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Autor Tema: Mayo 2016  (Leído 13543 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #30 : Mayo 29, 2016, 04:24:43 »

“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va...” San Juan 3:8


A tus alas les di la libertad
y un viento desolado te arrasó.
Desde tu esencia gris,
mendigas timonel.

Anáfora de estúpida comedia,
discurso solapado del protervo,
apagará con nieve
la hoguera del pasado.

mariaValente
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #31 : Mayo 29, 2016, 06:58:22 »

Irene

INOCENCIA: FLASH BACK

“ Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”
Antonio Machado                   





RETORNO

Después de varios lustros inmerso en la marabunta de la vida, regresé. La brisa invernal besaba mi cara al penetrar en la casa. El crujido de mis pasos contrastaba con su silencio. Hueca, tras la muerte de mi madre, aún creía percibir avalanchas de risas y sollozos. Arrugué mi nariz ante el inconfundible olor de aspidistras y aureolas que, todavía, adornaban un pasillo abierto a gélidos dormitorios. Al apoyarme contra las desconchadas paredes, casi me confundí con los olores de la  cocina de otros tiempos. Allí se entremezclaban cuentos, sabores y el chispear  de una hoguera casi dormida. De  golpe, acaricié el mundo del corral, donde violines de antiguas aves amortiguaron mi tristeza. Luego, mi olfato me lanzó hacia lejanas rosas, y en ese momento sentí el corazón de mi infancia perdida .

AÑORANZAS

 No podía concebirlo. Aquello supuso el final de un sueño: el de mi infancia.
  Era muy niña cuando vi cómo el sol de una baranda se deshacía en mi retina, mientras mi boca saboreaba el queso duro del terrazo. Todo era inmenso, hasta la música de los periquitos del patio. Un palacio encantado me acunaba a través de peldaños hacia una estancia sobria. En ella, el crujido de las sillas se mezclaba con el calor del picón junto a unas retahílas de ríos y tablas de multiplicar. Se punteaban letras y números en una sábana negra llamada pizarra. El suplicio comenzaba por la tarde: tela, aguja e hilo enredaban mis dedos. Entonces me acoplaba en la ventana para observar la destartalada casa de enfrente. Allí, fantasmas y monstruos intentaban asaltar el palacio de nuestras ninfas. Un día consiguieron extender su manto putrefacto. El brillo de nuestra mansión fue sustituido por inverosímiles cotilleos que condujeron a nuestras dos hadas a perder la vara mágica de la enseñanza, y a nosotros a embutirnos en el laberinto frío y oscuro de nuestra nueva escuela.


ANGÉLICA

   El acento del arroyo trae murmullos; el de los rostros, el significado de un nombre o su antídoto. Angélica era el único caso donde convivían ambas opciones.
  Sus ojos de amaneceres, unidos a la blancura de su piel y al sol de los rizos de su cabello, la convertían en una visión dulce. Tales atributos se oscurecían al moverse por nuestra isla sin asfalto.
  Era nuestra infancia un soplo de sombras deshilachadas cuando ella, como un regalo del cielo, apareció. Cubrió la tristeza con la magia de los sueños, al paliar los fríos de nuestras vidas.
 Su madre, una viuda aún bonita, perdonaba sus travesuras diciendo: “Vuela, pajarillo, mientras puedas”.
 Al calor de estas palabras deambulábamos sin sobresaltos por nuestro reino. Por la tarde, tras salir del colegio, comenzaba el recorrido. Primero visitábamos el taller de Arácnida, cuya mirada se desvanecía entre nuestras idas y su costura. De allí hurtábamos alfileres y retales para construir un mundo donde poder escucharnos.
    Luego, traspasábamos los gemidos del aire en el refugio del  hada madrina, donde ella nos conseguía con su varita mágica tablas y puntas. Últimamente, sufría un maligno conjuro que la obligaba a zarandearnos con su escoba. El cambio se produjo cuando Angélica grabó en la frente de su nieto una brecha.
   Más tarde nos dirigíamos a la cueva de nuestra esfinge. Allí, a escondidas,  observábamos cómo una hembra dominaba a toda clase de hombres con su libertad.
   El tiempo transcurría entre andanzas y juegos, lejos del triste hábito de las calles.
  Un día, Angélica agudizó sus sentidos hacia la casona, lugar tenebroso y cerrado, razón por la cual siempre pasábamos de largo. Era tarde, una ventana abierta nos ofrecía objetos maravillosos. Angélica, al contemplarlos. murmuró:
   “Las cosas están enojadas, algo malo debe de ocurrir. Los cuentos hablan de princesas cautivas por dragones. Nosotros, valientes soldados, las rescataremos”.
   El sonido de su voz nos descolocó, el olor de aventura nos puso a sus órdenes. Desde entonces, acechábamos cualquier descuido de sus habitantes para introducirnos en el palacete. Un domingo, al dirigirnos a misa, descubrimos una abertura. Olvidamos nuestros deberes y comenzamos a cavilar sobre la forma de penetrar en sus fauces. Angélica cogió a su paje y lo introdujo en un patíbulo de hierros. El cuerpo pasó, la cabeza se quedó enganchada. La niña lloraba, un cancerbero nos lanzó sus gruñidos:
   “Angélica, eres un demonio, de ésta no te libras. Verás cuando se entere tu tío, el capitán falangista. Don José, el cura, lo tiene al tanto de todas tus fechorías. Esta vez te has pasado al ultrajar los aposentos de Doña Ana, santa mujer, cuya morada será el cetro de Dios”.
   Corrimos al escuchar el colérico canto. Al advertir la pérdida de la pequeña Julia, Angélica decidió volver, yo también.
  Al llegar, nos hundimos en el silencio de un portón entreabierto. Entramos, el invierno se introdujo en nuestras entrañas. La madre de Angélica, de rodillas, le lloraba a Doña Ana con una súplica:
 “¡No!, ¡a ella no!, ¡ya me dejasteis sin marido!, ¡no os llevéis también a Angélica!”.
  “Lo sacrificamos por el bien de todos: era rojo. Debes ser valiente como el capitán lo fue al eliminar a su hermano. Angélica lleva sus genes, se perderá, con mi ayuda apagaré las alas de un corazón tan abrasador”.
 Por primera vez vimos el hilo del humo picotear la lluvia.
 Angélica se fue hacia su madre, la levantó con cariño y susurró:
  “Vamos, mamá, ya es hora de volver a casa”.
  Un movimiento de Doña Ana interrumpió la escena. Don José y el capitán aferraron a Angélica y la transportaron al interior. La bruja nos expulsó de la siniestra mansión, y nos dejó a la viuda,  su hija pequeña y a mí aporreando una puerta cerrada. Agotadas, regresamos. Yo seguí con la fuga de nuestro Peter Pan, mas los sustantivos perdían sus arrebatos ante nuevas nubes. Poco a poco dejé de contar estrellas; sin embargo, las praderas reflejaban a nuestra heroína con nuevos vocablos. Éstos se fijaron hasta abrir las brechas de un nuevo futuro.

     
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #32 : Mayo 30, 2016, 11:03:08 »

    


Los besos pájaros

Por la calle de tierra
sus ojos —fuegos pardos—,
su timidez enorme,
venían sobre el polvo levitando.
El rubor la escaldaba
entre suspiros castos.

Al pasar frente a mí, sonriente,
miles de besos-pájaros
volaban de su boca.
Yo pretendí atraparlos
en una bocacalle.
Como húmedos peces me esquivaron,
y en dulces aleteos
—indóciles palomas en mis manos—,
a todos los perdí.

Escapó, rumbo al campo,
al mar de la espesura,
al viento la pollera, ambas manos
moviéndose en las olas,
lanzándome en el rostro, a cada tanto,
la risa a carcajadas,
mientras sus rojos labios
se abrían al remonte
de los últimos besos-pájaros.

Calendo griego
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #33 : Mayo 31, 2016, 08:27:46 »

   
Viaje sin tiempo

Hacía más o menos un mes que era incapaz de olvidar lo que pasó, dejar a un lado los problemas y concentrarme en el presente. Y, sin embargo, ahora, ni el olor a pura cloaca, que venía no sé si de los túneles o del vagón, ni la sofocante calorina, bastaban para arrancar mis ojos y mi atención del libro que tenía en las manos. Hay dos tipos de historias, leía, según sea el personaje principal narrativo o episódico.  Si no entendía mal, episódico era aquél que logra vivir pensando el presente, aquél que logra cortar el hilo narrativo que le sujeta al pasado. Yo debía de ser más bien narrativo, pensé, un… ¿infeliz? No recuerdo quién decía que de los instantes de felicidad, el secreto era la no percepción del tiempo. Pensé que el presente siempre estaba ahí, delante de nuestros ojos, de nuestros sentidos, y que la mayoría de las veces no se le hacía ni caso. ¡Qué poco respeto por el presente! Como si necesitara unos instantes para asimilar aquello que acababa de leer, antes de seguir con la lectura, mis ojos se alzaron del libro. Había llegado a mi estación y el tren estaba a punto de cerrar las puertas y ponerse de nuevo en marcha. A mí también me costó ponerme en marcha, volver a mis piernas. Bueno… por poco… pero me dio tiempo a bajar. Mientras caminaba por los túneles en busca de la salida, pensé en cómo pasaron los treinta minutos, más o menos, que duraba aquel viaje. De repente sentí una rara sensación de bienestar.

Ojaldeb
 
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #34 : Junio 01, 2016, 09:39:18 »

A mi nietecita que verá la luz dentro de unos días.

Engel

El azahar de mi tierra
por mi criatura  suspira,
sutil  perfume que impregna
la ilusión de su familia.
Esbozo tu piel de rosa,
Princesa del alma mía;
te ciñen besos  de glorias,
albergando  mil sonrisas.
Y si al abrir la alborada,
de  gemas viene vestida,
sabré que un ángel exhala
silbos de amor y  caricias.
Ya mis ojos anhelantes
y el alma en lluvia de dicha;
ahora,  hijo,  regálame
ser la luz de mis pupilas.

29/08/11

Carende[/b][/size]
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