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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Noviembre 2011  (Leído 4197 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Noviembre 09, 2011, 05:52:57 »

Voy a ir dejando textos que voy recuperando de los talleres.

1.- Para Descritos. Como la vida misma. Julio de 2010.

Corregido en Metáforas.

(c) María Teresa Aláez García. Mtiag.

Como la vida misma.
Se encontró atrapada en aquel Concierto de Hechizos. (10:00 horas, p.m., en el Jardín de los Deseos Nefastos.)
- “¡No, no, mamá, por favor! ¡No metas mi muñeco en esa caja!, ¡No  lo cuelgues en el árbol! ¡No, mamá, no me hagas sufrir, te lo ruego! ¡Perdóname, yo no quería hacerlo, por favor!”
En aquella carrera sin sentido las gaviotas enganchaban en el aire retales de estrellas difuminadas. Algunas águilas bajaban a comer migas de pan que habían caído de las mesas de los pobres. Era todo un honor ser pobre en aquellos tiempos pues gozaban de todas las ventajas en cuanto a la recepción de las ayudas del Estado. Las águilas compartían, junto a los ricos y a las gaviotas, el derecho a percibir aquellas migajas de pena, sufrimiento y redención que ya quisieran para ellos.
Los vientos construían en los árboles sus nidos. Ya se encontraban viejos para poder volar de un lado a otro del planeta. Por medio de estas bases, las brisas y los airecillos podían compartir surcos de espacio en donde, desde antaño, se había marcado su camino. Los Inspectores del Control de Aires tenían allí su casa y ajustaban la presión y la temperatura para que no sucumbieran al libertinaje que suponía la huida de Eolo hacia lares lúdicos con las Armonías.
Asimismo informaban cotidianamente a los superiores acerca de los recorridos y los cambios postreros según las condiciones del planeta. En sus ascensores iban leyendo los contadores de zona y de altura enviando, desde las copas, los mensajes en forma de suspiros.
Las familias acudían de vacaciones a navegar por los aires decimonónicos. Se subían a las plataformas de alas de mosca donde había un ventilador que dirigía el soplo deseado o el viento que se iba a contratar según el capricho del cliente y la capacidad de su consumo. Con hilo arácnido se tejía una enorme mampara donde el pedido se filtraba para dejar llegar su apariencia más pura  a los viajantes y a quienes disfrutaban de sus vacaciones trimestrales. No había lugar para el miedo o la caída y todo estaba preparado: un conjunto de brisas continuas, que se calentaban y enfriaban alternativamente, ayudaba a que nadie rozase el suelo ni se dañase en el caso de producirse algún fallo en la locomoción por tierra. Pero dichos errores eran más bien escasos.
Mirando hacia el fondo, uno podía descubrir su reflejo en el mar de estrellas. Era una zona aún salvaje y sin investigar pues nadie se atrevía a hundirse en aquellos fluidos donde los fogosos brillos de colores imprimían calor y luz a las corrientes. Algún temerario había indicado que existía el vacío pero no estuvo totalmente seguro y, más tarde, se descubrió que todo había sido cierto y lo dejaron aparte, como dudoso. Como los sabios del lugar no habían discutido lo suficiente acerca de las posibilidades que la imaginación ofrecía a la hora de definir aquel elemento, no se daba por estudiado.
Esa mañana, el cielo olía suavemente a azahar. La colonia que el color azul se había colocado, se difuminaba grácilmente, portada por el airecillo del sur. Mejor el aroma a naranjo que el sabor a “pescaíto” que desprendían algunas pieles. Y las flores dejaban, al pasar, notas de alegría y gracia en el oído de los tramoyistas planetarios; aquellos que preparaban la vida de los neonatos según las decisiones estelares diagnosticadas por los gobernantes:
-” Hacen falta tres fontaneros rubios que sepan hablar checo y swahili bailando la conga. Han de ser zurdos y medir un metro sesenta de altura.”.
- “En la ribera de la Cima rodante de la Luna  piden tres bailarinas cocineras, especialistas en ganchitos al queso,  con  los ojos verdes y de pieles cobrizas “.
Constantemente, estos mensajes eran llevados y traídos por los marineros de pies alados. Después eran archivados en los expedientes de los neonatos, de donde se extraían los programas que servirían para darles educación, trabajo y un futuro prometedor. A los veinte años decidían su futuro y actuaban, responsablemente, de acuerdo con sus decisiones.
Lentamente, amaneció por el este y por el sur. El norte y el oeste se cubrieron de rojos y azules. El dondiego y la albahaca se prepararon para acunar a los habitantes y echarse a dormir.
A una distancia mucho mayor de la que se podría esperar se escuchaba, todavía, el eco de una voz esperpéntica, llorando y musitando palabras extrañas, incomprensibles. Todos deseaban que alguna vez dejara paso al vacío auditivo:
- “¡No, por favor, no encierres mi muñeco en esa caja!”
- “Pero, hija, alguna vez habrá que lavarlo. Mira qué pantalones: eran azules y se están volviendo verdes. Se enganchó la lana en las aspas de los molinillos de tu hermano y el muñeco cayó en el campo, pasando allí varios días. Déjamelo, por favor, y verás cómo consigo recuperarlo para que lo tengas como nuevo”.
- “¿Y no lo puedo lavar yo?”
- “No, hija, no. Deja que esa tarea la haga la lavadora. Mira el sombrero: tiene estrellas en el fondo. Sería una pena que, por error, perdieras todos estos preciosos dibujos: los pájaros bordados en la camisa, la etiqueta. Anda, confía en mamá y vamos a limpiarlo”.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Noviembre 09, 2011, 09:44:53 »

Descritos. Julio de 2010

Pero... ¿qué es esto?

Corregido en el foro de Metáforas.

(c) María Teresa Inés Aláez garcía.

Pero... ¿Qué es esto?
Saltó de un árbol al otro, agarrado a la liana como había visto hacer a Tarzán en aquellas películas en blanco y negro o en color, cuando era niño. El actor se cogía fuertemente a  la extraña cuerda sólo con sus manos, saltando de una rama a otra. Él se aferraba como si la vida le fuera en ello. A sus pies, un vacío total; a lo lejos, el crepúsculo. Las gaviotas parecían  volar rodeando aquella luz irreal. Se dió cuenta de que estaban plasmadas allí, como dibujadas.
Estaba realmente cansado. Ascendió por el tronco del árbol, con cierta dificultad. Era curioso: parecía  no ser dueño de sus extremidades. Quería colocar el pie en un trozo de corteza  bien segura y la mano sobre la rama pero subía como un... ¿mono? O quizás un insecto. Sin fijarse en dónde podía asirse. Raro. Si  ni siquiera tocaba el tronco. El sueño. Era el sueño, seguro.
Más arriba se escuchaban voces. ¡Otras personas! ¡Qué alivio! No se encontraba solo en esa pesadilla vivida desde hacía...¿cuánto tiempo? No recordaba  cómo empezó. Ni siquiera de en qué momento llegó allí o lo ocurrido antes. Se acordó de Tarzán por la liana pero de nada más. Quizás se golpeara en la cabeza cuando conducía el coche y tuvo que frenar en seco. Sí, algo rememoraba. Pero ya había llegado. Desde luego, era la copa del árbol. Un ejemplar altísimo, una secuoya de ésas estadounidenses. ¿Y qué hacía él en los Estados Unidos? Qué cosa más extraña. Si nunca había cruzado el "charco". Posiblemente su familia lo enviara para operarle y se olvidaran de él. Operarle... ¿de qué? Huy, qué pensamientos tenía en la mente.
Allí veo siluetas. Sí.  - “¡Por favor, escúchenme, necesito ayuda!” - No me hacen caso. Gritaré más. - “¡Eh, oigan ustedes, por favor, necesito ayuda!”- Ah, veo que por fin me han oído. Me acercaré a ellos. Vaya, parece que por aquí ha debido de pasar un terremoto. Sí, debo de haber llegado a los Estados Unidos. Allí hay uno de sus famosos artilugios campestres: una especie de noria o molinillo, esas aspas que sostienen sobre una torre  y que deben de ser una especie de veleta o algo así. Ha caído sobre las ramas de un árbol. Aquí hay muchos ciclones, así que pudo llegar hasta esta altura transportada por el viento. Pero... esa gente. - “¡Por favor! ¿Pueden decirme dónde me encuentro?”- No parecen entenderme, quizás no hablen mi idioma. - “Hello”-.
Uno de ellos indica que me acerque. Qué rostros más sombríos, más tristes. Llevan una gran angustia. Son raros. - “Please, can you help me?” - Espero que no se molesten con mi presencia. Me pide que me coloque a la cola y los siga.
“Hi”- “No se esfuerce, le comprendemos perfectamente. Aquí nos entendemos todos. ¿No sabe usted dónde estamos? Mire, llega otro. Usted no ha sido guiado, evidentemente: ha tenido que escalar por la corteza del árbol. Pero tenemos un cicerone que nos indica por dónde hemos de marchar”. - “¿Dónde se halla esa persona?”- “Cuando necesiten de usted, se lo harán saber”. - “Pero... ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En dónde estamos?”. - “Escuche”.
De repente un sonido incisivo se le introdujo hasta el cerebelo. Una voz de laringe anónima, comenzó a formular, uno tras otro, varios nombres, algunos en lenguas desconocidas. ¿Dónde me encuentro? ¿Adónde he venido a parar?. Pero... ¡Un momento! ¡He creído escuchar mis apellidos! ¿Me llaman?
“Si ha entendido su identificación, efectivamente, le llaman. Tenga cuidado. Los romanos pueden atacar en cualquier momento y si le encadenan en una acera donde dos farolas le traben, puede  morir de inanición. Vigile usted”.
“Gracias. Descuide que tomaré en cuenta sus palabras”.
Romanos. ¿Romanos de la antigüedad? Bueno, aquí puede suceder cualquier cosa. Y un tramo de acera entre dos farolas. Qué cosas más ridículas ocurren. Me llaman para subir en ese ascensor de madera. Varias personas acuden cogidas de la mano. Y algunas vuelan sobre las gaviotas. Es curioso que en el tiempo que llevo aquí, no he notado hambre ni ganas de acudir al aseo. Pero siento cierta desazón. No sé...
Bajamos. Cuántos colores se ven en el fondo.  Poco a poco, según descendemos, aparecen numerosos objetos: casas, personas construyendo aperos, pescando, cazando, desnudas de medio cuerpo para arriba. Ah y ahí deben de estar construyendo otra ciudad. En fin, creo que por fin vuelvo a la realidad. Me mandan ir hacia la derecha. ¿Será Nueva York? - “Perdone, señorita... ¿Me puede decir dónde nos encontramos?”
“No piense en eso y ruegue porque la persona que juega, eleve el nivel. Es horroroso el modo de hacer desaparecer a la gente aquí”
“¿Qué dice? Cuánta imaginación tienen ustedes. ¿Jugar? ¿Quién juega?”
“Los que han tenido más suerte, han llegado a la parte donde pueden buscar un hogar, comer y dormir hasta que el propietario ha acabado el juego. Luego pasan a otra partida porque, sépalo usted, esto ya es para siempre. Me han nombrado. “
“Pero... ¡Oiga! ¡Oiga, por favor!”
“Venga, cariño, deja de jugar ya con el ordenador que nos tenemos que ir.”
“Mamá: ¿Te imaginas que la vida fuera un juego de consola y Dios tuviera el mando?”
« Última modificación: Noviembre 01, 2015, 11:54:42 por María Teresa Inés Aláez García » En línea

María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Noviembre 10, 2011, 12:27:03 »

Microrrelatos para la cadena Ser. 2010

Corregidos en el foro Metáforas de Diana Gioia.

A mi me empiezan a entrar dudas
A mí me empiezan a entrar dudas; la cabeza me da vueltas y se forma una vorágine en mi pensamiento. Entonces agarro el cuchillo, lo miro ansiosamente: el borde afilado, la empuñadura de roble, tallada con esos detalles tan extraños que nunca he podido descifrar, el color del acero, brillante como un espejo. Acaricio con suavidad la hoja y la paseo por el gaznate y casi, sin llegar a rozarlo, siento la palpitación y el miedo en las huellas de mis manos.
A continuación lo guardo en el cajón. Prefiero comprar la carne en la tienda.

A mí me empiezan a entrar dudas y  me pregunto si estoy soñando o si me afecta  la medicación. Ante mí, una reina se sienta en su silla y un joven  sigue un amor imposible a lo largo del patio. El médico diagnostica tumores mientras ausculta los nudos del tronco de un árbol; un carnicero  realiza una matanza sobre un pedazo de roca verdinegra situada a un lado del camino.  Las casas desfilan a  la derecha  rápidamente, de arriba hacia abajo y a la  izquierda, en sentido opuesto, hileras de cruces y árboles secos desfilan con lentitud.
¡Ah! ¡Por fin, Belén Esteban!

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada
Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada.El encargado descuidó la vigilancia del local y, conociendo cómo es la gente que acude a estos lugares, era previsible que sucedieran este tipo de actos. Se habrá de anotar la aplicación de algún pegamento o la colocación de un cartel de aviso para que los curiosos no vuelvan a acceder al conjunto o, al menos, no manipulen el trabajo.  En cualquier momento encontraremos alguna sorpresa desagradable introducida dentro del cubículo.
También extremaremos la vigilancia en el museo. Con estas obras de arte contemporáneas puede ocurrir cualquier cosa.


Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada. ¡Cambio!Acudí rápidamente al dormitorio pero  estaba vacío y los armarios se mantenían tal y como los había dejado anoche.¡Cambio!  En estos momentos me encamino hacia las mesas. ¡Cambio!Parece que todo se encuentra en su lugar: los tubos de ensayo, las mezclas, los aparatos permanecen apagados o en estado de suspensión. ¡Cambio! Me aproximo hacia la zona no vigilada...
- "¡Atención, atención! ¡Alerta roja! ¡Envíen una dotación al laboratorio, alguien está enviando mensajes desde el interior de la nave no identificada!"

(c) Maria Teresa Inés Aláez García.Mtiag
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« Respuesta #3 : Noviembre 11, 2011, 07:21:17 »

Texto para Cuátez

Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia


Recogió los platos y los fue colocando uno encima del otro mientras iba echando las sobras en una bolsa de plástico. A continuación, vertió en una botella vacía el contenido de todos los vasos y los agrupó sobre la mesa, tapando con un pedazo de corcho el recipiente y colocándolo, de igual manera, en la bolsa de desperdicios. Fue contando los cubiertos uno a uno: los tenedores, las cucharas soperas, los cuchillos, el tenedor y el cuchillo de trinchar, las palas de pescado y los pequeños cubiertos de postre. Con satisfacción los puso sobre los platos y fue depositando todos los restos sobre la camarera.

Los árboles bailaban con sus sombras a la luz de la luna, liviana y tosca. Alguno, incluso, intentaba enamorar a la oscuridad y se ocultaba con ella detrás del frío nocturno. La ventana depositaba sobre los vidrios sus visillos de aire caliente, adornando las figuritas entrañables dibujadas con espuma blanca.

Apagó la luz del techo y dejó una lamparilla encendida. Era suficiente. La iluminación del nacimiento languidecía ora en oro, ora en azul y pintaba someramente el techo de formas brillantes. Plegó el mantel de cualquier manera porque tendría que sacudirlo antes de introducirlo en la lavadora. Separó las sillas a un metro de la mesa de comedor  y llevó el carrito a la cocina, provocando ese ruido característico del paso de las ruedas sobre las losetas, como si un reguero de canicas infantiles hubiera caído al suelo.

Depositó en la nevera el resto de las bebidas y de las fuentes que no se había consumido tras haber colocado en fiambreras la comida para que cupiera mejor.   Las botellas en la puerta y la vajilla, ordenadamente, dentro del lavaplatos.  Con cuidado, puso el detergente y programó la máquina con agua templada.  Cogió la escoba, un paño seco y uno húmedo. Apagó la luz de la cocina tras haber barrido los restos del suelo y  limpiado con la fregona. En la puerta de la galería se iban amontonando, a modo de luminarias, los carámbanos de la lluvia que comenzaba a caer.

Sintió un extraño ahogo en el pecho. Pero no le dio importancia. Lo justificó con el cansancio y la hora. Barrió en unos momentos el comedor, debajo de la mesa y en las esquinas de la habitación y cerró la alas supletorias de la mesa  tras repasar un poco la madera de  su superficie. Al día siguiente la limpiaría bien. Ordenó las sillas en torno al cubículo y apagó la luz de la lamparita.

Después de dejar en el armarillo de servicio los utensilios de limpieza, acudió a su dormitorio. Sobre la cama había depositado ordenadamente su camisón y sus zapatillas. Esa noche podría descansar un poco. Los niños se habían acostado contentos, los mayores habían disfrutado de la velada y todo había ido bien.  Preparó el agua caliente y se desvistió. La ropa usada quedó cuidadosamente colocada sobre el galán de noche. Miró el pequeño nacimiento que adornada su tocador. Acomodó la figura del  bebé y pasó sus dedos sobre el manto de la Virgen. Despedía una aroma extraño de tranquilidad.

Se dirigió a la ducha y dejó caer el agua sobre su piel. Se sintió sosegada y segura como no lo había estado en mucho tiempo.  El gel sobre la esponja calmó el resto de su ansiedad y el agua en sus cabellos la rejuveneció . Su cabeza cayó con tranquilidad hacia atrás y su cuerpo fue descendiendo, suavemente, sobre las losas blancas y azules del cuarto de baño.

En su garganta se aflojó la presión de un pañuelo de seda azul que, formando un lazo, adornó la blancura discreta y astuta de su piel, regalo de los dos invitados que acababan de llegar a su casa. Uno de ellos, su exmarido.


(c) María Teresa Inés Aláez García. Mtiag.
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« Respuesta #4 : Noviembre 11, 2011, 08:28:14 »

Por una vez comprendo a D. Juan Ramón Jiménez...

Poema El Poeta a Caballo
de Juan Ramon Jimenez

¡Qué tranquilidad violeta
por el sendero a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

La dulce brisa del río,
olorosa a junco y agua,
le refresca el señorío...
La brisa leve del río.

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Y el corazón se le pierde,
doliente y embalsamado,
en la madreselva verde...
Y el corazón se le pierde.

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Se está la orilla dorando.
El último pensamiento
del sol la deja soñando...
Se está la orilla dorando.

¡Qué tranquilidad violeta
por el sendero, a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!
« Última modificación: Noviembre 13, 2011, 09:21:23 por Pernelle » En línea

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