Bienvenido a nuestro foro. Por favor identificate o registrate.

    Entrar con nombre de usuario, contraseña y duración de la sesión
News:
Bienvenidos a METÁFORAS.
Foro inaugurado el 23 de noviembre de 2008.
Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
Páginas: [1]
  Imprimir  
Autor Tema: ¡Vaya nochecita!  (Leído 1739 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
ojaldeb
Colaboración literaria
Metafóric@
*****
Mensajes: 773



« : Noviembre 13, 2009, 06:27:28 »

¡Vaya nochecita!


“Vaya nochecita, ¿qué hora será? a ver…  las cuatro, ¡joder! me acosté a las doce… dos, tres, cuatro, cinco... cinco horas dando vueltas, mi cabeza, qué dolor, una aspirina, y ésta, mírala, osa, vaya forma de roncar, cásate para esto, qué le importo yo a esta osa, a nadie le importo, a nadie... la cabeza me va a reventar, qué oscuro, se debe de haber ido la luz de la calle, no se ve nada, y este miedo, ¿me estará rondando alguna depresión de ésas?, será mejor que me levante un rato, ¡hostia!, el terrazo, qué frío, ¿y las zapatillas?, la luz, ¿y si se despierta... la osa?, cualquiera da la luz, luego se pone como una fiera, menudo despertar tiene la señora, vaya genio, ¿y las zapatillas?, debajo de la cama… sí, aquí están, el aire, cómo silba, del norte, cuando silba viene del norte, ¡qué frío!, anda que el que tenga que dormir en la calle… qué frío… y qué miedo, pobre gente, ¡hala!, aquí te quedas, la cama para ti sola, ronca hasta... ¡la puerta!, ¡mierda!, por poco me la trago, ¡puta osa! mira que le tengo dicho que no la cierre y nada, ella como si nada, ni puto caso… broncas, sólo sabe darme broncas, menudo genio, qué oscuro, cada día veo menos, complicaciones, todo son complicaciones, y ahora sin trabajo, ¿dónde voy yo con cincuenta y cinco años, Don Raúl, dónde?, y encima descangayado, desde que tuve el accidente, descangayado, y él: ustedes los obreros no se hacen cargo, la empresa va mal, muy mal, no hay dinero para pagar tanta nómina, ¿no hay dinero?, ¡cabrones!, ¿y yo?, después de cuarenta años…, ¿no hay dinero?, ¿ahora, adónde voy?, ¿adónde?, la empresa va mal… ¡hijos de…!, a ellos qué coño les importa, ¿que me he dejado la salud allí para ellos?… eso no importa, ellos buenos chalets, buenos coches, ¡joder!, buenas mujeres … ahora no hay aspirinas, ¿y esto…?, frenad… qué más da, con que calme el dolor... agua, hala, para adentro, ¿y ahora qué?, la cama, no tengo sueño, ni pizca… el ordenador, el cuento empezado, la cabeza, a ver si me ocurre algo o me revienta la cabeza, ¡mierda!, otra vez el botón, todo está mal, ¡mal!, hasta el ordenador está mal, ni arranca, ¡joder!, puto ordenador, ¡arranca! arran… a ver… botón de mierda… ¡sí, sí, ya SE enciende!, menos mal, a esos se les pone en los cojones y te dejan en la calle, si hubieran aguantado unos añitos más, cinco más, hasta los sesenta o así, luego el paro y la jubilación y…  nadie da trabajo a un viejo, un viejo descangayado… ¿dónde está el cuento…?, estaba por aquí… ¡aquí!, me parece que es éste, abrir, ¡sí, es éste! me había quedado…”


    La ambulancia se va con la pareja. Él lleva puesta la máscara de oxigeno y una botella de suero en la vena; tiene los ojos cerrados y el pecho apenas se le mueve ya. Ella, que va sentada al lado de la camilla, se asusta; mira al enfermero: -¡Ya casi no respira, mi marido se muere, se muere.


      “Se muere, se muere, ¡muerte!, sólo se me ocurre escribir sobre la muerte, de gente que muere, pero… si es que no hay otra, es la realidad, la realidad es muerte, muerte por todos los lados, en los periódicos, en la televisión, mierda y muerte… joder cómo estoy, en mínimos, más hundido que... hecho un asco, un asco, ¿qué es esto? lo del huevo y la gallina, ¿estoy así porque escribo sobre la muerte o escribo sobre la muerte porque estoy así, el que escribe es víctima de lo que escribe, ¿quién lo dijo?, ¿dónde lo leí?, eso o más o menos eso, el marido se muere y… ¡y qué!, ¿qué pasa?, uno se muere y ya está, ¡ya está!, para vivir así… si no fuera porque morir duele, tiene que doler, qué bien el que muere en un quirófano, sedado, inconsciente, sin darse cuenta de nada, sin dolor, sin dolor yo firmaba ahora mismo, ahora mismo, ¡joder!, ¿y una pistola?, un tiro, ¡pum!, te apoyas bien la bocacha en la sien y hala, ¡pum!, uno dos y tres y ¡pum!, todo seguido, unodosytres, sin parar, acaba uno de sufrir, a la mierda la realidad, la vida, ¡pum! todo…pero a ver dónde consigue uno una pistola, ¡joder!, ¿y si no te matas?, y si la bala… o la pistola… yo que sé, ¡que falle algo!, si no te matas y te quedas tonto o como un vegetal, ¡joder!, con la suerte que tengo… quita, quita, lo mismo me quedo tonto o más tonto, tonto perdío, tonto a secas ya lo estoy, pero… para qué pensar, porque a ver,  ¿dónde consigo yo una pistola?, ¡qué va!, imposible, cualquiera va por ahí buscando una pistola, qué miedo, en menudos ambientes me tendría que meter, además, menudo susto para la osa cuando me encontrara ahí, las paredes llenas de… ¿qué pasa con la ambulancia?”


    Un bache revienta una de las ruedas de la ambulancia, derrapa, se va contra un camión que venía en dirección contraria y... 
       

     “¡Hala!, la mujer, el marido, los enfermeros, el conductor, unos cuantos que pasaban por allí, ¡todos!, muertos, finito, kaput, el cuento terminado, ¡ay!, mi espalda, cómo me duele la espalda, me queda lo peor, lo peor, puta vida, mis huesos, a ver cuándo llega el veranito, sudas, te acuestas empelotas y con las ventanas abiertas y ya está, y la osa… también medio empelotas, ¡quita!, ¡guarro!, mírale, igualito que las bestias, a mí no te arrimes, guarro, siempre estás pensando en lo mismo, ¡la vieja!, que pienso en lo mismo dice, cómo que en lo mismo, vieja, pienso en lo único, ¡lo único! ¿hay algo mejor que la jodienda?, antes, algunas veces se animaba y… pocas veces, pocas, pero… ¿cuánto tiempo hará que…?, ¡ahuuuuu!, ni se sabe, aunque… para qué nos vamos a engañar, tampoco está uno ya para excesos, pero de vez en cuando… un polvo de vez en cuando, sí me gustaría, sí, ¿y si le comprara uno de esos picardías rojos y se lo regalara?, cariño, toma un regalito, esta noche… ¡no! ¡quita! menudo genio tiene, ésta es capaz de coger un cuchillo de la cocina y castrarme, menudo genio, hace frío, a ver si ahora me constipo… lo que me faltaba, la mantita de cuadros, ¿dónde…?, ahí está, la mantita, pica un poco pero abriga, el cuento”


      La esposa está sentada al lado de la camilla, y lleva puesta por encima una mantita de cuadros blancos y negros.


      “¡No!, mejor un poco de sexo, ¡sexo!, mejor sexo que muerte, anda que si tuviera que escribir en un papel iba listo, aquí es fácil, borrar y escribir, eliminar y escribir, eliminar y…”


     La esposa, que está sentada al lado de la camilla, lleva puesta por encima una mantita de cuadros blancos y grises, debajo se le ve un picardías negro, de seda, con encajes; el mismo que él no dejó que se quitara ella, antes, cuando los dos hacían el amor. ¡Déjatelo puesto, cari, me excita mucho! Y ella no se lo quitó. Hacía media hora que al marido le dio el ahogo y perdió el conocimiento... Le pilló afanándose, encima de ella, que como pudo se lo sacó y lo echó a un lado de la cama. Intentó reanimarle con palmaditas en la cara, ¡Cari, cari!, ¿qué te pasa?, ¡ay, Dios! Al ver que no respondía, la mujer se tiró de la cama y pidió una ambulancia por teléfono, mientras llegaba siguió intentando la reanimación. ¡Cari, cari, vuelve, ay, por favor! La ambulancia no tardó en llegar. Y si uno de los enfermeros no mira a la mujer como si se la fuera a comer, ella no se habría dado cuenta de que estaba medio desnuda. Con las prisas sólo le dio tiempo a ponerse lo primero que encontró: una mantita de lana, con cuadros blancos y negros; la que ahora llevaba encima de sus hombros desnudos...

        — ¡Ahhhhh!, qué sueño,  ¿eh…?, ¿qué haces levantada?

         — A por una aspirina.

         — ¿Una aspirina?

         — La ciática.

         — ¿La ciática?, pues bien que roncabas hace un rato.

         — Ha sido de repente, me ha empezado a bajar un dolorcillo por       aquí, por la pierna abajo.

         —Es el tiempo, el frío, el aire.

         — ¿Y tú, que haces?

         — Aquí, terminando una tontería.

         —Ya, ya; llevo un ratito, y he leído algo por encima de tu hombro.

         — ¿Y…?

         —Está bien; venga, vente a la cama, hace frío y vas a enfermar.
 
         —Ahora, ahora; vete tú, ¡eh!, ¿qué haces?

         — Ven a la cama, tonto, ¿quieres?

         — ¡Vaya!, ¿y esto?

         — ¿Quieres?

         — ¿Y tu ciática?

         — Eso ya se me pasará con la aspirina.

         — ¿Te apetece hacerlo?

         — ¿Y a ti?

         —Es que ahora…la verdad, tengo sueño y…

         —A mí tampoco.

         —Entonces lo dejamos para mañana.

         —Como quieras, así me...

         — ¿Qué has dicho?

         —No, nada, nada; que sí, que mejor lo dejamos para mañana.

         —Vale, voy a terminar esto.

         — ¿Te espero?

         —No, tú vete a la cama, hace frío, enseguida voy yo.

         —Y tápate que vas a coger frío, ¡Ay!, me voy, no tardes.

 
         “Pobre, ella también tiene sus achaques, muchos. ¡En fin! a ver cómo termino esto”

 
         Cuando la ambulancia va llegando al hospital, el joven, poco a poco, abre los ojos. Quiere mover la mano y hace un gesto de dolor, sigue, con la vista, el tubo del suero hasta la botella. Mira a su esposa.

         —Cari, menos mal, ¿qué tal te encuentras?

         —Bien, ya estoy mucho mejor, no te preocupes —dice él con un chorrillo de voz, y sonríe algo.

         Ella también sonríe, y le coge la mano, y se la besa, y ya casi se ríe, y le vuelve a besar la mano, una y otra vez.  Él sigue mirándola. Aunque intenta sonreír, su mirada es como la de los conejos que venden en las carnicerías. Los ojos de la mujer son tan verdes como un prado, el prado más verde;  brillan, pero de alegres. ¡Se va a recuperar, se va a recuperar! 

       
          “Listo, a guardar, cerrar, apagar y... a la camita”.


         — ¿Vienes?, qué hombre éste!, ¿vienes o no?

         —¡Enseguida voy, mujer, acabo de apagar el ordenador!

         —Venga, ven y abrázame; por lo menos, ya que no quieres…

         — ¿Que no?, aquí estoy.

         — ¡Huy!, qué fríos tienes los pies.
En línea

Bienaventuradas las reglas de la métrica
que anulan las respuestas automáticas,
nos fuerzan a pensar dos veces
y nos liberan de los grilletes del Yo.

W. H. AUDEN,
Páginas: [1]
  Imprimir  
 
Ir a: