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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Canibales  (Leído 1823 veces)
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ojaldeb
Colaboración literaria
Metafóric@
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Mensajes: 773



« : Noviembre 13, 2009, 06:28:40 »

Caníbales


A Irina se le escapa el vaho en la bragueta de su marido, Alexey, mientras le manosea la polla por encima de los pantalones. Le desabrocha. Se la saca, el olor que desprende la echa para atrás.
Está sentada en la cama, él de pie, en una habitación medio a oscuras, los dos llevan puestas ropa de abrigo.
Al otro lado del tabique se escucha el llanto de un bebé.
Irina contempla aquel sexo mustio, mira la cara del hombre y le dice:

—¡Vamos, concéntrate!

Se pone en pie, mientras se abre el abrigo besa la boca de Alexey, le coge la mano y se la mete en sus bragas.
Entre una nube de vahos, los dos se soban un rato.
Ella le gime al oído, intenta masturbarle, pero la polla, aún flácida, se le escapa de las manos. Suenan al unísono sus tripas.
El bebé no para de llorar.
En la calle las explosiones y los disparos se oyen cerca.
Alexey se zafa de su esposa y va hacia la ventana. En mitad de la avenida, entre el vaho de unos perros que se gruñen a mordiscos, disputándose su parte de la tajada, yace lo que queda de un hombre y una mujer.
Las aceras están forradas de sacos de arena. De cuando en cuando alguien corre por ahí agachándose, enseguida, una bocacha se turba, se enciende, comienzan de nuevo a silbar las balas.
No hay ni agua ni gas ni electricidad. No hay comida. En las fachadas de los edificios se ven los dientes de los morteros. Las líneas telefónicas están cortadas y las explosiones no cesan ni de noche ni de día.
Irina y Alexey son de los pocos civiles que aún permanecen en la zona. Esta mañana él quería salir a buscar algo para comer, pero ella se lo impidió.
Él sigue con la vista fija en la calle. El llanto del niño se desespera. Irina, sin levantarse del lecho, dice en voz baja:

—¡Alexey, vamos, ven!

El hombre obedece y ella nada más tenerle al alcance le agarra la polla, entre arcadas se la mete en la boca. Alexey da un paso hacia atrás.

—¿Qué haces, no ves lo asqueroso que estoy!
—Calla, tú sólo concéntrate.

Ella insiste tirándole de los pantalones hasta que él cede, entonces, se la ensaliva meticulosamente, luego ladea la cabeza y escupe en el suelo.

— ¡Hombres! ¿Ves?, ya estás limpio, ahora déjame a mí.

La lengua, los labios y los dedos de Irina trabajan en un vaivén; con el afán de las caricias casi cae un biberón con agua, caldo inconcluso, que vela al hogar de sus famélicos pechos.

—¡Ahora —bufa Alexey— ahora! —.

Irina sujeta fuertemente a su hombre de las caderas, aguantándose las arcadas, no le deja que salga de su boca, a envites, se va llenando de la nutritiva leche; luego de unos segundos la escupe dentro del biberón y lo tapa, lo agita mientras sale de la habitación en busca del llanto del bebé.
En línea

Bienaventuradas las reglas de la métrica
que anulan las respuestas automáticas,
nos fuerzan a pensar dos veces
y nos liberan de los grilletes del Yo.

W. H. AUDEN,
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