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Autor Tema: Asesinato se escribe con A  (Leído 2282 veces)
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Lady Ágata
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« : Febrero 28, 2011, 09:20:19 »

-Parte I-

“Era viernes y trece. Andaba aún con resaca de Aranjuez.
El reloj seguía parado a las nueve y veinte de una mañana calurosa que había amanecido locamente apasionada varias horas antes.”



Abrí los ojos al mundo real. Desilusionada, me resigné a la idea de preparar el desayuno para tomármelo en la cama solitaria, desposeída del amante de mi ensueño.
Bajé a la cocina. Dejé que el perro saliese al jardín. Por unos instantes, me regocijé escuchando el silencio lánguido de la incesante lluvia.
Mientras hervía el café se me ocurrió entrar a darle los buenos días a Paco. Hacía tiempo que no me dirigía la palabra. Sus razones –si es que se puede decir que las tuviese- no me importaban gran cosa, sobre todo, después de lo del accidente. Eso es algo que yo nunca, nunca, le perdoné (…)

Abrí la puerta con cuidado y me asomé. Estaba tendido boca abajo en una postura que se me antojó incómoda. Como sin lentillas veo menos que un topo, me fui acercando a él, poquito a poco, hasta que me percaté de que lo que estaba contemplando era…un cadáver.
No se me ocurrió ponerme a gritar como hacen en las películas. La falta de experiencia, supongo. Quizá si hubiese visto otros muertos antes habría chillado, pero éste era el primero. No llegué a tocarle para comprobar si respiraba. Simplemente di por sentado que Paco había estirado la pata, Dios sabe cuándo y por qué.

La campanita del horno me sacó del ensimismamiento. Los croissants estaban a punto. Mientras desayunaba intenté recordar lo sucedido el día anterior. Me resultó muy difícil. Cada vez que retorno de una de mis breves estancias en España se me queda la mente saturada de momentos inolvidables hasta tal punto que los instantes de la vida cotidiana me resbalan. “¿Qué hice yo el jueves? Pues, ni idea.”
Puede que intercambiase un par de frases fugaces con mi hijo. Algo referente a que iba a pasar el fin de semana fuera con sus amigos. De ahí deduje que estaba sola en la casa. Bueno, no exactamente sola sino con el muerto.
Me pareció haber visto a Paco la noche anterior en el comedor pero no sabría decir a ciencia cierta si estaba vivo o no. Preferí suponer lo primero. En cualquier caso, fui la última persona que le vio con vida…excepto el asesino.

Dejemos las cosas claras. No es que me faltasen motivos para querer librarme de él. Yo nunca, nunca, le perdoné lo del accidente (…)
Encima, tenía que aguantar esa tos repugnante de fumador, su voz desabrida lanzando improperios, ecos de palabras fantasmagóricas que me torturaban incesantemente.
He de admitir que resultaba insoportable. Llegué a odiarle pero ¿de ahí a matarle? No sé. No creo. Con el pensamiento, puede.
Me di cuenta de que eso mismo pensarían todos los que me conocen: me lo había cargado yo. Poco importaba la causa de su fallecimiento, no me quedaba más remedio que deshacerme del cuerpo del delito.

Tenía todo el fin de semana por delante para lograrlo.


-Parte II-


El disponer de jardín en la parte de atrás de la casa tiene sus ventajas. Si bien las inclemencias del tiempo galés no me permiten disfrutar de la jardinería más que en contadas ocasiones y tomar-el-sol-que-no-hace es imposible, queda, no obstante, el terreno llano cubierto de verde césped para cavar y sepultar ciertos, digamos, estorbos.
Pese a ser la opción más obvia tuve que dejarla como recurso de emergencia ya que mi perrito anda siempre escarbando por el jardín, que considera territorio suyo.

Lo principal era sacar a Paco de la casa cuanto antes pues, quieras que no, pronto comenzaría a oler mal. Pensé que, de momento, estaría mejor en el garaje hasta que recuperase la memoria o, al menos, hasta que se me ocurriese una mejor idea.
No me apetecía verle ni tocarle. Tampoco tenía la más mínima intención de cargar a cuestas con él. Le dejé, allí donde estaba, tal y como me lo había encontrado. Muy asépticamente me puse los guantes de fregar los platos y procedí a cubrirlo todo con la colcha de la cama de mi ex-marido. Una sonrisa un tanto morbosa asomó a mi semblante, entrecerré los ojos y malévolamente los imaginé a ambos bajo aquel bulto.

Antes de proceder a la mudanza, lo meneé un pelín no fuese que el fiambre me resucitase de forma imprevista. Una no es profesional de la medicina y sólo sabía que Paco estaba aparentemente muerto. Por suerte, no se movió. De haberlo hecho, aparte de provocarme un susto impresionante, habría supuesto una desilusión pues, a estas alturas, ya me había hecho a la idea de que el interfecto, por la razón que fuese, había cesado de existir.

Y es que, en el fondo, yo nunca, nunca, le perdoné lo del accidente (…)

Empecé a empujar con gran esfuerzo aquel féretro improvisado camino de la puerta de la cocina que da al jardín. La maniobra resultó infructuosa. Hay un escalón en esa puerta y yo sola no podía levantar aquel trasto tan pesado.

Tendría que esperar hasta que mi hijo regresase a casa el lunes y me echase una mano.


-Parte III-

“Noche serena de otoño enamorado.
Dos amantes entrelazados giran al unísono sobre un puente.
La luna llena los contempla tras los muros del palacio centenario.


-¿Dónde estás, amor mío?”




Hubo un tiempo en que Paco estuvo enamorado de mí. No cesaba de repetir lo mucho que me quería. Por supuesto su amor no era correspondido. Era algo imposible. Intenté explicárselo pero no creo que me llegase a comprender. Yo me mantenía a una distancia prudente. En el fondo me halagaba ese cariño incondicional que sentía por mí. Le dejé que me besase en un par de ocasiones. Eso es todo porque en seguida se lanzaba y…en fin, ya se sabe cómo se ponen algunos.
Me pregunto si lo del accidente fue deliberado. Tal vez adivinó mis intenciones y se puso celoso. ¿Fue su agresión un ataque de celos? No sé. El caso es que me hizo mucho mal. No me refiero únicamente a las cicatrices sino al dolor que me causó el tener que cancelar el compromiso. Tuve que posponer mi viaje a España pues tenía la cara desfigurada. Faltaban tan solo dos días para la partida.
No. Definitivamente yo nunca, nunca, le perdoné lo del accidente (…)

Abrí la ventana del comedor para evitar que el posible hedor invadiese la casa y me retiré, como viene ya siendo costumbre, a mi cuarto del que apenas salí.

Las horas se sucedieron de forma intrascendente. Seguía sumida en una especie de sopor, recordando los momentos sublimes vividos en la tierra que me vio nacer junto al hombre, ése por el que estoy loca. Esta sinrazón me permitió mantener la cordura durante los dos días en que compartí techo con el cadáver de Paco.

La galerna, despiadada, rugía con fuerza arrancando sonidos de ultratumba desde todos los rincones de la vieja morada.





-Epílogo-


Han transcurrido cinco meses desde que sucedieran los acontecimientos que anoté en ese cuadernillo tan sufrido al que llamo familiarmente “Mi Diario”.
El crudo invierno y las nieves se conjugan en tiempo pretérito. La flor nacional, el narciso dorado, motea por doquier la campiña galesa.
Mi perrito, que ya no es un cachorro sino un espléndido ejemplar de caza en miniatura, sigue triscando por el jardín de la casa. De vez en cuando, orgulloso, me trae trofeos prueba de la valía de su raza. La otra tarde, sin ir más lejos, me obsequió con tres enormes plumas rojas de la cola de…




De todos es sabido que el crimen perfecto no existe.

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