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Autor Tema: Marzo 2016  (Leído 14871 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Marzo 02, 2016, 11:10:56 »

Allí en la oblicuidad de nuestra luna,
te dejaré mi amor en cada noche;
los mimos que te debo, las caricias
de mi hondo sentir, las ocurrencias
prendidas en palabras del silencio,
en sutiles encajes de su luz.

El pardo de tus ojos, piel morena,
circula junto a mí con el recuerdo.
Tu mano se entrelaza con la mía
bajo el encanecido parronal
de mis nostalgias.

Al caminar festiva hacia tu encuentro
me vestiré con galas de verano
y fúlgidos colores del estío,
como fuera en mi vida junto a ti.



 (Freya)
Marzo, 10, 2014.

Con mi recuerdo de siempre en el 9º aniversario de la partida de mi esposo, Sergio Jara Duhalde.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Marzo 02, 2016, 11:12:04 »

CIELO IGNOTO


Cuánta tristura me impondrá la vida.
Cuántos envites sufriré en silencio.
Mófase el sino con flagrante inri.
Llora mi pecho.
 
Lastra mis hombros la espernible cruz:
cuitas, dolores de un ayer sangrante.
Sufre mi espíritu al quererte tanto.
Dagas mordaces
 
Vuelan fragmentos de utopías tontas,
nimios despojos que reclama el norte.
Plúmbeas nubes me dejó tu ausencia.
Cantos sin voces.
 
Vuelas, alondra, por un cielo ignoto,
 huyes del campo donde fuimos juntos,
almas amantes en entrega ardiente.
Sigue tu rumbo.


Raúl Valdez

06/12/2010
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Marzo 02, 2016, 11:18:02 »

EL RECURRENTE OCIOSO

A Pepe el aire no le llegaba a los pulmones. Intentaba distraer la mente, concentrándose en la decoración de la sala de espera. Tenía ya muy vistos esos números de la revista Quo, lectura preferida su dentista para entretener a las bocas que le daban de comer. Tampoco le servía lo de sintonizar con conversaciones ajenas nada edificantes, y fingir a la vez que atendía a una pantalla muda, cegada por los reflejos de la ventana y colgada en una esquina del techo.

Respiró hondo, cerró los ojos y, masajeándose las sienes con sus índices, se planteó la gran pregunta: "¿Qué le voy a contar al psicoanalista?"

Pepe siempre fue un hombre adorado por las mujeres. Atractivo, de verbo ágil, culto y bien posicionado económicamente por mérito y nacimiento, ya que su padre, miembro de una conocida empresa zamorana dedicada a la producción y reparto de sábanas, mantas y edredones, le procuró el refuerzo logístico necesario para favorecer el brillo de su propio talento. Además, le confería un aire interesante su tumultuoso pasado, pues, habiendo coincidido su juventud con los revueltos años 60, pudo permitirse el lujo de ser rebelde, tontear con las drogas y vestir de forma estrafalaria… hasta regresar, como "viejo rockero apóstata",  a los buenos modos de la burguesía.


El virus de la inquietud política le había picado tempranito. De niño siempre lograba ser el delegado, no por adular a los profesores, sino por su carisma innato para meterse a los compañeros en el bolsillo. Fue panfletario en su juventud, allá donde había una huelga, allá se apuntaba él. Conoció entonces a Rita, mujer de melena hasta las caderas, en guerra con los tacones, las fajas y el maquillaje, y adicta a la marihuana, la cerveza Alhambra y los ducados, que la hicieron acreedora de un timbre de voz muy característico.

Pepe sonreía al recordarlo. Fueron muy felices en aquellos tempranos años de matrimonio; malviviendo con un trabajo a media jornada a espaldas de su acaudalado padre (con el que ni se hablaba); compartiendo con Rita vida bohemia y pasión, y participando en tertulias filosóficas y políticas con gente que jamás se iba a oponer a su discurso.

Cuando nació su primer y único hijo, Luis, las cosas cambiaron radicalmente. Pepe concluyó que se puede vivir a espaldas de la sociedad mientras no hay hijos que alimentar. Después se necesita la aprobación social para mil cosas en las que ni se repara cuando, por efecto de la juventud, nos creemos invulnerables. Tragando orgullo y suavizando actitudes, tuvo que volver al redil, a la empresa de su padre. Rita optó por cortarse algo el pelo, ponerse mechas, maquillarse y abandonar, de entre sus tres vicios, la marihuana y los ducados, conservando el hábito de beber cerveza como único recuerdo de su pasada identidad.

Ese año, se votó a Enrique Giménez como alcalde de Zamora. Pepe y Enrique habían sido los típicos amigos de toda la vida que se conocían desde que aprendieron a gatear, y que compartieron juegos como el "a ver quién mea más lejos", "a ver quién besa a más chicas", "a ver quién asiste a más manifestaciones esta semana", "a ver quién acaba antes la carrera"… hasta el "a ver quién se casa primero", que dio fin, por exigencias familiares, a su relación.

La noticia de la llegada de Enrique a la alcaldía supuso para Pepe un gran impacto. En cuanto llegó el período ferial, fue a verle A la caseta que la gente de su partido había instalado. Enrique, algo cohibido, sólo asentía cuando Pepe exclamaba: "¡Cómo hemos cambiado!, ¡tanto luchar contra el sistema y ahora estás tú a la cabeza!". A continuación, contento de tener a una figura de poder a mano, pidió un semáforo para su calle. "Ya lo estudiaré", respondió Enrique, apurado.

Pasaron los meses y Pepe fue asumiendo que no tendría ni semáforo ni amigo. Se enfadó y descubrió que el poder, en lugar de corromper, tal vez sea el mejor instrumento para revelar la auténtica naturaleza de las personas. Pepe resolvió hacerle la alcaldía lo más incómoda posible. Sólo contaba con dos armas: la económica (negarle cualquier apoyo empresarial) y la prensa, el cuarto poder, acaso el más importante. Pues bien, los utilizaría.

Pepe perdió horas de sueño, de comer y de vivir, por el bien de su ciudad. Nuevamente la gente del barrio lo veía manifestándose por las calles, fotografiando como un desesperado toda barrera arquitectónica que se encontrara, achacando al Ayuntamiento cualquier eventualidad (motivo que le llevó a ser el presidente emérito de su comunidad de vecinos, de la Asociación de Padres y Madres del colegio y, posteriormente, del instituto de su hijo) y, en suma, siendo la novia en las bodas, el niño en los bautizos y el muerto en los entierros. Si había que firmar algo, lo que fuera, su nombre era el primero. Si había que llamar a la prensa, él la llamaba y hacía todas las declaraciones pertinentes. Si había que denunciar, él imprimía su firma y se hacía cargo de las gestiones. ¿Que ganaba sus pleitos?, se apuntaba un palitroque. ¿Que perdía?, recurría. Se familiarizó de este modo con las leyes y sus trampas, hasta el extremo de ser más eficiente que muchos abogados en materia de Derecho Civil.

Las opiniones de quienes le conocían iban por dos caminos distintos. Unos nombraron a Pepe "Ché del barrio" y le aplaudían cualquier iniciativa, pues sacaban beneficio sin desgaste alguno. Otros opinaban de él que era el tonto de la procesión que por llamar la atención se colocaba delante de los caballos. Mas unos y otros le votaban; no conocían a nadie con más ganas de cargar con los problemas del mundo – y, menos, de solucionarlos-.

Pepe encontró así una vía para canalizar sus inquietudes… y, mientras tanto, Rita se volvía un ama de casa gris y Luis un niño tímido, apocado y tartamudo del que compañeros y profesores, de forma solapada o pública, se burlaban.
En estas ideas se dispersaba su mente cuando aquella chica de voz algo nasal e infantil dio el aviso de que Jaime Sánchez, psicoanalista, le aguardaba en su consulta.

- Buenas tardes, Don José – saludó Jaime, con un apretón de manos – bienvenido a mi consulta. Disculpe mi retraso al atenderle, pero tengo por costumbre organizar mi agenda de tal modo que quienes acudan a mí por primera vez se den un tiempo para reflexionar. Hable, le escucho.

Pepe, tras carraspear, le relató al doctor los recuerdos que habían ido acudiendo a él en esa media hora y le expuso el motivo de su visita: no se encontraba a sí mismo, desconocía en qué momento se había perdido. Su mujer dejó de ser su mujer (se divorciaron), su hijo dejó de ser su hijo (Luis no quería verlo ni en fotografía) y había caído en una depresión de la que se veía incapaz de salir.

Tras las sesiones de rigor en las que Jaime condujo a Pepe por el angustiante camino del ego, el yo, el súper- yo, los traumas infantiles, las problemáticas sexuales y los deseos reprimidos, manifestó su veredicto:

- Creo ver claras las líneas maestras de mi diagnóstico e intervención... Verás, desde mi dilatada experiencia profesional, aprecio que sufres el llamado "síndrome del recurrente ocioso". Suele darse en homosexuales reprimidos que inconscientemente fantasean con el alcalde de su ciudad. Otro profesional relacionaría tu malestar con tu divorcio; pero lo más obvio es que Enrique Giménez dejó de ser reelegido en su puesto el año pasado. Actualmente, según leí ayer, se ha retirado a pastar cabras a la sierra de Abrucena… ¡Ve a por él, hombre!, ¡ataca!, ¡igual te hace caso!

Pepe, sin saber cómo encajar la noticia, se marchó corriendo y llorando de la consulta.

Rita, que cinco años atrás había logrado convertirse en Jaime, reía en su silla y se mesaba la barba, satisfecha por haber llevado a término su venganza; el pago por tantos años de abandono.

La recepcionista, aquella chica de voz aflautada e infantil, dio paso de nuevo al siguiente sin inmutarse.

Alpha-Centaury
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Marzo 02, 2016, 11:19:07 »


No siempre, al mirar por la ventana, pretendo abarcarte,   
en ocasiones busco tu pupila en mí.                                   
Difundo  un  goteo de cuentas  a tus pasos.                   

Aciagas  señales,  no desvíes mi antojo       
y, sin armadura, decidas  obtener  tu destino.
Acudes, ciego, al  sepulcro donde moras.

De las meigas que te prenden, una aguarda a  tu puerta,   
yo, para  ti, continúo remozando la piel. 

Eri
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Marzo 03, 2016, 08:31:26 »

 El pasillo que daba a ese recinto sagrado de las artes culinarias, repleto de cuadros y fotografías enmarcadas, se había ido deteriorando con el paso del tiempo. ¿Qué desayunaría esta vez? No tenía ganas de preparar nada complicado. Tomó un plato hondo, vertió algunos recuerdos en él, vació leche sobre ellos y comenzó a devorarlos. Ah, qué placer le provocaba aquel suculento manjar. Tal vez por la tarde se prepararía recuerdos de la infancia en escabeche o quizá, un filete de recuerdos con camarones. Lo que su apetito le ordenara. ¡Y es que había tantas y tantas posibilidades de saborearlos! Asados, dorados, con salsa, con ensalada, con azúcar, fríos, etc., pero su forma predilecta para disfrutarlos era al natural. Sin aderezos ni condimentos que diluyeran su sabor, crudos. Sin embargo, a pesar de tan variada alimentación, su salud declinaba. Cada vez se sentía peor. Le faltaban las fuerzas para sostenerse de pie, las ganas, su voluntad flaqueaba todos los días al despertar.
     Ya tenía algún tiempo que había comenzado su riguroso régimen alimenticio, no por imposición, sino por placer. Claro que la gente come de vez en cuando una ración (regularmente con limón y sal para mejorar su sabor y facilitar la deglución) siempre necesaria, pero es por mero antojo. Comer únicamente recuerdos… ¡quién lo diría! Si tan sólo alguien le hubiera advertido que tan complicada proeza es imposible de realizar y que terminaría degradando de tal manera su vida.
   
Orlando
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Marzo 05, 2016, 02:40:13 »

¿O será sólo el calor? Lady Agatha.

En las últimas horas, un viento gélido del norte nos ha traído el otoño. Los pájaros, atónitos, han cesado de trinar, callan mientras deciden si ha llegado el momento de migrar, posados sobre las ramas del cerezo rosa de mi jardín que aún conserva el verdor de unas hojas que se resisten a morir.

Apenas hace unos días, sofocada por el calor y la pasión desbordada tras una velada de desenfreno en la distancia, me avergonzaba por mi aspecto descompuesto: cubierta de sudor, lágrimas derramadas durante los instantes de éxtasis y fluidos vertidos por mi cuerpo enajenado por el deseo… ¿O era sólo el calor?

A veces pienso que si no encuentro la forma de sofocarlo, de extinguir este fuego viviéndolo junto al hombre que amo, el volcán me consumirá, anihilándome, reduciéndome a cenizas sin esperanza. ¿O será sólo el calor? El calor del verano teórico de los calendarios ingleses que ya abandonó el país sin apenas haber llegado.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Marzo 06, 2016, 03:49:49 »


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« Respuesta #7 : Marzo 06, 2016, 03:50:42 »

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« Respuesta #8 : Marzo 07, 2016, 02:00:20 »

Infiel

Encubierto en la cruz de mis pesares
agoniza un rosario por tu ausencia;         
cruel blasón en tu crápula indecencia
al mudar certidumbre por azares.

Buscando conocer todos los mares,
te enrolas en bajeles de insolencia
sucumbiendo, en tu afán e inexperiencia,
ante hoscos bajíos insulares.             

Sojuzgas la virtud de las mujeres
basándote en tu sórdida ignominia,
barniz de tus impúdicos placeres.

Baldón de estupidez y misoginia,
confundes la moral  de Baco y Ceres
cubriendo tu taimada poliginia.

Rosa (20/10/2011)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Marzo 08, 2016, 08:09:41 »


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« Respuesta #10 : Marzo 08, 2016, 08:20:01 »

Manos ágiles, mentes ponzoñosas,
sepulcros indultados por el miedo,
señaláis al demonio con el dedo
mientras prendéis a Dios cortando rosas.

Lejos de retahílas bondadosas,
prefieren mis palabras el denuedo,
  la teúrgia motriz del desenredo
 al liquidar con lazo a las raposas.

Niebla y luz secretean los delirios
infames de falsarios exegetas,
a la sombra del hambre, Biblia ausente.

Alfa y omega trucan en los cirios
las luces donde vibran los profetas,
aprendices sagaces, soplo ardiente.

augustus
   
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« Respuesta #11 : Marzo 10, 2016, 12:40:04 »

¡Muchas felicidades a nuestra compañera Mari Bote!



NIÑO DE MIEL
(VILLANCICO)

Dulce niño de miel,
bella flor de vergel.

Niño adorado,
mi corazón prendado
de tu hermosura.
Luz de la noche,
sobre paja un derroche
de la ternura.
Blanco y tierno clavel.

Dulce niño de miel,
bella flor de vergel.

La madrugada
fue día en la majada
de los pastores.
Vieron al sol
en tu piel de arrebol,
jardín de amores,
aromado laurel.

Dulce niño de miel,
bella flor de vergel.

Tu madre vela
y el cielo con su estela
cubre tu cuna
de Dios chiquito,
ya te cantan bajito
lucero y luna,
con sones de rabel.

Dulce niño de miel,
bella flor de vergel.

Rey de los cielos,
las aves con sus vuelos
te llevan cantos
de serafines
y nanas de jazmines.
Para tus llantos,
risas de cascabel.

Dulce niño de miel,
bella flor de vergel.

María Bote
Navidad de 2014
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Marzo 10, 2016, 12:41:33 »

Escala


Colúmpiate en mi aroma,
humedece tu piel en mi sudor,
sentirás la demencia blandiendo tus sentidos.
Escala mi cornisa
escala mis trincheras
escala la aventura.

Colúmpiate en la poma
del árbol que deslumbra en el alcor,
el fruto de los dioses, los placeres prohibidos.
Escala por la brisa
escala mis caderas
escala mi dulzura.

Colúmpiate en la loma
de mis labios absortos de fervor,
desdibuja el pasado, siénteme los latidos.
Escala mi sonrisa
escala las quimeras
escala en mi locura.

Albadiosa
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #13 : Marzo 10, 2016, 12:45:06 »


© 2015 A.Emma Sopeña Balordi

Esplendor ISBN: 978-15-0888-438-5


 VERSOS BLANCOS

 
Aterido, el crepúsculo fabula
poemas en la escarcha.
Cansado de su vuelo por la bóveda
versátil y celeste,
se posa en la fugaz estrella de tus manos.
Su esplendor me descubre
blancos versos sin mácula de rima.

 

 
MÉTRICA

 
Los versos me rehúyen,
mi subterfugio para hablar de ti
entre vetos y falsas componendas.
Mi historia solo fue de poesía,
de entregas fabuladas.
Y me toca vivir
olvidando la métrica.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #14 : Marzo 11, 2016, 12:26:46 »

Entelequia

Ligera en el universo
en busca del polvo astral
para fundirlo en mi verso
con la brisa del rosal.

Las palpitantes estrellas
alumbrarán el camino
y con luces de centellas
diseñaré mi destino.

Recorriendo agrestes mundos,
voy a sembrarlos de amor
y vestiré los segundos
con matices de esplendor.

En los surcos celestiales
voy a plantar amapolas
y pintaré manantiales
surgiendo de caracolas.

Y en ese claro vergel
descrito en mi fantasía
en un mágico rondel
voy a atrapar la alegría.

Gisela Cueto lacomba
31 de diciembre del 2014
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