerta de la panadería que frecuento,
Siempre pensé que esas excursiones, eran para turistas torpes o para jubilados,  en cualquier caso, fui a fijarme en una oferta para una excursión a Toledo.
Disimuladamente, cuando la panadera me dio la espalda para coger algo del obrador, yo, como un delincuente que aprovecha el despiste, me apresuré a arrancar el número de teléfono de información.

 A los pocos días estaba camino de Toledo, en un autobús y alejándome del balcón.

Gracias al cielo la humanidad descubrió el aire acondicionado,  y viajar  en autobús en agosto es llevadero,  incluso la incorporación al vehículo de la televisión ha mejorado la calidad del viaje, aunque en mi juicio solo por la noche, cuando el autobús se hace más tedioso y cansado, por el día la pantalla del televisor te atrapa en ocasiones con el hilo argumental de alguna película, y olvidas mirar a través de los cristales, perdiéndote el paisaje y los objetos que quizá no vuelvas a ver jamás. El viajar pierde con el televisor una parte maravillosa, que es el trayecto, tan importante  como la llegada. En estos tiempos postmodernos lo que importa es exclusivamente Itaca.



Los pasajeros del autobús no respondían por completo a lo que yo suponía, había una gran diversidad de tipos,  jubilados y  también alguna familia  y estudiantes sin muchos recursos,  alguna pareja de novios...
 Se repartían por zonas con cierta homogeneidad, de modo que el pasillo central era como una avenida que conduce a los distintos barrios de una ciudad, una ciudad móvil que recorre la geografía con expectación.


Rompiendo esa homogeneidad iba una familia, un matrimonio cuarentón con una adolescente, me llamó la atención, porque me imaginé que la muchacha hubiera preferido quedar en la ciudad con sus amigas y fue embarcada en el autobús sin mucho entusiasmo.

Las horas iban pasando,  en la televisión ofrecían una película que ya había visto varias veces, me entretuve mirando los campos a través del cristal,  me sorprendía que fuera posible tanto espacio sin ningún tipo de construcción, acostumbrado a viajar de una ciudad a otra sin dejar de ver a mi alrededor algún tipo de edificio.  Era como navegar en un mar terroso, de calma chicha a veces o con mar de fondo en otras. Pero espacios ondulados y planos,  por lo general vacíos, siempre me fascinó el paisaje manchego.


Yo era uno de los pocos que viajaba solo,  acomodé mi cuerpo orientándolo al cristal,  observaba el paisaje y pensaba en Ibiza,  cada segundo me alejaba más de ella;  ¿me recordaría en la playa?, ¿me compararía en los brazos del fibroso?. Seguro que él no le rascaba la espalda igual de bien que yo,  ni cuidaba de prepararle el café exactamente a su gusto.  Decidí quitármela de la cabeza durmiendo;  cerré los ojos y no tardé en soñar, un sueño extraño de montañas en el mar y me veía a mí mismo como un navegante,  ataviado con un sombrero de copa y una corbata roja de terciopelo;  de pronto, el escenario cambió, estaba sentado en la vagoneta de una montaña rusa, junto a la adolescente del autobús,  sentí el vaivén de la atracción de feria, como un golpe que me hizo tambalearme de un lado a otro.

Al abrir los ojos y  recomponerse mis sentidos, sentí la calidez de su abdomen en mi rostro,  mi ojos orientados hacia sus pechos, apenas cubiertos por un top fucsia enrojecido, ambos en una postura incómoda,  en una quietud obligada, no pudiendo en mi caso apartar mi mirada de sus pechos jóvenes, carnosos y aterciopelados.
Obligadamente acogedora,  extrañamente quieta, no evitaba que mi rostro desconocido descansara sobre su vientre, y aunque me sentía algo violento por ello, no dejaba de ser un placer que agradecía al cielo en aquellos momentos.
Desconozco cuánto tiempo pasó,  pero poco a poco mis ojos fueron cerrándose de nuevo, y solo el tacto me ofrecía la referencia de la belleza, del dulce consuelo epidérmico.

El aire comenzó a llenarse de sonidos, gritos, sirenas; pero a medida que el sonido iba creciendo, mis oídos renunciaban a escucharlos y solo el tacto;  ¿o era el recuerdo ya?; solo él, me mantenía unido a la realidad, a la fe, al amor.
Comprendí que la vagoneta era el autobús,  volcado sobre una plantación de girasoles,  la sorpresa duró poco tiempo,   fui dejando paso a la oscura incógnita con la que todos tenemos una cita.

 
altabix
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #31 : Enero 24, 2017, 01:12:36 »

Esbozó Yavhé, un día, mi viaje en lienzo blanco.
      Frenesí de esperanzas, un fondo en tinte verde.
      Su lápiz de cristal delinea en un rasgo
      las rutas de mi ser; siguen puntos de un frente,
      donde, dulce, se colma el vacío capazo.
   
      Allá, en aquellas rías, remarcó por sus dedos
      la cuna protectora, con sábanas de lino.
      Donde gime el espíritu del tembloroso Ebro
      mis brazos, por la Madre, se duermen commovidos.
      Los pies conducen rumbos en un devenir fiero.
   
      El agua, en mi presente, me llevó por las cuevas
      del Drac. Después Cartago, la muy noble y heróica.
      El oro pinta hilos en rutas altaneras
      Madrid, del Rey esfinge; en el centro de Europa;
      lucen, los Alpes, lilium, inmóvil, en las huellas.
   
      Tras atraerme el aire el reclamo del sol
      los caminos de luz, por mi vivir, discurren.
      La arena abandonada, escucha mi canción.
      Crucé por el Estrecho, y al retorno, el disfrute:
      la Villa de las Joyas, en la noche, esperó.

     Mil puestos son los sinos deshojando jornadas
     mientras locos inmunes desdibujan mis días.
     Tradiciones, en notas musicales, sonaban;
     retendrán los pinceles, las grises acogidas.

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag.Pernelle.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #32 : Enero 25, 2017, 01:25:04 »


Y SIGO AQUÍ


Me dañan tus silencios, uncidos a mis manos,
penitencias oscuras rasgándome la piel,
al besar, insistentes, mis supinas nostalgias
y vestirme de negro, sin futuro ni luz.

Rememoro tus labios, en húmedas caricias,
en las tardes menguadas de mis meses de invierno .
Y sigo, aquí, en mi mundo, soñando que me sueñas,
percibiendo  la vida como trova fugaz.

Si en la noche pudiera eludir los pesares,
tiñendo de alborozo mi penúltima etapa,
cincelaría el aire de jazmines y rosas,
con la ilusión sujeta a tu casual retorno.
Mas sigo, aquí, callada, ceniza de tu lumbre,
confiando que, pronto, me regrese tu voz.

Candela Marti
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #33 : Enero 26, 2017, 03:47:02 »

    
ABISMOS

Por los abismos del alba me curto
sin curvar mi intuición,
absorta no revivo las veredas
presumo de fisuras, sin remiendos,
así de mi labranza, acallo la semilla
dispersa por la loma de mi pórtico.


 (Freya)
Mayo 10, 2012
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #34 : Enero 26, 2017, 08:42:11 »




Miguel

No debí dejar que se fuera del pueblo. Ella estaba empeñada en irse a curar, pero yo no quería. Cuando se subió al camión vi que se persignó tres veces, como era su costumbre, y se despidió de mí con la mano. Pensé en subirme con ella pero estaba bien lleno de gente. El camión se dio la vuelta y, cada vez que avanzaba, se iba haciendo más chiquito y más chiquito hasta que se confundió con la polvareda que se levantaba por la tierra seca. De pronto, la carretera se quedó sola, no había nada, ni siquiera el polvo que había levantado el camión. Estaba tranquilo, sólo se oía pasar el agua del arroyo que nunca estaba quieta. Una iguana salió a tomar el sol que calentaba las piedras. Entonces me fui pa la casa. Se me escurrieron las lágrimas, pero me las limpié con el pañuelo antes de que alguien me viera. Yo no quería que se fuera a curar y menos a la capital, dicen que es bien peligrosa, que está llena de rateros. Además, ¿qué tal si no aguantaba la operación? Doña Refugio, la esposa de Joaquín el de las naranjas, de tan vieja que estaba ya no despertó. Los doctores dijeron que había sido la presión, pero yo sé que fue de pura congoja. ¿Qué tal si a mi mujer le pasaba lo mismo? Aún recuerdo la noche antes de que se fuera. El cuarto estaba envuelto en una negrura espesa, no podía ver nada a través del mosquitero. Nomás oía los grillos que chillaban entre las tejas y los aullidos de los coyotes en el cerro.

―Ay, Miguel. Tú no sabes de estos dolores que a mí me dan. Tal vez pienses que yo ando como si nada, pero a mí me duele harto la panza, como si tuviera un nudo que me retuercen y me retuercen hasta que me tumba el dolor. El médico dijo que la operación era la única manera de que se me quitaran.
―Bueno, pues, me voy contigo entonces.
― ¿Y quién va a cuidar las vacas, darles el alimento, llevarlas y traerlas del potrero? Acuérdate que La Pinta está preñada. Aquí la gente apenas tiene tiempo de acabar sus quehaceres. Nadie va a querer aceptar otro trabajo por pura caridad y nosotros no tenemos dinero.
― ¿Y si te pasa algo?
― No seas necio, Miguel. No me va a pasar nada. Susana va a estar esperándome en la terminal. Y de ahí nos vamos a ir derechito al hospital. Tú no tienes de qué preocuparte.
―Pero, vieja, ¿cómo voy a comer?
―Te voy a dejar hartos calditos pa que nomás los calientes, o te vas allá,  a comer con la comadre Lola, ella nunca nos niega nada. De hambre no te mueres.
―No me dejes, Lupe.
―Ya duérmete mejor. Si me sigues desvelando mañana no podré recordar temprano.

     Estuvo dando vueltas en la cama hasta que le pasé el brazo encima y se quedó dormida. Mi mujer era así. Con tantito que me le arrimara en la cama, se hacía de lado para que yo la abrazara mejor y pusiera mi pierna sobre la de ella. Aunque no me dijera nada, yo sabía que le gustaba que la abrazara, sentir mi calor  y mi cuerpo pegado al de ella. Por eso, estando dormida, luego luego se acomodaba a mis brazos. A veces de día, cuando la quería abrazar, me quitaba “¡Aplácate, Miguel! ¿Qué no ves que estoy haciendo el quehacer?”, me decía. Y yo me iba a desgranar el máiz o hacer otra cosa, pero dentro yo sabía que le gustaba tanto como a mí.

     No podía decirle nada, estaba convencida. Además yo había visto cómo le daban los dolores, cómo gritaba, ni caminar podía la pobre. En esos tiempos, cuando le agarraban los cólicos, yo hacía todo el quehacer pa que no se cansara, le hacía sus tecitos, le daba de comer a las gallinas. Pero de nada sirvieron tantos cuidados. De todos modos se murió. La enterramos junto a su padre, don Ezequiel. Susana no se ha vuelto a parar por aquí desde el entierro, su madre era la única razón por la que a veces nos visitaba. Nunca me perdonó aquel malentendido. Yo ni sabía que el tal Juan andaba por esos rumbos cuando andaba cazando al coyote que se comía las gallinas.  De seguro fue obra del Diablo, porque la bala le atravesó en el meritito centro de la frente. No me caía nada de bien, tenía la sangre pesada, pero era buen muchacho. Por eso Susana se fue con su tía Remedios a la capital. Ella, solita, vino. Mis otros hijos se fueron muriendo de uno por uno. Dos, cuando apenas eran unas crías, murieron de tifoidea, a otro lo mataron sin decirnos siquiera porqué y los demás se fueron pa el norte y se quedaron en el río. Quizá así está mejor. Que no venga. ¿Pa qué quiero que me vea así de viejo? Le voy a dar lástima con estos cueros que me cargo. Mejor me muero solo, sin dar lástima a nadie.

     El rebozo de Lupe está tendido sobre la silla, como extrañándola. A veces sueño que estoy en un potrero que no es mío, está grande y con la tierra agrietada por el sol. No hay ninguna planta, sólo un sendero de tierra aplanada por la que camino. Entonces la veo, allá, a lo lejos. Va caminando sola, con el rebozo en la cabeza. Y voy corriendo, quiero acercarme, alcanzarla, pero ella corre también. Y le grito: ¡Lupe, espérate!, ¡Lupe! Me tropiezo hartas veces con las piedras, miro abajo y no traigo huaraches. Pero sigo corriendo sobre la tierra caliente. Hasta que la alcanzo, le pongo la mano en el hombro y le quiero dar la vuelta. Entonces se oye una carcajada alrededor de todo el potrero y cuando miro mis manos nomás tengo un montón de trapos viejos. Lupe, Lupe, ¿estarás descansando en paz? Porque yo aquí no descanso nada, aunque me la pase dormido todo el tiempo.

      Desde aquí, en la hamaca, se ve cómo el aire mueve las ramas del huizache, como si le acariciara las hojas con mucho cariño. Parece que no hay nada en el cielo, pero si uno se fija bien, hay una argolla de luz blanca en vez de luna. Por eso no hay claridad, está oscuro, oscuro. La vela que encendí sobre la mesa, apenas ilumina su retrato, yo la miro. Dicen que cuando la vela que se le prende a un muerto casi no alumbra es porque le falta luz pa encontrar su camino en la otra vida. La sombra sobre la pared sube y baja, así como da luz también la quita. Todas las cosas se ven más negras. Y la mecha de la vela se mueve como si bailara con el viento, como columpiándose, como si quisiera apagarse con todas sus ganas pero no pudiera.

Orlando
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #35 : Enero 29, 2017, 09:28:20 »

   
Rendez-vous en la distancia

Noche serena. Claro de luna. Estoy sentada en mi cama frente a la pantalla del ordenador. He puesto una de las películas que me has enviado. Una historia más, nada especial. Hablan en castellano y me dejo arrullar por el sonido del idioma que me trae nostalgia de ti. La luz de las velas que hay en la mesilla comienza a danzar lanzando destellos voluptuosos que me hechizan, me magnetizan. La magia del fuego transforma realidad en ensueño. Te siento cerca, como si estuvieses detrás de mí, envolviéndome en tus brazos. Muevo la espalda felinamente y noto el calor de tu pecho, tu aliento dulce rozándome el cuello, sensual, pausadamente, leve aleteo de mariposa. Con frivolidad mordisqueas el lóbulo de la oreja. Emito un lánguido gemido.
Me tocas los labios, humedeces tus dedos con el jugo de mi boca introduciéndolos uno a uno; los chupo con deleite.
Desciendes la mano siguiendo contornos y curvas; con un gesto impúdico sacas mis pechos fuera del camisón de seda y los acaricias lascivamente mientras me refriegas los pezones con insistencia.
Comienzo a jadear. La respiración entrecortada se mezcla con el sonido de la película cuyos protagonistas somos ahora tú y yo.
Me convierto en espectadora de uno de nuestros encuentros: un rendez-vous en medio de la nada, una quimera en la que las escenas se suceden vertiginosamente.
Nuestros cuerpos entrelazados, fundidos en uno solo. Me penetras con vehemencia, desaforadamente, sin pausa.
La contemplación voyeurística me excita y un impulso instintivo hace que tome la mano soñada que acaricia mis senos y la desplace hacia los recovecos más recónditos que oculta el triángulo de Venus.
Abro las piernas por completo y me abandono al goce, al deleite de ser hembra… contigo.

Lady Ágata
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #36 : Enero 29, 2017, 09:29:44 »

El Aliento de las Hadas

Abstraída en ignotas dimensiones   
rozo el místico efluvio de las hadas,   
suave céfiro, estela de ilusiones,     
oscilando en la luz de sus miradas.
En tenue crepitar, sus corazones
entonan, hechiceros, mil baladas;       
disfrute de armonía, prez al viento,         
un tañido en la flor del sentimiento.


Rosa (2/9/2011)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #37 : Enero 29, 2017, 11:46:29 »

   
POR MI CAMINO (Dedicado a Diana)

Sinalefa del ¡ay! con la memoria,
desbordada malicia de lebreles,
¿sentís en un rumor de cascabeles
mi constante liturgia laudatoria?

Evoco los efluvios de la gloria
cuando la luz doraba los laureles,
las sonrisas sonámbulas, las crueles
certezas, ilusión de la victoria.

Senderos bifurcados, ¿es mi sino
una fuerza de rosas decaídas?
¿Tal vez de la piedad su flor desnuda?
 

Errática la sombra del destino,
libera de mi ser las florecidas
verdades desterradas por la duda.


II


Desplegadas las velas en mi ruta,
busco sin fe la guía de la suerte,
para  sembrar dondiegos en la muerte
y reprimir las voces de mi gruta.

El tiempo me regala su batuta.
Matizaré mi luz en aguafuerte,
donde se funde la piedad inerte
del corazón sorbiendo la cicuta.

Camino de la paz, oculto cielo,
¿Con qué fusil de rosas se dispara
el gozo de truncar el desconsuelo?

Quisiera demoler antiguos faros,
enfrentarme con bríos a mi clara
derrota sin cuartel, al raso vuelo.

augustus
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #38 : Enero 29, 2017, 11:56:19 »

DUELO
 
Deshagan del camino su pisada,
la brisa que no pase por mi puerta,
la esperanza celeste yace muerta
y la ilusión violeta ya cansada.
 
Acallen el rosáceo estribillo,
desolen del jardín la roja flor,
borren del arco iris el color,
de las estrellas quiten todo el brillo.
 
Destruyan los ocasos día a día,
envuelvan a la luna en negros velos,
erradiquen las aves de los cielos
exterminen los cantos de alegría.
 
Es su recuerdo pólvora que estalla
al ver que el mundo sigue su camino,
igual que siempre rota en su destino
el vaivén de una inhóspita batalla.
 
Necesito llorar esta amargura
sin ver las maravillas de la vida,
hacer duelo sangrando por la herida
con lágrimas de espesa desventura.
 
Necesito mi duelo compartido.
No puedo erradicarlo de mi mente
si cada día el sol está presente
gana el recuerdo y perderá el olvido.
______________________________
 
Albadiosa
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #39 : Enero 30, 2017, 11:44:52 »



CAVATINAS

Me adentro en mis asuntos,
donde crecen las flores
y manos de alabastro
acarician mi ser.
Las comas y los puntos
juegan con mis errores
y me dejan sin rastro
de luz en mi dossier.

Fluye mansa la fuente
por la tarde marchita
con la intacta inocencia
del infantil ayer.
Ya no ruge el torrente
de la ilusión contrita,
espera la clemencia
del letargo volver…

María Bote

18-3-2006
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