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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Marzo 2016  (Leído 14783 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #30 : Marzo 26, 2016, 04:07:04 »

POR TAN DULCE AMOR SUSPIRO.
 
Por tan dulce amor suspiro,
en tu celo me consumo,
mi fragancia va en el humo,
gema, rayo en su zafiro.
 
En el latir de las albas
explosionan tus colores,
la linda faz de las flores
bendice los rezos malvas.
 
Y yo acudo a tu presencia
a empaparme de tu aliento,
aturdida te presiento
en el mar de mi conciencia.
 
A tu luz nacen mis versos,
de tus plantas olorosas
surgen virginales rosas
hacia ti sus tallos tersos.
 
Se murió la sombra fría
por el cerro y con presteza,
me libro de su fiereza
y vuelve al fin mi alegría.
 
Las sutiles golondrinas,
sus alas, rico tesoro,
peinan al sol con decoro
entre nubes diamantinas.

María Antonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #31 : Marzo 26, 2016, 04:08:29 »

CUANDO TODO PASE


Cuando pase el tiempo
y se extinga el sol,
morirán las flores,
mas nunca mi amor.

Al morir la noche,
con las alas rotas
partirán los sueños
a un cosmos de sombras
do reyna el silencio.
Mas nunca mi amor.

Cuando calle el eco
de un canto postrer
llegará el invierno
al humil clavel,
mas ni el gurdo hielo
vencerá a mi amor.

Cuando todo pase
y no exista nada,
podrás encontrarme
en tu corazón.
Ausentes los mares,
mas nunca mi amor.

Cuando pase el tiempo
y se extinga el sol,
morirán las flores,
mas nunca mi amor.


Raúl Valdez

02/02/2014
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #32 : Marzo 26, 2016, 04:10:20 »

EL RECURRENTE OCIOSO

A Pepe el aire no le llegaba a los pulmones. Intentaba distraer la mente, concentrándose en la decoración de la sala de espera. Tenía ya muy vistos esos números de la revista Quo, lectura preferida su dentista para entretener a las bocas que le daban de comer. Tampoco le servía lo de sintonizar con conversaciones ajenas nada edificantes, y fingir a la vez que atendía a una pantalla muda, cegada por los reflejos de la ventana y colgada en una esquina del techo.

Respiró hondo, cerró los ojos y, masajeándose las sienes con sus índices, se planteó la gran pregunta: "¿Qué le voy a contar al psicoanalista?"

Pepe siempre fue un hombre adorado por las mujeres. Atractivo, de verbo ágil, culto y bien posicionado económicamente por mérito y nacimiento, ya que su padre, miembro de una conocida empresa zamorana dedicada a la producción y reparto de sábanas, mantas y edredones, le procuró el refuerzo logístico necesario para favorecer el brillo de su propio talento. Además, le confería un aire interesante su tumultuoso pasado, pues, habiendo coincidido su juventud con los revueltos años 60, pudo permitirse el lujo de ser rebelde, tontear con las drogas y vestir de forma estrafalaria… hasta regresar, como "viejo rockero apóstata",  a los buenos modos de la burguesía.


El virus de la inquietud política le había picado tempranito. De niño siempre lograba ser el delegado, no por adular a los profesores, sino por su carisma innato para meterse a los compañeros en el bolsillo. Fue panfletario en su juventud, allá donde había una huelga, allá se apuntaba él. Conoció entonces a Rita, mujer de melena hasta las caderas, en guerra con los tacones, las fajas y el maquillaje, y adicta a la marihuana, la cerveza Alhambra y los ducados, que la hicieron acreedora de un timbre de voz muy característico.

Pepe sonreía al recordarlo. Fueron muy felices en aquellos tempranos años de matrimonio; malviviendo con un trabajo a media jornada a espaldas de su acaudalado padre (con el que ni se hablaba); compartiendo con Rita vida bohemia y pasión, y participando en tertulias filosóficas y políticas con gente que jamás se iba a oponer a su discurso.

Cuando nació su primer y único hijo, Luis, las cosas cambiaron radicalmente. Pepe concluyó que se puede vivir a espaldas de la sociedad mientras no hay hijos que alimentar. Después se necesita la aprobación social para mil cosas en las que ni se repara cuando, por efecto de la juventud, nos creemos invulnerables. Tragando orgullo y suavizando actitudes, tuvo que volver al redil, a la empresa de su padre. Rita optó por cortarse algo el pelo, ponerse mechas, maquillarse y abandonar, de entre sus tres vicios, la marihuana y los ducados, conservando el hábito de beber cerveza como único recuerdo de su pasada identidad.

Ese año, se votó a Enrique Giménez como alcalde de Zamora. Pepe y Enrique habían sido los típicos amigos de toda la vida que se conocían desde que aprendieron a gatear, y que compartieron juegos como el "a ver quién mea más lejos", "a ver quién besa a más chicas", "a ver quién asiste a más manifestaciones esta semana", "a ver quién acaba antes la carrera"… hasta el "a ver quién se casa primero", que dio fin, por exigencias familiares, a su relación.

La noticia de la llegada de Enrique a la alcaldía supuso para Pepe un gran impacto. En cuanto llegó el período ferial, fue a verle A la caseta que la gente de su partido había instalado. Enrique, algo cohibido, sólo asentía cuando Pepe exclamaba: "¡Cómo hemos cambiado!, ¡tanto luchar contra el sistema y ahora estás tú a la cabeza!". A continuación, contento de tener a una figura de poder a mano, pidió un semáforo para su calle. "Ya lo estudiaré", respondió Enrique, apurado.

Pasaron los meses y Pepe fue asumiendo que no tendría ni semáforo ni amigo. Se enfadó y descubrió que el poder, en lugar de corromper, tal vez sea el mejor instrumento para revelar la auténtica naturaleza de las personas. Pepe resolvió hacerle la alcaldía lo más incómoda posible. Sólo contaba con dos armas: la económica (negarle cualquier apoyo empresarial) y la prensa, el cuarto poder, acaso el más importante. Pues bien, los utilizaría.

Pepe perdió horas de sueño, de comer y de vivir, por el bien de su ciudad. Nuevamente la gente del barrio lo veía manifestándose por las calles, fotografiando como un desesperado toda barrera arquitectónica que se encontrara, achacando al Ayuntamiento cualquier eventualidad (motivo que le llevó a ser el presidente emérito de su comunidad de vecinos, de la Asociación de Padres y Madres del colegio y, posteriormente, del instituto de su hijo) y, en suma, siendo la novia en las bodas, el niño en los bautizos y el muerto en los entierros. Si había que firmar algo, lo que fuera, su nombre era el primero. Si había que llamar a la prensa, él la llamaba y hacía todas las declaraciones pertinentes. Si había que denunciar, él imprimía su firma y se hacía cargo de las gestiones. ¿Que ganaba sus pleitos?, se apuntaba un palitroque. ¿Que perdía?, recurría. Se familiarizó de este modo con las leyes y sus trampas, hasta el extremo de ser más eficiente que muchos abogados en materia de Derecho Civil.

Las opiniones de quienes le conocían iban por dos caminos distintos. Unos nombraron a Pepe "Ché del barrio" y le aplaudían cualquier iniciativa, pues sacaban beneficio sin desgaste alguno. Otros opinaban de él que era el tonto de la procesión que por llamar la atención se colocaba delante de los caballos. Mas unos y otros le votaban; no conocían a nadie con más ganas de cargar con los problemas del mundo – y, menos, de solucionarlos-.

Pepe encontró así una vía para canalizar sus inquietudes… y, mientras tanto, Rita se volvía un ama de casa gris y Luis un niño tímido, apocado y tartamudo del que compañeros y profesores, de forma solapada o pública, se burlaban.
En estas ideas se dispersaba su mente cuando aquella chica de voz algo nasal e infantil dio el aviso de que Jaime Sánchez, psicoanalista, le aguardaba en su consulta.

- Buenas tardes, Don José – saludó Jaime, con un apretón de manos – bienvenido a mi consulta. Disculpe mi retraso al atenderle, pero tengo por costumbre organizar mi agenda de tal modo que quienes acudan a mí por primera vez se den un tiempo para reflexionar. Hable, le escucho.

Pepe, tras carraspear, le relató al doctor los recuerdos que habían ido acudiendo a él en esa media hora y le expuso el motivo de su visita: no se encontraba a sí mismo, desconocía en qué momento se había perdido. Su mujer dejó de ser su mujer (se divorciaron), su hijo dejó de ser su hijo (Luis no quería verlo ni en fotografía) y había caído en una depresión de la que se veía incapaz de salir.

Tras las sesiones de rigor en las que Jaime condujo a Pepe por el angustiante camino del ego, el yo, el súper- yo, los traumas infantiles, las problemáticas sexuales y los deseos reprimidos, manifestó su veredicto:

- Creo ver claras las líneas maestras de mi diagnóstico e intervención... Verás, desde mi dilatada experiencia profesional, aprecio que sufres el llamado "síndrome del recurrente ocioso". Suele darse en homosexuales reprimidos que inconscientemente fantasean con el alcalde de su ciudad. Otro profesional relacionaría tu malestar con tu divorcio; pero lo más obvio es que Enrique Giménez dejó de ser reelegido en su puesto el año pasado. Actualmente, según leí ayer, se ha retirado a pastar cabras a la sierra de Abrucena… ¡Ve a por él, hombre!, ¡ataca!, ¡igual te hace caso!

Pepe, sin saber cómo encajar la noticia, se marchó corriendo y llorando de la consulta.

Rita, que cinco años atrás había logrado convertirse en Jaime, reía en su silla y se mesaba la barba, satisfecha por haber llevado a término su venganza; el pago por tantos años de abandono.

La recepcionista, aquella chica de voz aflautada e infantil, dio paso de nuevo al siguiente sin inmutarse.

Alpha Centaury
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #33 : Marzo 26, 2016, 08:59:32 »




La calle del Cabrito

Pequeña , soy mínima, muda, casi invisible. No tengo recuerdos de mi vida anterior, no sé quién fui. En mi cabeza sólo habitan sus voces retumbando como en un eco interminable.
Todo era culpa mía, mi forma de ser, mi modo de vestir, mis palabras inadecuadas. A pesar del paso del tiempo no supe corregirme . Por todo ello, me encuentro en esta situación, sin salida, sin escape. Donde quiera que esté, él estará presente.

“ Podemos ayudarte”. Sus palabras no eran  diferentes a tantas otras.
Levanté la cabeza, en sus ojos  se veía algo más, una luz que sí parecía tener salida.  Alivio, eso sentí, sus pupilas mecían las mías. Aunque mi primera respuesta fue “no, dejadme en paz”.
Con cierta reserva, acepté  a tener un nuevo encuentro donde expondrían su modo de trabajar.

Acudí a la cita asustada, sin la certeza de para qué, ni con quién estaba citada, si era hombre o mujer, o ambos. Sólo sabía que su mirada sí era sincera, que creían en lo que decían, y su mensaje “ Podemos ayudarte” era real.
A día de hoy, no consigo recordar todas sus explicaciones, qué palabras usaron;  poco a poco me convencieron, de lo único que estoy segura es de la sensación. Me estaban regalando la libertad.  Sí, decidí tomarla, de cualquier modo apostaría por ella.

Tuvo que pasar mucho tiempo, yo era una mala alumna y me costó bastante aprender; las prácticas de interpretación parecían salir perfectas en los ensayos, después, llevadas a la práctica dejaban mucho que desear. En lo que sí tuve cierto triunfo fue en el manejo de los narcóticos y, extrañamente, tenía una puntería infalible.  Muy despacio, iba adquiriendo otras habilidades, el mejor resultado de todos fue que él me creía por completo aniquilada.

Según ellos, mis libertadores, ya estaba preparada para finalizar la tarea, y así lo creí.
Quise ser benevolente, piadosa, esperé que fuera un domingo,  él estaba más guapo que nunca. Salió de casa como siempre, dando un portazo después de llamarme “gorda de mierda”, yo saqué el bolso que ya tenía preparado en el armario, me quité la bata, y me calcé los mismos zapatos que llevaba la última vez al ingresar en el hospital, allí me llevaron rota, y ellos me compondrían para siempre. Dejé el televisor  en marcha, la luz del comedor encendida, y la olla expres silbando.  Con todo sigilo junté la puerta, bajando despacito las escaleras, en poco menos de veinte minutos estaría en el lugar escogido.


La calle estaba muy concurrida, bares, pubs y  sombríos garitos  inundaban el barrio, fácilmente lo distinguí entre los demás, esperé, no tardó en salir, subía  por la calle hasta llegar a un  callejón: calle del Cabrito,  como siempre, estaba a oscuras; era el sitio idóneo, y allí  de un certero disparo, lo abatí, cayó a plomo, su pobre cabecita no resistió el impacto.  Respiré, en muy poco tiempo estaba en casa,  cerré despacio la puerta, y la volví a abrir escandalosamente, a la vez que pulsaba el timbre de mi vecina,
Un poco de sal, eso fue lo que me llevó a llamar a su puerta, ella muy amable me la dio,  a la vez que me decía, “no te preocupes, la sal no se devuelve”; muchas gracias, de ningún modo podría devolverte el favor.
 Erial
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #34 : Marzo 28, 2016, 01:14:05 »

Besos de luz

Afloran tus sentidos.
Juega con la alegría,
descubre tus caminos


lejos del horizonte.
Escucha los matices
de las nubes. Acordes


de arcanos infinitos.
En tus ojos se agitan
besos de luz muy tibios.
   
Liliana Valido
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #35 : Marzo 28, 2016, 11:15:06 »

Suerte y arbitrio seducen mi condición de hombre.       
      Me tienta la infinitud                                                                   
      del no conocimiento.                                                   

      Ansío el lugar extraño donde llueven preguntas         
      y una metáfora colma su hambre de incongruencias.       
      Allí los hombres deliran por arrepentimiento               
      al querer rozar la luz                                               
      anclados a sus sombras.                                                 

      Muchos buscan ese mundo en huellas siderales.         
      Mas la idea del Terror                                               
      anida en los espíritus.


Dage
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #36 : Marzo 29, 2016, 08:58:38 »

La multa

Quien no tiene memoria...
Subí las escaleras corriendo, había dejado el coche aparcado en  una zona prohibida.
 Abrí la puerta y entré como un “cohete”  hacia la cocina, había dejado allí el teléfono móvil.
Al volver hacia la puerta de la casa, pasé junto a la figura de una cabeza tallada en madera; me pareció que levantaba las cejas con expresión de desagrado. Me sorprendió y me quedé observándola sin apreciar nada raro; al fin y al cabo, es una figura de madera.
Le dije a mi cerebro que me dejara de líos que tenía prisa; sin embargo y a pesar de que era imposible,  habría jurado que la talla de madera movió las cejas.
Al bajar a la calle,  vi que mi coche estaba siendo multado por un policía de tráfico; es inútil poner excusas, lo mejor es dejarle redactar la multa y acabar, no tenía tiempo de discutir con un policía.
Cuando me dio el resguardo de la denuncia, el papel era  rosa  tirando a fucsia, me sorprendió y al levantar la mirada...  la cara del guardia era redonda, completamente circular y blanca y unos labios enormes cubrían la parte inferior del círculo.
Me sentí mareado, raro, algo asustado también,  caminé hacia el coche sin querer mirar a mi alrededor, abrí la puerta y entré. Fuera estaba el guardia, ya con el aspecto normal que todo guardia debe tener; me miraba fijamente, desconfiando de mí por algún motivo.
-Tiene que ser un sueño- pensé. - Una pesadilla, tengo que despertar y todo será normal-.
De manera que me quedé quieto al volante, veía como las gentes y el guardia me miraban, todos me observaban y yo me reía de ellos.
-¡Idiotas residentes en mi imaginación, iros a la mierda!-. Les dije yo.
Entonces el guardia se me acercó decidido y me dijo:
-Salga usted  del coche por favor-.
Me quedé dentro del vehículo y observé que a mi alrededor se amontonaban ojos, sólo ojos, ni bocas ni orejas, sólo ojos que me observaban.
Me enfadé, salí del coche airado y la emprendí a golpes con esos ojos; gritaba:
-¡Ya está bien pesadilla asquerosa, vete ya!-.
Escuchaba sonidos que no podía identificar, de pronto, caí al suelo y las cosas a mi alrededor volvían a ser reconocibles.

Entre varias personas me habían reducido, estaba de cara al asfalto con los grilletes puestos en mis manos,  pegadas a la espalda.
Ante mis ojos caminaba una hormiga, indiferente a mi presencia, se me ocurrió pensar en que quizá otros ojos me observaban, y yo era tan indiferente a su presencia como la hormiga era indiferente a la mía.  Mientras, las cosas pasaban sin importarme mucho, reflexioné acerca de la existencia de la hormiga, de cómo ella hacía su vida, sin saber que muchas compañeras suyas habían sido aplastadas o  gaseadas por gentes de mi especie.

Recuerdo que me llevaron a algún lugar, me transportaron de allá para acá, se preocupaban por lo ocurrido conmigo, imagino, porque recuerdo a alguien haciéndome preguntas que no acabo de recordar, pues a medida que reflexionaba acerca de la hormiga, todo cuanto ocurría me iba siendo indiferente.

Altabix
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #37 : Marzo 30, 2016, 08:53:04 »

Escrito durante el trayecto en tren desde Cartagena hacia la Unión y corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.

En recuerdo de un verso de Manuel Altolaguirre, inserto en un poema dedicado a Lorca: "yo y mi sombra, ángulo recto".



La pluma en mi mano
es buque velero
de signos e impromptus,
bulto de venenos,
arriba al papel
en cande silencio.
Larga sutileza
con un azar diestro.

La pluma en mi mano.
De perfiles viejos
guía constructora,
guarda de misterios.
Visión de ladrillos
rojos y berrueco.
Sobre sus paredes
pasean los versos.

Mi pluma en la mano,
alambre sintético.
Sufre; es estéril.
Libre de conceptos.
Pulsos electrónicos,
hilos indefensos
de luz abismal   
giran por sus cielos.

La pluma en mi mano
grita por el pecho.
Lo que jamás dice       
se expone en los besos.
En el hombro, inmóvil,   
pervierte los  nervios.         
Llega hasta los surcos,
transforma los dedos.

La pluma en mi mano
sigue vericuetos.
Calígrafa ágil,
peligros inciertos.
Provoca temor,
carcajea en sueños.
Navaja brillante:
corregirá yerros.

Poeta febril,
glacial nube, cierzo.
Veloz por el monte
a través del tiempo.
Muy apasionada
ante tu deseo.
Psique, paso, hija
piadosa en sus rezos.

Plumilla en mi mano.
Atroz cortafuegos.
Vuela entre las nubes
y sale a tu encuentro.
Descubre mi pluma.
Te da mis proyectos.
Abanico dúctil
de voces al viento.
Abril 2003.

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag. Pernelle.


Dedicado a todos mis amigos y amigas de Metáforas. Y, en concreto, a Diana. ¡Gracias!
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #38 : Marzo 31, 2016, 08:48:36 »

SEGUIDILLAS  con bordón
 



Al llegar por las noches
a mi ventana,
entreabro la puerta
si tú me cantas.

El rocío del cielo
las rosas baña,
mientras con tus canciones,
suave, me atrapas.

Bajo el dintel,
me pierdo cada noche
por tu querer.

De reojo te miro,
símil de cielo,
deseando que pronto
nazcan los besos.

Por eso desabrocho
todas las cintas
para que a mí me calen
tus seguidillas.

Bajo el dintel,
me pierdo cada noche
por tu querer.

Candela Martí
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