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Autor Tema: Agosto 2011  (Leído 2506 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Octubre 22, 2011, 02:08:58 »

http://blogmegustaleer.com/2011/10/07/besos/

Mientras, algo perezosa, deambulaba por el You Tube escuchando algo de barroco y una deliciosa canción griega que colocaré en un foro cualquier día y que ahora no me atrevo, dado que es un tema que da esperanza, amor, esas cosas tan vanas y fútiles, encontré una pieza de Mozart  : El concierto para piano.

El video está decorado con una figura de mármol - “Eros y Psiqué” de Antonio Cánova (1.793)- que se encuentra en El Louvre. La pieza musical es enérgica y recargada, así que sirve para un buen despertar, un buen espabilamiento. Pero la dulzura del beso en unas figuras tan finas, tan pulcramente trabajadas,  no parece que cuadre con la obra musical, so pena de querer representar el apasionamiento con el que Eros desea despertar a Psique de su ensueño, de su utopía, de su estancia entre las nubes o las estrellas. No se compuso la música para la escultura ni viceversa. Pero, bien pensado, sí pueden adornarse la una a la otra en cuanto a la pasión con la cual el amor quiso alzar de su ensueño a la mente, a la inteligencia.

Y me vino a la cabeza una cuestión:  ¿el compositor o el escultor habrían recibido un beso de despertar, un beso matutino, propio no de esta hora – las ocho – o sí, por qué no, pero quizás más adecuado de las seis de la mañana? La hora gris y ceniza, incierta, desoladora que puede ver brillar su nostalgia con un beso, tanto para quien lo recibe, como para quien lo da.

Imagino que no, son cosas propias de una mente calenturienta.  Pero ver a Psique algo atolondrada, agarrándose con fuerza y una sutil dejadez a Eros, quien guarda el equilibrio con sus alas abiertas y un pie que a la par que sujeta el cuerpo se va deslizando en lugar de sentirse relajado, me hace pensar – Psique- en la diosa durmiendo el sueño de los justos.  Ese sueño tranquilo y maravilloso donde la persona no se entera de nada y sabe que tiene todo el tiempo del mundo para despertarse sin temer a una jornada estresante y agobiada, y siente, dulce y oníricamente, una caricia suave.. O incluso la imagina.  Ese beso que, seguramente, dará Eros con tanto cariño, enorme pasión y gran cuidado de no asustarla para que ella no se sienta apesadumbrada. Después querrá huir para no molestarla mientras ella se aferre a él porque se ha sentido querida,  protegida o cuidada – o se ha vuelto ciega o estúpida, que dicen que son los efectos del amor sobre la inteligencia, pues la ciega y alguna gente pierde hasta la dignidad, a saber – y no quiere dejar escapar ese momento tan mágico e importante.

En cuanto a Eros,  el encontrar a su bella Psique durmiendo le hace sentir deseos de acariciar el rostro tranquilo y libre de pesares, de recoger su cabello y de permanecer mirándolo horas y horas.  De probar a soplar un poco en el pabellón de su oreja, en su nuca, de rozar levemente el mentón y juguetear un rato con las distintas sensaciones que esconden los poros del cuello y del rostro, buscar entre las raíces de su pelo algún signo de vejez o madurez y luego observar los suspiros o acercarse y rozarla con la mano o con los labios. Sin meter la lengua como una navaja, a escote o como la tarjeta en el cajero, con ansia, para sacar dinero. Sólo tantear un poco, ver el efecto sorpresa cuando la otra persona recibe el beso. Si hay amor, suele haber una medio sonrisa y,  si hay simpatía, un pequeño reproche acompañándola;  el beso  se responde, como Psique deja de manifiesto. Si no hay amor o hay una media vuelta o un signo de desagrado.

Yo probaría en el caso de que se conociera el resultado y éste fuera positivo.

Acto seguido, ver cómo amanece con la misma suavidad, acompañar a la brisa …
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Octubre 22, 2011, 03:57:56 »



http://blogmegustaleer.com/2011/09/30/ya-no-llueve/

El calor abraza con sus pieles eternas las conflictivas situaciones hormonales del ser humano. Espanta los sueños, el descanso, la paz de espíritu,  la concordia. Se encuentra solo y se sujeta a cualquier corazón desarraigado que flaquea dando tumbos por la madrugada.

Ya no llueve. Las estrellas se han desprendido de sus alas de títere y se arrinconan por las esquinas. Los colores invaden las calles solitarias que anhelan con desesperación un poco de agua y un rato de silencio. La oscuridad se muestra regia, poseedora de la realidad, de la visión que nadie desea tener del mundo cuando enseña su otra faz al astro rey.

No se escuchan los tacones de alguna muchacha que retorna tarde a su hogar, corriendo, o que sale hacia su puesto de trabajo. Algún coche desafia a la soledad dejándose notar por la huella veloz de su trayecto, ese murmullo provocado por el motor, o por su paso al romper el aire.  Todas las ventanas han cerrado sus ojos y los edificios esconden sus secretos, celosamente, entre plástico, hormigón, ladrillo, acero y estaño.  Por no darse a conocer, hasta la tristeza se ha ido a dormir.

No, ya no llueve. No existe el recuerdo de esas noches veraniegas de Carcasonne o de esos paseos en bateau mouche. Ni el de los obreros que embarcan en el ferry para ir a trabajar a kilómetros de distancia de su casa. Las nubes guardan entre redes la carga de sus vientres y se dejan llevar, lentas, pesadas y vivaces, por el exiguo viento que se deja notar muy de cuando en cuando.

Y quizás no llueva porque la noche no es tenebrosa ni invita al misterio ni a a la meditación.  Posiblemente la lluvia alterna de sonidos chillones que emanan del aparato televisivo del vecino del cuarto y que se dispersan, alegremente, a lo largo de toda la calle, sobre las cuatro de la mañana, rompa el encanto. O dificulte, un poco, el escenario a mostrar para que  la situación sea triste o alegre, huraña o divertida, deprimente o vivaz. En cuanto el corazón vive, durante un microsegundo, una coyuntura distinta, las notas de entrada o salida de un programa determinado o las voces de los actores destrozan el guión de la vida real, que se escribe en el vestido de la brisa mientras camina, decepcionada y triste, a su cita con el mar.

Y es que ya... no llueve. Y así... ¿Quién puede concentrarse?
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