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Autor Tema: Diciembre 2015  (Leído 13728 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Diciembre 04, 2015, 02:14:58 »

Con motivo de la presentación del libro de Diana Gioia, colocaremos algunos de sus poemas.

VERSOS BLANCOS

 
Aterido, el crepúsculo fabula
poemas en la escarcha.
Cansado de su vuelo por la bóveda
versátil y celeste,
se posa en la fugaz estrella de tus manos.
Su esplendor me descubre
blancos versos sin mácula de rima.

 

 
MÉTRICA

 
Los versos me rehúyen,
mi subterfugio para hablar de ti
entre vetos y falsas componendas.
Mi historia solo fue de poesía,
de entregas fabuladas.
Y me toca vivir
olvidando la métrica.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Diciembre 04, 2015, 02:22:26 »

« Última modificación: Diciembre 04, 2015, 02:24:28 por María Teresa Inés Aláez García » En línea

María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Diciembre 06, 2015, 06:55:42 »

Flores e intensos verdes circundaban tu mano.
Turba mi umbral tu perfil adjetivo
y en la caricia se trenza mi sombra
en tus ojos, vistiendo los segundos
con un tabardo de amor vehemente.


(Freya)
15 de Febrero, 2012
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Diciembre 06, 2015, 06:57:08 »

SUSPIROS Y LÁGRIMAS


Un suspiro sutil,
cual lágrima de aire,
es perfume aromado de dolor.
Es sollozo y caricia sublimada.
Es murmullo que surge por amor.


Si en su trayecto alado
roza a otro suspiro
con delicada esencia en su cendal,
tal vez brote el milagro de la vida
y formen en sus vuelos un panal.


La música que inicia
con ansia los sentires
es la chispa de un fuego de emoción,
en la hoguera que enciende la nostalgia
por amantes tocados de pasión.


Un suspiro sutil,
cual lágrima de aire,
navega por mi piel hacia tu mar,
deseando que intuyas mis anhelos
y afanoso me vengas a colmar.

Candela Martí
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Diciembre 06, 2015, 07:00:18 »

http://nouhorta.eu/index.php/valencia/item/7833-presentacion-de-mujeres-rotas-el-lenguaje-de-la-dependencia-emocional-en-valencia


Presentación de 'Mujeres Rotas. El Lenguaje de la Dependencia Emocional' en Valencia
Viernes, 04 Diciembre 2015 11:41   Escrito por  Redacción

Presentación 'Mujeres Rotas'
Las emociones a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida podrían muchas veces ser comparadas a las de algunos personajes de novelas. Nos identificamos con uno u otro personaje, dependiendo de cómo reaccione a las distintas situaciones que se plantean durante la historia. Y es que, aunque sean personajes de ficción en la mayoría de los casos, no dejan de ser personas con sentimientos, emociones y vivencias pasadas las que escriben estas novelas. 

Con el apoyo de la Universitat de València, Emma Sopeña Balordi ha desarrollado este libro titulado Mujeres Rotas. El Lenguaje de la Dependencia Emocional, que presentó durante la tarde de ayer día JUEVES 3 DE DICIEMBRE en la Facultat de Filología. Se trata del segundo libro de una trilogía sobre el lenguaje emocional, tras su primera publicación titulada Lenguaje Emocional y Aspectos Contrastivos. La Indignación de un Dios Salvaje (Comares, 2013). El primer libro profundiza en las emociones destructivas y en el análisis contrastivo de la versión española de la obra de Yasmina Reza Le Dieu du Carnage.

Este segundo libro ofrece un estudio del lenguaje de la dependencia emocional a partir de los personajes femeninos de cinco obras literarias contemporáneas. En el libro, se analizan los sentimientos de la pérdida amorosa, las emociones producidas por el abandono, el concepto de autoestima en relación con la dependencia, todo ello enmarcado en las corrientes psicológicas utilizadas en la terapia cognitiva, resaltando las distorsiones y creencias irracionales que conducen a conductas trastornadas. 

 atricia Bou y Amparo Morales, compañeras de profesión y amigas, abrieron la presentación alabando la mezcla explosiva de pasión, energía, curiosidad y capacidad de trabajo de Emma. También destacaron la fácil lectura del libro para un público menos técnico en aspectos de la psicología y animaron a su lectura a quien desee empatizar con las situaciones de estos personajes.

Emma  Sopeña   Balordi   ha   sido   profesora   titular   de   filología   francesa   de   la Universitat  de  València  hasta  septiembre  de  2014,  cuando  decidió  dedicarse  a tiempo  completo  a  la  psicología  del  discurso,  a  la  escritura  poética  y  al  Orfeó Universitari.    Una    parte    de    sus    trabajos    publicados    se    encuentra   en www.metaforas.com.es. Dirige el taller literario www.metaforas.com.es/foro desde 2008 y en 2015 ha publicado el poemario de versos blancos Esplendor (Amazon).

 

Informa Nou Horta. Valencia


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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Diciembre 06, 2015, 07:02:27 »

Erial
 La espera.
No siempre, al mirar por la ventana, pretendo abarcarte,
en ocasiones busco tu pupila en mí.
Difundo  un  goteo de cuentas  a tus pasos.

Aciagas  señales,  no desvíes mi antojo
y, sin armadura, decidas  obtener  tu destino.
Acudes, ciego, al  sepulcro donde moras.

De las meigas que te prenden, una aguarda a  tu puerta,
yo, para  ti, continúo remozando la piel.  
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Diciembre 07, 2015, 12:15:28 »

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #7 : Diciembre 07, 2015, 08:51:25 »

Referencia de Augustus sobre el libro "Mujeres rotas" de Diana Gioia.

"Mujeres rotas" no es un libro más sobre la tragedia de la mujer en el hogar. Su autora, la doctora Emma Sopeña Balordi, en mi criterio, ha sabido escoger la argumentación adecuada para crear en el varón -también en la mujer desde distinta óptica- un clima de comprensión capaz de obligar a reflexionar.Basándose en cinco obras literarias de reconocido prestigio, ha elaborado una acertada síntesis en la que se reflejan el sufrimiento, la enorme responsabilidad, las patologías mentales derivadas del maltrato recibido por parte de su pareja, como asimismo las consecuencias resultantes de la ruptura familiar. La compleja trama de la relación de pareja, que no creo posible analizar por completo por mucho empeño que se ponga en ello, queda en este hermoso libro apuntada para una profunda reflexión. Texto éste que me atrevo a recomendar a cualquier hombre sensible que desee formarse una idea justa sobre el pernicioso machismo.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Diciembre 09, 2015, 02:07:05 »


Dage

La otra noche

 El ocaso plantea una pregunta
   soslayada por todos
   sabiendo
   conocer la respuesta de antemano

   la luz que va filtrándose
   con cada amanecer
   la recibimos con gusto y por eso
   desterramos las sombras
   de los días nublados
   con los focos de fríos automóviles

   no obstante cada noche
   representa un misterio
   telón de mil ocultas aprensiones
   pesadillas y espantos
   pero también de la modorra fértil
   de la calma y los sueños

   y pensamos así en esa otra noche
   la eterna
   cual neblina temprana que a su tiempo
   una futura luz desterrará
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Diciembre 09, 2015, 02:08:13 »


Liliana Valido

Llanto peregrino

En penumbra y silencio
resguardo mis sentidos.
Forjo mis pensamientos.

La esperanza se quiebra,
el devenir lejano
no encuentra luz, su esencia.

Mi espíritu perplejo
es llanto peregrino.
Musitan los secretos.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #10 : Diciembre 10, 2015, 11:43:39 »


Irene.

INOCENCIA: FLASH BACK

“ Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”
Antonio Machado                   





RETORNO

Después de varios lustros inmerso en la marabunta de la vida, regresé. La brisa invernal besaba mi cara al penetrar en la casa. El crujido de mis pasos contrastaba con su silencio. Hueca, tras la muerte de mi madre, aún creía percibir avalanchas de risas y sollozos. Arrugué mi nariz ante el inconfundible olor de aspidistras y aureolas que, todavía, adornaban un pasillo abierto a gélidos dormitorios. Al apoyarme contra las desconchadas paredes, casi me confundí con los olores de la  cocina de otros tiempos. Allí se entremezclaban cuentos, sabores y el chispear  de una hoguera casi dormida. De  golpe, acaricié el mundo del corral, donde violines de antiguas aves amortiguaron mi tristeza. Luego, mi olfato me lanzó hacia lejanas rosas, y en ese momento sentí el corazón de mi infancia perdida .

AÑORANZAS

 No podía concebirlo. Aquello supuso el final de un sueño: el de mi infancia.
  Era muy niña cuando vi cómo el sol de una baranda se deshacía en mi retina, mientras mi boca saboreaba el queso duro del terrazo. Todo era inmenso, hasta la música de los periquitos del patio. Un palacio encantado me acunaba a través de peldaños hacia una estancia sobria. En ella, el crujido de las sillas se mezclaba con el calor del picón junto a unas retahílas de ríos y tablas de multiplicar. Se punteaban letras y números en una sábana negra llamada pizarra. El suplicio comenzaba por la tarde: tela, aguja e hilo enredaban mis dedos. Entonces me acoplaba en la ventana para observar la destartalada casa de enfrente. Allí, fantasmas y monstruos intentaban asaltar el palacio de nuestras ninfas. Un día consiguieron extender su manto putrefacto. El brillo de nuestra mansión fue sustituido por inverosímiles cotilleos que condujeron a nuestras dos hadas a perder la vara mágica de la enseñanza, y a nosotros a embutirnos en el laberinto frío y oscuro de nuestra nueva escuela.


ANGÉLICA

   El acento del arroyo trae murmullos; el de los rostros, el significado de un nombre o su antídoto. Angélica era el único caso donde convivían ambas opciones.
  Sus ojos de amaneceres, unidos a la blancura de su piel y al sol de los rizos de su cabello, la convertían en una visión dulce. Tales atributos se oscurecían al moverse por nuestra isla sin asfalto.
  Era nuestra infancia un soplo de sombras deshilachadas cuando ella, como un regalo del cielo, apareció. Cubrió la tristeza con la magia de los sueños, al paliar los fríos de nuestras vidas.
 Su madre, una viuda aún bonita, perdonaba sus travesuras diciendo: “Vuela, pajarillo, mientras puedas”.
 Al calor de estas palabras deambulábamos sin sobresaltos por nuestro reino. Por la tarde, tras salir del colegio, comenzaba el recorrido. Primero visitábamos el taller de Arácnida, cuya mirada se desvanecía entre nuestras idas y su costura. De allí hurtábamos alfileres y retales para construir un mundo donde poder escucharnos.
    Luego, traspasábamos los gemidos del aire en el refugio del  hada madrina, donde ella nos conseguía con su varita mágica tablas y puntas. Últimamente, sufría un maligno conjuro que la obligaba a zarandearnos con su escoba. El cambio se produjo cuando Angélica grabó en la frente de su nieto una brecha.
   Más tarde nos dirigíamos a la cueva de nuestra esfinge. Allí, a escondidas,  observábamos cómo una hembra dominaba a toda clase de hombres con su libertad.
   El tiempo transcurría entre andanzas y juegos, lejos del triste hábito de las calles.
  Un día, Angélica agudizó sus sentidos hacia la casona, lugar tenebroso y cerrado, razón por la cual siempre pasábamos de largo. Era tarde, una ventana abierta nos ofrecía objetos maravillosos. Angélica, al contemplarlos. murmuró:
   “Las cosas están enojadas, algo malo debe de ocurrir. Los cuentos hablan de princesas cautivas por dragones. Nosotros, valientes soldados, las rescataremos”.
   El sonido de su voz nos descolocó, el olor de aventura nos puso a sus órdenes. Desde entonces, acechábamos cualquier descuido de sus habitantes para introducirnos en el palacete. Un domingo, al dirigirnos a misa, descubrimos una abertura. Olvidamos nuestros deberes y comenzamos a cavilar sobre la forma de penetrar en sus fauces. Angélica cogió a su paje y lo introdujo en un patíbulo de hierros. El cuerpo pasó, la cabeza se quedó enganchada. La niña lloraba, un cancerbero nos lanzó sus gruñidos:
   “Angélica, eres un demonio, de ésta no te libras. Verás cuando se entere tu tío, el capitán falangista. Don José, el cura, lo tiene al tanto de todas tus fechorías. Esta vez te has pasado al ultrajar los aposentos de Doña Ana, santa mujer, cuya morada será el cetro de Dios”.
   Corrimos al escuchar el colérico canto. Al advertir la pérdida de la pequeña Julia, Angélica decidió volver, yo también.
  Al llegar, nos hundimos en el silencio de un portón entreabierto. Entramos, el invierno se introdujo en nuestras entrañas. La madre de Angélica, de rodillas, le lloraba a Doña Ana con una súplica:
 “¡No!, ¡a ella no!, ¡ya me dejasteis sin marido!, ¡no os llevéis también a Angélica!”.
  “Lo sacrificamos por el bien de todos: era rojo. Debes ser valiente como el capitán lo fue al eliminar a su hermano. Angélica lleva sus genes, se perderá, con mi ayuda apagaré las alas de un corazón tan abrasador”.
 Por primera vez vimos el hilo del humo picotear la lluvia.
 Angélica se fue hacia su madre, la levantó con cariño y susurró:
  “Vamos, mamá, ya es hora de volver a casa”.
  Un movimiento de Doña Ana interrumpió la escena. Don José y el capitán aferraron a Angélica y la transportaron al interior. La bruja nos expulsó de la siniestra mansión, y nos dejó a la viuda,  su hija pequeña y a mí aporreando una puerta cerrada. Agotadas, regresamos. Yo seguí con la fuga de nuestro Peter Pan, mas los sustantivos perdían sus arrebatos ante nuevas nubes. Poco a poco dejé de contar estrellas; sin embargo, las praderas reflejaban a nuestra heroína con nuevos vocablos. Éstos se fijaron hasta abrir las brechas de un nuevo futuro.
     
   
   
















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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #11 : Diciembre 10, 2015, 11:44:55 »

Calendo griego



Adiós con arcángeles y demonios

                                               a Ricard Monforte, maestro.

Son tejidos dolientes las horas del afecto,
inmortales esencias, pesadumbres del alma,
clamores del espíritu manando su dialecto
improntas de infinito, agobios de la calma.

Quisiera ver ahíta la urna del instante,
el caz de sus principios, matices de su ciencia,
las luces del vocablo, el verso desbordante,
como cofre de honra a su invicta indulgencia.

Devuélvenos, Cibeles, los parnasos perdidos,
los bosques, las llanuras, colinas del saber,
en soplos del crepúsculo, los errantes sonidos,
el eco de los pájaros rapsodas del ayer.

Reclamemos de Apolo olímpicas visiones,
las coplas animadas, la perenne canción;
arránquenos —no fluyan sufridas emociones—
el cuchillo sepulto del frágil corazón.

Cuán piadosas las musas emergen desoladas,
inextinguibles voces del sórdido jardín,
los lirios de las cúspides, sus trémulas espadas,
aromas constelados de un nocturno jazmín.

Retornen del destierro los debates profundos,
serenas empatías, horas de plenitud,
arcángeles gimientes y demonios jocundos,
unidos al adiós cantando gratitud.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Diciembre 12, 2015, 01:15:02 »

Marc de la Torre

El no Poeta

Pertinaz e infame hado
yo resisto tu señuelo,
¡arruina ya  mi desvelo!
Ojos en surco tostado.

Sintiéndome ruin bagazo
confina mi juicio al diestro,
si no conozco maestro,
de sabias letras ni trazo.

Como navío varado
soles conté con recelo,
cogí la pluma del suelo
en tregua con el tarado.

Arrogante, afloja el mazo,
raspa mi rostro siniestro,
tan rico convite vuestro
naciente de un novel lazo.

El guardián sutil y osado
me mostró radiante al cielo,
mira al frente con anhelo,
concluirás  roto y cansado.

Frunció la tinta un abrazo
esclava de lo que muestro,
terminé con mi secuestro;
oda libre en mi regazo.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #13 : Diciembre 13, 2015, 02:47:55 »

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« Respuesta #14 : Diciembre 16, 2015, 02:05:02 »

Problemas

Serían más o menos las diez de la noche del jueves y estaba tumbado en mi cama, solo, pensando en que las cosas no me podían ir peor. Quería dormirme, pero… aun ahora no me resulta difícil recordar esos pensamientos que entonces no me soltaban.

Cincuenta y cinco ya —el jueves fue mi cumpleaños— y nadie se ha acordado de felicitarme, ni siquiera mi esposa, ni mi hijo. Nadie. Y como había tenido una bronca con mi jefe… Qué listo, que me quedase a echar horas ¿un trabajo urgente?, ¡ya!, y si le hago caso, ¿qué?, ¿me habría pagado luego todas las horas o sólo la mitad, como hace siempre?, que no, que estoy harto, que no echo ni una hora más, ¿no es él quien se lleva las ganancias?, que eche él las horas, si quiere. Y lo que me encontré al llegar a casa, después de estar todo el día aguantando putadas, llega uno a casa y ¡zas!, nada más pasar la puerta, ¡zas! la esposa de uno esperándole. Por la cara que ponía barrunté que no me esperaba para felicitarme el cumpleaños, menudo cómo me miraba antes de darme la noticia:
 
—"Tienes que ir a la comisaría, a tu hijo le han cogido rompiendo los cristales de las paradas del autobús, esta tarde llamaron, que fuera su padre a pagar la multa y a llevárselo".

¿Mi hijo…?, ¿qué pasa, que ella no es su madre?, ¡quinientos euros, sinvergüenza!, y el comisario:

—“¿No sabe usted que su hijo es responsabilidad suya?, ¿que es usted el que tiene la obligación de controlarle?"
—“¿Que si sé qué…?”

¡Claro que lo sabía!, por eso no dije ni mu, pagué, agaché la cabeza y me fui con el sinvergüenza y… luego, cuando le doy la bronca, va y me dice que él no tiene la culpa de haber nacido, que me hubiera puesto un globito, ¿un globito?, ¡joder!, si yo con su edad le digo a mi padre eso… me enciende las costillas con el cinto, ¡joder!, ¿y qué hago?, si regaño a la criaturita, malo, me toca discutir con su madre, y si no, ella luego va y me echa la culpa de su mala educación y de las cosas que hace la criatu… después del berrinche, encima, me fui a la cama sin cena.   
No sé cuánto tiempo estuve queriendo cerrar los ojos, ni sé la hora que era cuando me dormí; pero el sueño que tuve fue tan real que aún hoy, tres días después, lo veo como si  fuera una película que continuara pasando delante de mis ojos.   

Yo iba por un lugar que no reconocía, a mi alrededor, hasta donde me alcanzaba la vista, arena y unas rocas negras con formas redondeadas, igual a las de esas islas volcánicas. Por todas partes un vaho amarillo que salía del suelo, con un fuerte olor a  azufre, se me agarraba a la garganta robándome el resuello. De pronto, un ruido hizo que volviera la vista a mi derecha. Como unas hienas enanas, con el pelo negro y una enorme cabeza, iban y venían  entre las rocas. Sus ojos… ¡vaya ojos!, los de la niña del exorcista, los mismos, me miraban a la vez que me enseñaban los dientes y me gruñían. Empecé a correr, pero no avanzaba, era como si estuviera dando zancadas en el mismo palmo de tierra. Empecé a sentir el fuego de su aliento rozándome los tobillos. Cien zarpas me golpearon por detrás. Caí al suelo hecho una madeja. Dientes de acero se me hundían en los muslos, en los brazos, por toda la espalda. Oía, entre gruñidos, cómo mi carne se desgarraba. Me vi los huesos, mis propios huesos, de los que colgaban harapos de mi propia carne y… ¡zas! El silencio. Al principio no me ubicaba, aún sentía todo el cuerpo dolorido, empapado, ¿era sangre?, tenía la boca seca, pastosa, la luz entraba por la ventana, ¡por mi ventana! Me tuve que tocar para convencerme, ¡sólo había sido un sueño!, pero el corazón seguía pataleándome entre las costillas. Esa noche hasta los sueños iban a por mí. Miré el reloj, eran las tres de la madrugada. A mi derecha mi esposa, dormía. Me levanté con cuidado y fui a la habitación de mi chaval, también dormía. Me di una ducha para quitarme el sudor. Luego, en la cocina, puse la radio, uno de esos programas en los que la gente llama para contar sus cosas. Me serví un culito de güisqui con hielo. Se estaba bien allí, a oscuras, "empelotas" en medio de las corrientes de aire, con todas las ventanas de la casa abiertas de par en par, escuchando a aquella gente de la radio contar sus putos problemas.   

Ojaldeb
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