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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Junio 2016  (Leído 12123 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #30 : Junio 24, 2016, 08:25:11 »

   
Cine


No desees convertirme                 
en la escena  errónea,                 
el acento esclavo.
 
Persigo fallar al rozarte,                   
acotas un efímero guión,   
sustituyes  por arte lo absurdo
de nuestros  brazos  ciñéndose.
   
De pronto, un golpe brusco de claqueta,
dicen:  la damos  por válida.

Erial
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #31 : Junio 26, 2016, 12:05:13 »

Las sombras y la luz de las voces

El eco de las sombras,
heridas voces mudas.
Quimera misteriosa

con profunda nostalgia,
en brazos del silencio
no encuentra las palabras.

Los sentidos convocan
suavemente, desnudan
el tiempo, las auroras

del amor que no callan.
Los sueños serán sueños,
los sonidos del alma.

Liliana Valido
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #32 : Junio 26, 2016, 12:06:39 »

   
Caballero de leyenda


Yo soy el caballero de leyenda,
famoso en su victoria ante el dragón,
con quien temen los hombres la contienda
y conquista a la dama el corazón.

Guardo al rey su buen nombre y gran hacienda             
pues sirvo con humilde sumisión;
encuentro una aventura en cada senda
y busco en la hidalguía salvación.

Mas temo a la amistad como al demonio;
honrado compañero, por altruismo,
¡no quieras apartarme del engaño!

Prefiero mantener mi patrimonio
de fútil entelequia, a tu espejismo:
¡malvivir cada día y cada año!

Dage
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #33 : Junio 26, 2016, 07:21:06 »

altabix

   
Sombra inoportuna

Texto en homenaje al Profesor Ricard Monforte.

-¿Vives?
-Amando;  que es como caminar cuesta arriba  sonriéndole al camino.
-¿Te importa el silencio?
-Hay un mar de voces y  miradas que me acompañan.
Sólo temo la quietud de los relojes,  tengo prisa pero no por mí, sino por la  tarea inacabada.
-Si no te llevo ahora no te llevaré, no puedo esperar a que descanses; me dices, espera un poco que termine esto y cuando me descuido, otra labor te ocupa.
-Déjalo ya.
-Cesa tú y dame la mano. A otros me he llevado que ni siquiera han sido conscientes de que han vivido.
-Quizá por eso me hiere tu presencia.
-Ven, mi mano es cálida y mi sombra acogedora y serena.
-Apuesto por el sol, la luz, los vientos,  la piel humana, la voz amada y las pasiones, el olor y los sabores.
-No sé de qué me hablas.
-De la vida, de la plenitud de la existencia apasionada.
-Sigo sin saber;  mas no me importa, también yo tengo un trabajo pendiente.
-Sombra inoportuna.  Te encuentro decidida e inflexible. Qué prisas te han entrado.
-Ven, ellos te amarán a través del recuerdo.
-Ellos a quienes amo. Mi cuerpo quizá te llame,  pero mi alma está sobrada de vida, de amor y de canto. ¿Tiene que ser ahora?
-Tiene que serlo
-No extiendas aún tu mano. ¿Qué siento?
-Son mis brazos rodeándote,  todo ha terminado.
-¿Qué siento?.
-El amor de quienes dejas, que trasciende los espacios persiguiéndote.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #34 : Junio 27, 2016, 02:34:17 »

II

Tengo envidia de él, me desconcierta,
desconozco sus turnos y raíces.

Mas si lo veo descender,
altivo,
gobernador de su vida y la tuya,
su desenfado sentencioso,
seguro, breve, vacilante,
me aflige la inquietud.


En las partes oscuras de tu cuerpo
ha penetrado.
Y sondea las sombras más lejanas
por ti desconocidas,
dolosamente.

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag.Pernelle.

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #35 : Junio 28, 2016, 05:57:32 »

Candela Martí

SU PRESENCIA

Olvido que me niegas, insolente,
y me postras, sin pausa, en la tortura
del constante recuerdo. Cruel hondura
en el alma, afligida y penitente.

No hay razón que acalle la agonía,
pues mil voces de besos invocados
azuzan la memoria. Demasiados
susurros me conmueven, día a día.

Cuando arribe, implacable, la inconsciencia,
en el oscuro pozo de la nada
se perderán, exhaustos, los momentos.

Mas, sentiré en mi linfa su presencia,
señora de mi albur y sentimientos,
hallándome la muerte en su ensenada.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #36 : Julio 01, 2016, 07:30:29 »

ABISMOS

Por los abismos del alba me curto
sin curvar mi intuición,
absorta no revivo las veredas
presumo de fisuras, sin remiendos,
así de mi labranza, acallo la semilla
dispersa por la loma de mi pórtico.


 (Freya)
Mayo 10, 2012
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #37 : Julio 01, 2016, 07:32:21 »

   
Miguel

No debí dejar que se fuera del pueblo. Ella estaba empeñada en irse a curar, pero yo no quería. Cuando se subió al camión vi que se persignó tres veces, como era su costumbre, y se despidió de mí con la mano. Pensé en subirme con ella pero estaba bien lleno de gente. El camión se dio la vuelta y, cada vez que avanzaba, se iba haciendo más chiquito y más chiquito hasta que se confundió con la polvareda que se levantaba por la tierra seca. De pronto, la carretera se quedó sola, no había nada, ni siquiera el polvo que había levantado el camión. Estaba tranquilo, sólo se oía pasar el agua del arroyo que nunca estaba quieta. Una iguana salió a tomar el sol que calentaba las piedras. Entonces me fui pa la casa. Se me escurrieron las lágrimas, pero me las limpié con el pañuelo antes de que alguien me viera. Yo no quería que se fuera a curar y menos a la capital, dicen que es bien peligrosa, que está llena de rateros. Además, ¿qué tal si no aguantaba la operación? Doña Refugio, la esposa de Joaquín el de las naranjas, de tan vieja que estaba ya no despertó. Los doctores dijeron que había sido la presión, pero yo sé que fue de pura congoja. ¿Qué tal si a mi mujer le pasaba lo mismo? Aún recuerdo la noche antes de que se fuera. El cuarto estaba envuelto en una negrura espesa, no podía ver nada a través del mosquitero. Nomás oía los grillos que chillaban entre las tejas y los aullidos de los coyotes en el cerro.

―Ay, Miguel. Tú no sabes de estos dolores que a mí me dan. Tal vez pienses que yo ando como si nada, pero a mí me duele harto la panza, como si tuviera un nudo que me retuercen y me retuercen hasta que me tumba el dolor. El médico dijo que la operación era la única manera de que se me quitaran.
―Bueno, pues, me voy contigo entonces.
― ¿Y quién va a cuidar las vacas, darles el alimento, llevarlas y traerlas del potrero? Acuérdate que La Pinta está preñada. Aquí la gente apenas tiene tiempo de acabar sus quehaceres. Nadie va a querer aceptar otro trabajo por pura caridad y nosotros no tenemos dinero.
― ¿Y si te pasa algo?
― No seas necio, Miguel. No me va a pasar nada. Susana va a estar esperándome en la terminal. Y de ahí nos vamos a ir derechito al hospital. Tú no tienes de qué preocuparte.
―Pero, vieja, ¿cómo voy a comer?
―Te voy a dejar hartos calditos pa que nomás los calientes, o te vas allá,  a comer con la comadre Lola, ella nunca nos niega nada. De hambre no te mueres.
―No me dejes, Lupe.
―Ya duérmete mejor. Si me sigues desvelando mañana no podré recordar temprano.

     Estuvo dando vueltas en la cama hasta que le pasé el brazo encima y se quedó dormida. Mi mujer era así. Con tantito que me le arrimara en la cama, se hacía de lado para que yo la abrazara mejor y pusiera mi pierna sobre la de ella. Aunque no me dijera nada, yo sabía que le gustaba que la abrazara, sentir mi calor  y mi cuerpo pegado al de ella. Por eso, estando dormida, luego luego se acomodaba a mis brazos. A veces de día, cuando la quería abrazar, me quitaba “¡Aplácate, Miguel! ¿Qué no ves que estoy haciendo el quehacer?”, me decía. Y yo me iba a desgranar el máiz o hacer otra cosa, pero dentro yo sabía que le gustaba tanto como a mí.

     No podía decirle nada, estaba convencida. Además yo había visto cómo le daban los dolores, cómo gritaba, ni caminar podía la pobre. En esos tiempos, cuando le agarraban los cólicos, yo hacía todo el quehacer pa que no se cansara, le hacía sus tecitos, le daba de comer a las gallinas. Pero de nada sirvieron tantos cuidados. De todos modos se murió. La enterramos junto a su padre, don Ezequiel. Susana no se ha vuelto a parar por aquí desde el entierro, su madre era la única razón por la que a veces nos visitaba. Nunca me perdonó aquel malentendido. Yo ni sabía que el tal Juan andaba por esos rumbos cuando andaba cazando al coyote que se comía las gallinas.  De seguro fue obra del Diablo, porque la bala le atravesó en el meritito centro de la frente. No me caía nada de bien, tenía la sangre pesada, pero era buen muchacho. Por eso Susana se fue con su tía Remedios a la capital. Ella, solita, vino. Mis otros hijos se fueron muriendo de uno por uno. Dos, cuando apenas eran unas crías, murieron de tifoidea, a otro lo mataron sin decirnos siquiera porqué y los demás se fueron pa el norte y se quedaron en el río. Quizá así está mejor. Que no venga. ¿Pa qué quiero que me vea así de viejo? Le voy a dar lástima con estos cueros que me cargo. Mejor me muero solo, sin dar lástima a nadie.

     El rebozo de Lupe está tendido sobre la silla, como extrañándola. A veces sueño que estoy en un potrero que no es mío, está grande y con la tierra agrietada por el sol. No hay ninguna planta, sólo un sendero de tierra aplanada por la que camino. Entonces la veo, allá, a lo lejos. Va caminando sola, con el rebozo en la cabeza. Y voy corriendo, quiero acercarme, alcanzarla, pero ella corre también. Y le grito: ¡Lupe, espérate!, ¡Lupe! Me tropiezo hartas veces con las piedras, miro abajo y no traigo huaraches. Pero sigo corriendo sobre la tierra caliente. Hasta que la alcanzo, le pongo la mano en el hombro y le quiero dar la vuelta. Entonces se oye una carcajada alrededor de todo el potrero y cuando miro mis manos nomás tengo un montón de trapos viejos. Lupe, Lupe, ¿estarás descansando en paz? Porque yo aquí no descanso nada, aunque me la pase dormido todo el tiempo.

      Desde aquí, en la hamaca, se ve cómo el aire mueve las ramas del huizache, como si le acariciara las hojas con mucho cariño. Parece que no hay nada en el cielo, pero si uno se fija bien, hay una argolla de luz blanca en vez de luna. Por eso no hay claridad, está oscuro, oscuro. La vela que encendí sobre la mesa, apenas ilumina su retrato, yo la miro. Dicen que cuando la vela que se le prende a un muerto casi no alumbra es porque le falta luz pa encontrar su camino en la otra vida. La sombra sobre la pared sube y baja, así como da luz también la quita. Todas las cosas se ven más negras. Y la mecha de la vela se mueve como si bailara con el viento, como columpiándose, como si quisiera apagarse con todas sus ganas pero no pudiera.

Orlando
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #38 : Julio 01, 2016, 07:34:20 »

   
La ordalía

El dolor arrebata mi energía,
asesino puñal que me perfora
desgarrándome el cuerpo sin mejora.
Persistente y terrible la ordalía.

Esperpéntico horror, brutal arpía,
compadece al despojo que te implora
de la Parca descanso eterno añora,
el final del suplicio y su agonía.

Gavilanes con plumas esmeralda,
carroñeros de pico despiadado
ensartarme quisieran por la espalda.

Inocente paloma huyo al cielo,
la estulticia desoigo cual pecado.
En la muerte se encuentra mi consuelo.

Lady Ágata
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